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miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDAD IMPREVISIBLE


Navidad rima en asonante con Paz.

Hoy será una nochebuena triste. Esta noche es cuando más se va a notar la honda ausencia que ha dejado mi madre hace poco más de dos semanas. Pero la tristeza, como la alegría, son sentimientos naturales y, de la misma manera que sé que se aprende más de los fracasos que de los éxitos, siento también que la melancolía nos hace más tiernamente humanos que el regocijo. No quiero, sin embargo, desaprovechar esta fecha para contaros una historia real que, espero, llegue a vuestros corazones y sea acicate para la reflexión.

Cumplí mi servicio militar en Barcelona, allá por los ya lejanos años 83-84 del siglo pasado. Concretamente en la 42ª Cia. de Policía Militar del Regimiento de Infantería “Jaen 25”, con base en el cuartel del Bruch, en Pedralbes.

En el Cuartel del Bruch (Barcelona, 1983), cumpliendo mi servicio militar en la PM.

Tuve la suerte de tener muchos permisos pues, en el año exacto que duró mi mili, cada 42 días de servicio me daba derecho a 21 de permiso. Para ir a casa desde Barcelona a Coruña, utilizaba un tren expreso que tardaba —si no había retraso, que casi siempre lo había— veintidós horas en hacer todo el recorrido y que popularmente se conocía desde tiempos inmemoriales con el sugestivo nombre de “Shanghai Express”.

El "Shanghai Express", inaugurado en 1951, que cubría el trayecto entre
A Coruña/Vigo y Barcelona en 22 horas.

Viajaba siempre en segunda con litera, en unos compartimentos para seis personas en los que, al llegar la noche, se habilitaban otros tantos catres donde podíamos echar una cabezada en posición horizontal entre estación y estación.


Compartimento para 6 personas con litera, parecido al del expreso Barcelona-A Coruña.

Recuerdo perfectamente mi permiso de navidad de ese año, 1983. Al llegar a Zaragoza, todavía de día, se subió al tren un anciano que iba hasta Palencia. Se sentó a mi lado y, al ver que yo era quinto (viajábamos vestidos de uniforme), se puso a charlar conmigo. Me contó que su “servicio militar” fue la guerra civil y, siendo poco más que un adolescente, se alistó en el Ejército Popular de la República con el cual luchó, entre otras, en la batalla de Teruel. Así, las segundas navidades de la guerra, diciembre del 37, le tocó sitiar la capital turolense en poder de los sublevados o Ejército Nacional. Él era uno de los cornetas de su regimiento. Llevaban ya una semana de sitio, desde el 15 de diciembre, con unas condiciones climáticas durísimas, cuando por fin el día 22 los republicanos lograron conquistar la ciudad. A partir de ese momento, los sitiadores se instalaron dentro y fueron sitiados a su vez por los nacionales que comenzaban desde fuera a reorganizar la contraofensiva para reconquistar la plaza. Pero durante la siguiente semana, es decir, los días de navidad, hubo una tregua tácita.

Soldados del Ejército Republicano en el sitio de Teruel (diciembre 1937)

Y en esos días se forjó lo imprevisible: a la medianoche del día de Nochebuena, un corneta de los nacionales comenzó a improvisar desde las trincheras del exterior de la ciudad un villancico, en concreto "Adestes Fideles". En ese momento, sin pensárselo dos veces, él comenzó a tocar desde dentro del cerco el mismo tema, lo más alto que pudo, a pleno pulmón, con los labios entumecidos y reventados por el frío pegados a la boquilla de su instrumento. Antes de que el capitán republicano de su compañía pudiese llegar hasta allí para ordenarle parar, a los dos cornetas se les unieron otros desde distintos puntos de ambos bandos, y a las cornetas les siguieron los tambores, dentro y fuera del sitio, cada vez mayor número de ellos, en un imponente in crescendo que rozó el delirio, llenando juntos de magia aquella gélida nochebuena aragonesa del 37, en un silencio absoluto de tropas y mandos que solo fue roto al final por los aplausos y vítores de unos y otros contendientes.

