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sábado, 20 de diciembre de 2014

Fe, sabiduría, felicidad y, sobre todo, tiempo.


Como Paul Newman, despejando torpemente fórmulas en "Cortina rasgada" 
(A. Hitchcock, 1966), hoy me he inventado unas cuantas ecuaciones.

Es muy difícil sacudirse la tristeza después de una pérdida tan grande como la de una madre. Y las fechas navideñas no ayudan porque tradicionalmente son unos días en los que el mundo se detiene para que la gente pueda volver al hogar al encuentro de los suyos. Si todas las ausencias son irreparables, cuando la familia es pequeña, el hueco que queda se hace aún más enorme.

Buscando el consuelo, vino a mi memoria y a mi corazón un sentimiento que experimenté en las exequias de mi tío-abuelo Venancio Blanco uno de los fundadores de la Iglesia Evangélica de Ourense, allá en otoño de 1985. Recuerdo las conversaciones que siendo casi un adolescente tuve con él más de una tarde en su casa. Mejor dicho, recuerdo sus lecciones, porque yo me limitaba a escuchar y absorber su saber como un discípulo bien disciplinado. Era tan grande su fe y tanta seguridad tenía depositada en sus sólidas creencias, que la muerte no constituía en modo alguno un drama, sino más bien un merecido premio al final de una larga carrera de obstáculos.

Mi tío Venancio en sus años mozos (1935)

En el panegírico que se leyó en su ceremonia de despedida —gracias, Ana por enviármelo— escuché estas palabras: “Quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, son las tres preguntas básicas que cada ser humano se plantea en su vida. La persona cuya memoria recordamos con profundo afecto, supo planteárselas seriamente y afrontar con valentía todas sus implicaciones. Por esta razón, la muerte no significó para ella esa honda angustia que aterroriza a tanta gente en la reválida suprema de su vivir, sino muy al contrario significó la meta soñada de la patria celestial, la ciudad del Dios vivo”.

Nunca podré agradecer suficientemente al tío Venancio aquellas charlas en su casa porque, gracias a ese poso, el día de su despedida, por unos segundos, también yo tuve fe, una fe inquebrantable y férrea como la que él profesaba. Dicen que la fe es un don de Dios, se tiene o no se tiene. Pues, durante aquellos segundos, sentí como si Dios me concediera el mismo don que le otorga a los santos, a los profetas, a los creyentes más firmes. Es cierto que no pude retenerla mucho tiempo y terminó por escurrírseme de entre las manos, dejando un vacío como el que dejan las mariposas que escapan batiendo sus alas del estómago del enamorado que creyó tener un amor y lo perdió. Y, sin embargo, lo experimenté. Luego, existe. Gracias, tío Venancio.

Salvando las lógicas y titánicas distancias que separan teología y ciencia, sentí una emoción sensorial parecida leyendo “Sobre la teoría de la relatividad" de Albert Einstein, que más que físico era un gran pensador, como Kant fue matemático antes que filósofo. Fue Einstein quien formuló la que posiblemente sea la ecuación más conocida del mundo, aquella que establece la relación entre la masa y la energía o, lo que es lo mismo, E = mc2.

El entrañablemente irreverente Albert Einstein anticipándose muchos años a Miley Cyrus.

Leí el libro lentamente, avanzando muy despacio, como el niño que aprende sus primeras palabras. La mayoría de las veces, releía cada párrafo dos, tres y hasta en cuatro ocasiones después de la primera lectura. En un momento determinado, tuve una de esas epifanías en las que, durante escasos segundos, comprendí —o creí comprender, más bien– en qué consistía su proposición. Me resulta muy difícil describir el gozo que percibí en ese instante. Por unos segundos me sentí a la altura de uno de los cerebros más privilegiados que ha dado la humanidad. Sin embargo, tal percepción fue efímera y, lo mismo que intentar atrapar un suspiro o pellizcar una pompa de jabón, fui incapaz de aferrarme a ella ni un minuto. Aquella sensación de sabiduría huyó de mi intelecto tan rápido que no me quedó otra alternativa que resignarme a continuar igual que al principio, es decir, ignorante. Y, sin embargo, la comprendí. Luego también existe. Gracias, señor Einstein.

Hablando de ecuaciones, el enunciado “la comedia es igual a tragedia más tiempo” tiene muchos padres, desde Ernst Lubitsch a Woody Allen, pasando por Lenny Bruce, Peter Bogdanovich o Billy Wilder, ese dios profano a quién Fernando Trueba agradeció su Oscar por "Belle Epoque". Aunque sé que la frase no se refiere al tiempo como magnitud física que mide el paso de las horas o años, sino al tempo o ritmo que se le imprime a la acción al narrarla, bien podía aplicarse también a la vida —de forma similar a esa otra sentencia que afirma que “el tiempo todo lo cura”—, reduciéndola a la fórmula: C = T + t.

Wilder dirigiendo a Lemmon en "El apartamento" (1960), el mejor ejemplo de cómo
un argumento dramático puede convertirse en comedia si le imprimes el ritmo adecuado.

