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lunes, 31 de octubre de 2016

EL HORROR...


Hoy, que se celebra la noche de Difuntos, tan proclive a los cuentos de terror que contaban nuestras abuelas al borde de la lareira mientras asaban castañas, os quiero contar un episodio de mi adolescencia en donde estuve a punto de morir del miedo, advirtiéndoos antes que todo lo que vais a leer a continuación fue absolutamente real.
Sí, podría decirse que fue la única vez en mi vida que sentí un terror verdadero, auténtico miedo de verdad. Es cierto que a lo largo de mi vida he sentido muchas veces miedo, como todo el mundo: a suspender un examen, a tener un accidente, a estar enfermo de algo, a ser rechazado, a no saber salir de una mala situación, etc. Pero todos esos miedos son, por decirlo de alguna manera, miedos racionales. También hay lo que yo llamo “falsos miedos”, como los que puedes sentir viendo una película de terror, por ejemplo. Pero, por mucho que te hagan sufrir estos, siempre sabremos que no son de reales. Lo que yo os quiero contar es el único ejemplo que he vivido (y sentido) de miedo irracional, miedo a lo inexplicable, a lo incomprensible. ¡El pavor a lo sobrenatural! ¡Al horror!
Debía tener alrededor de 13 o 14 años. Al llegar a casa por la tarde del colegio me encontré con el piso vacío y una nota de mi madre que me decía que la vecina de arriba había sufrido un accidente doméstico y ella y mi hermana, la habían acompañado a Urgencias. Decidí merendar y ponerme a leer un rato en el sofá del salón, con las luces apagadas y con tan solo una lámpara de pie alumbrando a mi lado en toda la estancia.
El libro en cuestión que estaba leyendo era «Narraciones extraordinarias» del gran Edgar Allan Poe, porque el profesor de lengua —el hermano Eugenio, “Genito” para mí y todos mis compañeros de los Maristas— nos había puesto un trabajo sobre uno de aquellos relatos titulado «La esfinge de la calavera». Leí el cuento con fervor y, enganchado con la prosa fantástica y exangüe de Poe, mientras la noche se echaba encima y en el exterior comenzaba una tormenta, continúe después con «La caída de la casa Usher», un cuento gótico, lleno de descripciones lúgubres, sobre la enfermedad y la muerte, mientras esperaba el regreso de mi madre y mi hermana.
Más o menos, el relato narra la historia de un hombre que es invitado por un viejo amigo de la infancia, Roderick Usher, a visitarle a su mansión. El señor Usher, que vive con su hermana Madeline, padece una extraña e imprecisa enfermedad que, entre otros síntomas, desarrolla sus sentidos haciéndole ver, oír o sentir cosas que cualquier otro humano normal no percibiría. Sin embargo, la que acaba falleciendo es su hermana Madeline, también delicada de salud. Ambos hombres le dan sepultura en la cripta del panteón familiar pero, al cabo de poco tiempo, el señor Usher comienza a escuchar sonidos extraños que solo él puede oír, sonidos que le hacen temer que su hermana padecía catalepsia y ha sido enterrada viva. No os cuento más para no desvelaros el final.
El caso es que Poe describe en ese momento al amigo del señor Usher leyéndole en voz alta un libro de caballería medieval sobre las aventuras de un tal Ethelred que está intentando entrar por la fuerza en la morada de un eremita. Mientras el protagonista del relato lee en su libro que el héroe rompe la puerta, Usher se atemoriza creyendo escuchar también en su casa, a lo lejos, el eco de aquel ruido. En ese preciso instante, yo también escuché en mi casa un ruido, como un golpeteo metálico muy lejano e impreciso. Levanté intranquilo la vista del libro y agucé mis oídos. Al cabo de unos segundos lo volví a escuchar. Parecía el eco de una inocente gota de agua al estrellarse contra el fregadero. Efectivamente, al poco, volvió a sonar. No le di importancia y continué con la lectura. Solo en casa, en una noche tormentosa y casi a oscuras, mi ánimo estaba predispuesto sin duda a aquel tipo de jugarretas sensitivas, pensé.
El amigo del señor Usher continuaba leyendo en su libro que el caballero andante se encontraba con un dragón al que hería haciéndole exhalar un aullido infernal. Justo en ese momento, el protagonista cree escuchar en su mansión un alarido del mismo tipo. Y, ¡oh, terrible coincidencia!, un pavoroso y lastimero ladrido en las escaleras de mi casa me hizo a mí dar un respingo en el sofá, provocándome un vuelco en el corazón. Volví a dejar la lectura pensativo y nervioso, con los latidos ya a cien. ¿De dónde —pensé— salía aquel ladrido si ninguno de los vecinos del edificio tenía perro? Aun así, decidí proseguir leyendo, imputando todas aquellas casualidades a un estado alterado de mi percepción suscitado por la lectura, la soledad y la peculiar atmósfera del oscuro entorno en el que me hallaba en ese instante.
El relato continuaba contando cómo, en el libro de aventuras, el caballero trataba de colgar luego su escudo y este se le caía al suelo produciendo un ensordecedor ruido contra el pavimento. Y, a continuación, el propio Usher escuchaba un golpe similar, como de algo que caía y rompía contra el suelo, que él enseguida intuyó que podría ser la lápida de la tumba de su hermana en la cripta que, sin duda, alguien había apartado para abrir. No pasaron ni siquiera dos segundos cuando yo mismo escuché otro golpe… ¡en el mismo salón en donde me encontraba!