A la mañana siguiente, día Navidad, aún vigente la tregua, soldados de uno y otro ejército fueron autorizados por sus oficiales a encontrarse en tierra de nadie para intercambio de alimentos y, sobre todo, de picadura de tabaco —en aquel momento proveniente de Canarias, en el bando nacional— por papel de liar —que venía de la fábrica de Valencia, en el bando republicano—. Los soldados aprovecharon el breve encuentro para fumar juntos amigablemente y darse noticias de un lado y otro de las líneas. El día 29 de diciembre comenzaron de nuevo las hostilidades con una carga de caballería de los sublevados que fue, por cierto, la última de la historia que se produjo en territorio español.

Carga de caballería del Ejército Nacional (diciembre, 1937) en el cerco de Teruel.

Sin embargo, el anciano me dijo que desde entonces tuvo claro que las guerras las montan algunos militares y políticos y, si acaso, los hombres de finanzas que siempre sacan tajada de ellas. Pero que sabía que la mayoría de la gente del pueblo era gente de paz a la que solo se le podía acusar de dejarse llevar por estos poderosos pero que, sin ellos, bien podrían haber convivido. Porque, por muy distintas que fuesen sus ideas, sus creencias y su ideología, siempre encontrarían un villancico que tocar al unísono y un trozo de tierra de nadie donde echar juntos un pitillo.

Yoko y Lennon con el cartel "La guerra ha terminado (si tú quieres)", Navidad de 1969.

Al descubrir hoy un anuncio sobre un hecho real acontecido en la Primera Guerra Mundial, cuyo enlace os dejo abajo, aquel anciano y su historia volvieron a mi memoria, uniendo así de forma mágica las trágicas navidades de 1914 y del 37, con las del 83 y 2014. ¡Qué poco hemos cambiado en cien años!

Para ver anuncio navideño oficial de 2014 de Sainsbury's (cadena de supermercados británica), haz clic aquí.

Con este recuerdo y este anuncio os deseo una muy feliz Navidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que amáis la paz y la convivencia por encima de vuestras ideas y vuestras creencias. ¡Sed felices!

sábado, 20 de diciembre de 2014

Fe, sabiduría, felicidad y, sobre todo, tiempo.


Como Paul Newman, despejando torpemente fórmulas en "Cortina rasgada" 
(A. Hitchcock, 1966), hoy me he inventado unas cuantas ecuaciones.

Es muy difícil sacudirse la tristeza después de una pérdida tan grande como la de una madre. Y las fechas navideñas no ayudan porque tradicionalmente son unos días en los que el mundo se detiene para que la gente pueda volver al hogar al encuentro de los suyos. Si todas las ausencias son irreparables, cuando la familia es pequeña, el hueco que queda se hace aún más enorme.

Buscando el consuelo, vino a mi memoria y a mi corazón un sentimiento que experimenté en las exequias de mi tío-abuelo Venancio Blanco uno de los fundadores de la Iglesia Evangélica de Ourense, allá en otoño de 1985. Recuerdo las conversaciones que siendo casi un adolescente tuve con él más de una tarde en su casa. Mejor dicho, recuerdo sus lecciones, porque yo me limitaba a escuchar y absorber su saber como un discípulo bien disciplinado. Era tan grande su fe y tanta seguridad tenía depositada en sus sólidas creencias, que la muerte no constituía en modo alguno un drama, sino más bien un merecido premio al final de una larga carrera de obstáculos.

Mi tío Venancio en sus años mozos (1935)

En el panegírico que se leyó en su ceremonia de despedida —gracias, Ana por enviármelo— escuché estas palabras: “Quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, son las tres preguntas básicas que cada ser humano se plantea en su vida. La persona cuya memoria recordamos con profundo afecto, supo planteárselas seriamente y afrontar con valentía todas sus implicaciones. Por esta razón, la muerte no significó para ella esa honda angustia que aterroriza a tanta gente en la reválida suprema de su vivir, sino muy al contrario significó la meta soñada de la patria celestial, la ciudad del Dios vivo”.

Nunca podré agradecer suficientemente al tío Venancio aquellas charlas en su casa porque, gracias a ese poso, el día de su despedida, por unos segundos, también yo tuve fe, una fe inquebrantable y férrea como la que él profesaba. Dicen que la fe es un don de Dios, se tiene o no se tiene. Pues, durante aquellos segundos, sentí como si Dios me concediera el mismo don que le otorga a los santos, a los profetas, a los creyentes más firmes. Es cierto que no pude retenerla mucho tiempo y terminó por escurrírseme de entre las manos, dejando un vacío como el que dejan las mariposas que escapan batiendo sus alas del estómago del enamorado que creyó tener un amor y lo perdió. Y, sin embargo, lo experimenté. Luego, existe. Gracias, tío Venancio.

Salvando las lógicas y titánicas distancias que separan teología y ciencia, sentí una emoción sensorial parecida leyendo “Sobre la teoría de la relatividad" de Albert Einstein, que más que físico era un gran pensador, como Kant fue matemático antes que filósofo. Fue Einstein quien formuló la que posiblemente sea la ecuación más conocida del mundo, aquella que establece la relación entre la masa y la energía o, lo que es lo mismo, E = mc2.

El entrañablemente irreverente Albert Einstein anticipándose muchos años a Miley Cyrus.

Leí el libro lentamente, avanzando muy despacio, como el niño que aprende sus primeras palabras. La mayoría de las veces, releía cada párrafo dos, tres y hasta en cuatro ocasiones después de la primera lectura. En un momento determinado, tuve una de esas epifanías en las que, durante escasos segundos, comprendí —o creí comprender, más bien– en qué consistía su proposición. Me resulta muy difícil describir el gozo que percibí en ese instante. Por unos segundos me sentí a la altura de uno de los cerebros más privilegiados que ha dado la humanidad. Sin embargo, tal percepción fue efímera y, lo mismo que intentar atrapar un suspiro o pellizcar una pompa de jabón, fui incapaz de aferrarme a ella ni un minuto. Aquella sensación de sabiduría huyó de mi intelecto tan rápido que no me quedó otra alternativa que resignarme a continuar igual que al principio, es decir, ignorante. Y, sin embargo, la comprendí. Luego también existe. Gracias, señor Einstein.

Hablando de ecuaciones, el enunciado “la comedia es igual a tragedia más tiempo” tiene muchos padres, desde Ernst Lubitsch a Woody Allen, pasando por Lenny Bruce, Peter Bogdanovich o Billy Wilder, ese dios profano a quién Fernando Trueba agradeció su Oscar por "Belle Epoque". Aunque sé que la frase no se refiere al tiempo como magnitud física que mide el paso de las horas o años, sino al tempo o ritmo que se le imprime a la acción al narrarla, bien podía aplicarse también a la vida —de forma similar a esa otra sentencia que afirma que “el tiempo todo lo cura”—, reduciéndola a la fórmula: C = T + t.

Wilder dirigiendo a Lemmon en "El apartamento" (1960), el mejor ejemplo de cómo
un argumento dramático puede convertirse en comedia si le imprimes el ritmo adecuado.

Aceptando como válida esta teoría, cualquier tragedia o drama (T), con tiempo (t) —y con el ritmo adecuado, claro—, se podría convertir en comedia (C). Y esto es así de la misma forma que la memoria, que es selectiva, acaba desechando con el paso del tiempo los malos momentos y recordando solo los buenos (o incluso los malos pero con humor). Si despejamos la ecuación, también podríamos formular su inversa, o sea, que T = C - t, es decir, una tragedia es solo una comedia sin tiempo (para asimilarla). En eso consiste precisamente el mayor mal de nuestra época: la ansiedad, la angustia, el estrés. En la incertidumbre que produce especular qué pasará mañana o rememorar con compunción lo que pasó ayer, sin saborear y apreciar lo que está pasando ahora, cuando ni mañana ni ayer existen, porque solo existe el omnipresente hoy que tan irresponsablemente malgastamos como si fuese eterno.

Pero lo más curioso es cuando se despeja el tiempo: t = C - T. El tiempo es igual a la comedia menos la tragedia. Creo que hay algo de verdad en ello. El tiempo, esta vez sí como magnitud física, aunque irreal, inventada por el género humano para ordenar la vida y la historia y poder relacionarse y sobrevivir, es en realidad una dimensión individual, ya que el único y verdadero tiempo que existe es el de cada uno, el que cada persona disfruta en vida, pues el mundo (y su tiempo) termina para cada individuo el día de su muerte. Todos aspiramos a que ese lapso desde el principio al fin de los tiempos, de nuestro tiempo individual, sea cuanto sea el que nos toque en suerte, esté lleno de felicidad, representada en nuestra fórmula por la comedia. Y precisamente en atrapar esa felicidad efímera consiste el objetivo de la vida. Por ello, para aferrarse a la comedia existencial, a la felicidad, aunque sea escasos instantes —como me paso a mí con la fe o la sabiduría, una única vez en la vida, pero suficiente para saber que existen—, hay que intentar restar todo lo que de drama y tragedia, de angustia o ansiedad, tiene nuestra existencia.