Angustiado, con el corazón saliéndoseme del pecho, cerré el libro y, mirando hacia todas partes, traté de escudriñar entre las tinieblas el lugar y la explicación de aquel sonido. Pero no lo encontré. Muy nervioso, decidí dejar la lectura y, como ya era muy tarde, tomé la decisión de irme a la cama. Durante un momento, dudé en ir encendiendo todas las luces al paso para no tener que quedarme en ningún momento a oscuras atravesando el largo pasillo que llevaba de la sala a mi dormitorio en el otro lado de la vivienda. Pero, ¡ya no era un niño! ¡Era un hombre hecho y derecho! De modo que, envalentonado, apagué la luz de la lámpara de pie del salón —único foco encendido en ese momento en todo el piso— y, totalmente a oscuras, salí de la estancia muy decidido.
Nada más poner un pie en el pasillo, un chirrido sordo sonó a mis espaldas, justo del lugar de donde acababa de salir. Un chirrido muy cercano, exactamente detrás de mí, a pocos centímetros de mi nuca cuyos cabellos se pusieron de punta como un resorte. Me quedé unos segundos paralizado y las piernas comenzaron a temblarme. Poco a poco, me fui girando para tratar de comprender qué podía haber provocado aquel crujido. Cuando, casi bajo el umbral del marco de la puerta, ya me había vuelto del todo y trataba de acostumbrar mis ojos a la oscuridad para intentar vislumbrar algo, la puerta del salón se cerró de golpe en mis narices dando un tremendo portazo. En décimas de segundo, toda mi corta vida pasó por delante de mis ojos. Acababa de salir de una habitación en la que no había nadie, de eso estaba seguro. Las ventanas estaban cerradas y no había posibilidad de que se hubiese cerrado por una corriente de aire. ¿Qué, entonces, había provocado que la puerta se cerrase de golpe a mi paso? Qué… ¿o quién?
A punto de desmayarme, pero aún con arrestos para intentar encontrar explicación racional a todo aquello, eché mi temblorosa mano al pomo de la puerta para volver a franquearla pero, cuando lo intenté, una fuerza desconocida desde el interior me lo impedía y, cuanto más empujaba yo la puerta, más empujaban del otro lado para impedirme abrirla.
Un escalofrío recorrió de abajo arriba mi columna vertebral y se me erizó todo el vello del cuerpo. Absolutamente aterrorizado, comencé a marearme. La vista se me nublaba mientras un hondo malestar se fijaba sobre mi frente y comenzaba a sentir náuseas. Como pude, me giré y, sujetándome a las paredes del pasillo para no desplomarme, caminé tambaleante hasta alcanzar mi habitación, para dejarme caer inmediatamente sobre la cama e intentar recuperar el resuello.
Jadeante y al borde del desvanecimiento, permanecí tumbado boca a bajo sobre el lecho durante varios minutos en los que mis temores y pensamientos se amalgamaban dando vueltas desordenados en mi cerebro. Cuando me hube recuperado un tanto, encendí la luz de la mesilla y vi mi mano pálida como un folio impoluto. Me incorporé de nuevo y, temblando como un flan, con la sangre helada en el interior de mis venas, desandé el camina recorrido —esta vez, sí, encendiendo todas las luces—, no sin antes haber pasado por la cocina para armarme con el cuchillo de sierra de cortar el pan. Así, espada en ristre, como el caballero del cuento dentro del relato del señor Usher, con más miedo que vergüenza, me lancé sobre la puerta del salón con la intención de resolver aquel misterio.
De nuevo, traté de abrirla pero la fuerza del otro lado seguía impidiéndomelo obstinadamente. Otra vez toda la carne de gallina. Con un valor que sé que hoy mismo no tendría, empujé con todas mis ya débiles energías la puerta con el hombro para abrirla de un golpe. Y por fin lo conseguí. Nada más hacerlo encendí la luz y, de un salto, me puse en guardia ridículamente, blandiendo mi cuchillo del pan en el aire, al tiempo que lanzaba un agudo y profundo grito para infundirme valentía a mí mismo.
La luz se encendió justo a tiempo de ver cómo la gran alfombra del salón que aquella misma tarde, por lo visto, mi madre había lavado, enrollado y ocultado en posición vertical en la esquina tras la puerta mientras se secaba, se desplomaba como un peso muerto sobre el sofá de resultas del empellón que yo le había dado.
Entonces lo comprendí todo: que el ruido que había escuchado seguramente había provenido del roce de la alfombra con la pared a punto de caer y que, al salir del salón a oscuras, debí tropezar con la puerta lo suficiente para desestabilizar ya del todo la alfombra, en difícil equilibrio cuan larga era tras la hoja, provocando su caída sobre la misma, forzando además la manilla, y causando el portazo y aquella posterior extraña resistencia e inercia que me impedían abrirla.
Aún trémulo y con el cuerpo sin sangre por el miedo que había pasado, comencé a reír sin parar, nerviosamente, histéricamente, hasta que se me saltaron las lágrimas. Y así me encontraron mi madre y mi hermana al llegar con la vecina de arriba, que traía un brazo en cabestrillo: tumbado en el sofá y riéndome a carcajadas. Muerto, pero de risa… aunque risa floja. Como había tomado la precaución de volver a colocar la alfombra en su posición inicial tras la puerta y guardar en el cajón de la cocina el cuchillo, nunca les conté nada (para que no se cachondearan de mí y del ridículo susto que había pasado) y aún hoy esta es una confesión inédita del miedo más real que pasé en toda mi vida. El miedo a lo desconocido.
Feliz noche de Difuntos, Samaín, Halloween o lo que sea que celebréis. Recordad siempre que, a veces, las cosas no son lo que parecen. ¡Sed felices! ;)