Y es que no hay peor pecado que la infelicidad, el pesimismo, el derrotismo, el victimismo. Ya Dante, en su Canto III de la Divina Comedia, a los primeros pecadores que se encuentra nada más cruzar la puerta del Averno —sobre cuyo dintel puede leerse: "¡Perded toda esperanza los que aquí entráis!"— y embarcarse por aguas del Aqueronte al primer Círculo del Infierno, es a los desgraciados e "infelices, que nunca estuvieron vivos", dice, condenados a vagar desnudos, acosados por moscones y avispas mientras la sangre les riega el rostro lleno de lágrimas que, a sus pies, recogen asquerosas lombrices. Esa es la alegórica condena, según el poeta florentino, a los que en esta vida vivieron tristes y se dejaron consumir por el pesimismo y la infelicidad, porque no supieron apreciar “en el dulce aire que del sol se alegra” el gozo de todo lo que ha sido puesto a nuestra disposición bajo el sol que nace cada día en el horizonte.

Retrato de Dante Alighieri pintado por Sandro Botticelli.

O, como, escribió Bill Bryson en su "Una breve historia de casi todo": "para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo (…) billones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentando antes y que solo existirá esta vez. (…) Durante el período de tu existencia, tus átomos responderán a un único impulso riguroso: que tú sigas siendo tú (…) La mala noticia es que los átomos son inconstantes y su tiempo de devota dedicación es fugaz. Incluso una vida humana larga solo suma unas 650.000 horas (…) Entonces se dispersan silenciosamente y se van a ser otras cosas. Y se acabó todo para ti. De todos modos, debes alegrarte de que suceda. (…) Lo único especial de los átomos que te componen, es que te componen. Ese es, por supuesto, el milagro de la vida. (…) Tenemos mucho camino por recorrer y mucho menos de 650.000 horas para hacerlo, de modo que empecemos de una vez.”

Un libro divulgativo lleno de optimismo, altamente recomendable.

Haciendo un cálculo rápido, a estas alturas de la película, yo ya he consumido más de 450.000 de mis horas. Con suerte, me quedan poco más de 200.000. No obstante, tiempo más que suficiente para convertir cualquier drama en comedia y sentir la felicidad, aunque sea huidiza y termine escapándosenos. Porque si la sentimos, existe. Thank you, Mr. Wilder.

Así que, hoy y siempre, más que nunca, no perdáis ni una puñetera hora. ¡Y sed felices!

"Vulnerant Omnes, Ultima Necat". Todas hieren, la última mata.
De modo que ¿a qué estás esperando?

martes, 16 de diciembre de 2014

¿Existe el espíritu de la Navidad?


Siempre que termino un guion lo imprimo para leerlo en papel y corregirlo con bolígrafo rojo, síndrome de viejo profesor. Así, negro sobre blanco en una cuartilla, veo mejor los fallos. O eso me parece. Esta mañana estaba imprimiendo la primera versión de uno de esos borradores cuando mi impresora se quedó sin tinta nada más empezar. Salí de casa para comprar un cartucho nuevo y me di cuenta de que, en poco más de una semana, será Nochebuena. Me acordé porque la fachada de El Corte Inglés, que es adonde me dirigí a hacer mi compra, lleva ya muchos días engalanada con luces navideñas. Entonces pensé que estas serán unas navidades tristes, sin espíritu navideño, sin árbol, ni belén ni villancicos. Sin mamá.

Para mí, desde siempre, el espíritu navideño está personificado en Clarence,
el ángel que se ganaba sus alas ayudando a George Bailey en "¡Qué bello es vivir!"

Hacía frío y llovía, de modo que aceleré el paso para entrar cuanto antes por la puerta lateral que da a la coruñesa calle del Alcalde Pérez Ardá. Pero, en la entrada, como si de un cuento de Charles Dickens se tratase, me paró un joven con aspecto sucio y desaliñado. Tendría unos treinta años, barba de varios días y mal aspecto. Enfundado en un anorak viejo con algún costurón y con la capucha echada sobre la cabeza para protegerse del frío, se dirigió a mí educadamente para pedirme un favor. De entrada me dijo que no quería dinero, pero yo alegué prisa y no me detuve a escuchar lo que necesitaba, apresurando aún más mi paso e imaginando que, aunque siempre empezaban así, sería uno de esos pedigüeños que se colocan estratégicamente en los alrededores de las estaciones de tren o autobús (frente a esa puerta de El Corte Inglés está precisamente la estación de autobuses de A Coruña) para decir que les faltan un par de euros para ir a Ferrol —sí, ya me han parado tres veces y las tres iban supuestamente a Ferrol—. Un pequeño timo.

El Corte Inglés de A Coruña con la decoración navideña del año pasado.

Antes de cruzar el umbral de la puerta, me giré un tanto y vi por el rabillo del ojo que le acompañaba una chica aún más joven que él, también de aspecto desaseado y famélico, a la que acarició con rostro triste. Aquel gesto me conmovió. Ya dentro, lo primero que sentí fue el calor de la calefacción y un villancico navideño que en ese momento sonaba en el hilo musical de la planta baja del local. Por todas partes había arbolitos, guirnaldas y demás decoración navideña. Me acordé entonces del proyecto que me contó mi amiga Amanda Ortega de fotografiar a los homeless por España adelante, para visibilizar el problema y concienciar a la sociedad. Pero recordé también a Ebenezer Scrooge, el egoísta y avaro personaje de “Canción de Navidad” de Dickens. Evoqué además las Navidades del 2012 en las que rodamos un cuento navideño para un episodio de la webserie “Joke Business”, de los amigos Déborah Vukusic e Israel Nava —que, por cierto, pronto podréis ver—, en el que precisamente interpreto, en un inverosímil cameo, a un remedo de Clarence, el ángel que debía ganarse sus alas en “¡Qué bello es vivir!”, mezclado con los fantasmas de las navidades del pasado, del presente y del futuro o, mejor aún, de “Los fantasmas atacan al jefe” que, en vez de a Bill Murray, en este caso acosaban a Israel y Déborah.

Bill Murray, uno de los mejores Ebenezer Scrooge de todos los tiempos.

Me detuve y, como si los espíritus de Dickens o Frank Capra me arrastrasen sin poder evitarlo, me di la vuelta y volví a salir. Me acerqué a la pareja y les pregunté que, puesto que no querían dinero, qué querían. El chico me dijo que necesitaban una lata de Nutrilón 2, que la vendían en la parafarmacia, entrando a mano izquierda.

No tengo niños y no había oído en mi vida ese nombre, por lo que si me hubiesen dicho que era vigorizante sexual me lo hubiese creído también. Pero de todas formas entré de nuevo y le conté a la dependienta lo que me había sucedido y si existía esa marca y qué era. Me dijo que sí existía y era leche en polvo para bebés de 6 a 12 meses. No pude negarme,  14,95 euros. Compré la lata, salí nuevamente a la calle y se la entregué a la pareja.

Nutrilon 2, leche en polvo para bebés de 6 a 12 meses.

No sé si realmente tenían un bebé o si se dedicaban al estraperlo de alimentos infantiles. Qué más da. En cualquier caso sería por necesidad.

Lo que sí sé es que me alejé de allí con ganas de llorar, pensando que la última vez que tuve que entrar en un supermercado a comprar comida para una familia que la necesitaba para su hijo fue en La Habana en el 1993. Me pregunté, como Zavalita se preguntaba sobre el Perú de la dictadura, ¿en qué momento se jodió España? Pensé que efectivamente serán unas navidades tristes para muchas personas. Pero también pensé que seguramente habría mucha gente que hubiese hecho lo mismo y sin dudar, como yo dudé. Pensé que el mundo está lleno de buenas personas que no les hace falta escuchar villancicos, ni montar guirnaldas ni arbolitos, ni recordar cuentos o películas navideñas para colaborar generosamente todo el año en bancos de alimentos, oenegés e instituciones públicas y privadas, tratando de llevar un poco de calor humano a la fría calle donde viven los que no tiene casa donde vivir.

Varios "sintecho" haciendo cola delante de la Cocina Económica de A Coruña.

Pensé todo esto mientras regresaba a casa. Y al llegar recordé que no había comprado el cartucho de tinta. De modo que no pude imprimir el guion. Aunque, gracias a que yo me quedé sin tinta, tal vez esta noche un niño pueda tomar su leche.

Lo mejor de la Navidad (aunque sea triste) sería que su espíritu pudiese durar todo el año. Sed felices.