Aceptando como válida esta teoría, cualquier tragedia o drama (T), con tiempo (t) —y con el ritmo adecuado, claro—, se podría convertir en comedia (C). Y esto es así de la misma forma que la memoria, que es selectiva, acaba desechando con el paso del tiempo los malos momentos y recordando solo los buenos (o incluso los malos pero con humor). Si despejamos la ecuación, también podríamos formular su inversa, o sea, que T = C - t, es decir, una tragedia es solo una comedia sin tiempo (para asimilarla). En eso consiste precisamente el mayor mal de nuestra época: la ansiedad, la angustia, el estrés. En la incertidumbre que produce especular qué pasará mañana o rememorar con compunción lo que pasó ayer, sin saborear y apreciar lo que está pasando ahora, cuando ni mañana ni ayer existen, porque solo existe el omnipresente hoy que tan irresponsablemente malgastamos como si fuese eterno.

Pero lo más curioso es cuando se despeja el tiempo: t = C - T. El tiempo es igual a la comedia menos la tragedia. Creo que hay algo de verdad en ello. El tiempo, esta vez sí como magnitud física, aunque irreal, inventada por el género humano para ordenar la vida y la historia y poder relacionarse y sobrevivir, es en realidad una dimensión individual, ya que el único y verdadero tiempo que existe es el de cada uno, el que cada persona disfruta en vida, pues el mundo (y su tiempo) termina para cada individuo el día de su muerte. Todos aspiramos a que ese lapso desde el principio al fin de los tiempos, de nuestro tiempo individual, sea cuanto sea el que nos toque en suerte, esté lleno de felicidad, representada en nuestra fórmula por la comedia. Y precisamente en atrapar esa felicidad efímera consiste el objetivo de la vida. Por ello, para aferrarse a la comedia existencial, a la felicidad, aunque sea escasos instantes —como me paso a mí con la fe o la sabiduría, una única vez en la vida, pero suficiente para saber que existen—, hay que intentar restar todo lo que de drama y tragedia, de angustia o ansiedad, tiene nuestra existencia.

Y es que no hay peor pecado que la infelicidad, el pesimismo, el derrotismo, el victimismo. Ya Dante, en su Canto III de la Divina Comedia, a los primeros pecadores que se encuentra nada más cruzar la puerta del Averno —sobre cuyo dintel puede leerse: "¡Perded toda esperanza los que aquí entráis!"— y embarcarse por aguas del Aqueronte al primer Círculo del Infierno, es a los desgraciados e "infelices, que nunca estuvieron vivos", dice, condenados a vagar desnudos, acosados por moscones y avispas mientras la sangre les riega el rostro lleno de lágrimas que, a sus pies, recogen asquerosas lombrices. Esa es la alegórica condena, según el poeta florentino, a los que en esta vida vivieron tristes y se dejaron consumir por el pesimismo y la infelicidad, porque no supieron apreciar “en el dulce aire que del sol se alegra” el gozo de todo lo que ha sido puesto a nuestra disposición bajo el sol que nace cada día en el horizonte.

Retrato de Dante Alighieri pintado por Sandro Botticelli.

O, como, escribió Bill Bryson en su "Una breve historia de casi todo": "para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo (…) billones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentando antes y que solo existirá esta vez. (…) Durante el período de tu existencia, tus átomos responderán a un único impulso riguroso: que tú sigas siendo tú (…) La mala noticia es que los átomos son inconstantes y su tiempo de devota dedicación es fugaz. Incluso una vida humana larga solo suma unas 650.000 horas (…) Entonces se dispersan silenciosamente y se van a ser otras cosas. Y se acabó todo para ti. De todos modos, debes alegrarte de que suceda. (…) Lo único especial de los átomos que te componen, es que te componen. Ese es, por supuesto, el milagro de la vida. (…) Tenemos mucho camino por recorrer y mucho menos de 650.000 horas para hacerlo, de modo que empecemos de una vez.”

Un libro divulgativo lleno de optimismo, altamente recomendable.

Haciendo un cálculo rápido, a estas alturas de la película, yo ya he consumido más de 450.000 de mis horas. Con suerte, me quedan poco más de 200.000. No obstante, tiempo más que suficiente para convertir cualquier drama en comedia y sentir la felicidad, aunque sea huidiza y termine escapándosenos. Porque si la sentimos, existe. Thank you, Mr. Wilder.

Así que, hoy y siempre, más que nunca, no perdáis ni una puñetera hora. ¡Y sed felices!

"Vulnerant Omnes, Ultima Necat". Todas hieren, la última mata.
De modo que ¿a qué estás esperando?

domingo, 26 de octubre de 2014

Mis problemas con los cambios de hora y otras confesiones extraordinarias.


Cada vez que cambian la hora me siento como Harold Lloyd en "El hombre mosca".

Durante mucho tiempo pensé que era disléxico pero con los años he descubierto que lo llaman bilateralidad o disfunción lateral. Pero, sí, confundo la derecha con la izquierda. Entiéndaseme bien, sé perfectamente dónde está la derecha y dónde la izquierda. Mi mano derecha es con la que empuño el bolígrafo para escribir o el lápiz para dibujar, y la izquierda la que queda del lado del corazón, si es que el corazón queda a la izquierda. Pero si alguien me pregunta en la calle, por ejemplo, "¿me haría el favor de decirme dónde esta la playa de Riazor?", yo le señalo bien, con las manos, dirigiéndole hacia la izquierda, por ejemplo, pero al mismo tiempo le digo: "tome usted la primera a la derecha y siga recto", de modo que si mi interlocutor obedece a mis gestos encontrará pronto la playa, agradecido de mi amabilidad. Pero si hace caso de mis indicaciones verbales se irá directamente en dirección contraria, mentando a todos mis muertos cuando, después de un largo paseo, descubra que lo he mandado a tomar viento a la farola.

De la misma forma, si voy conduciendo y mi tomtom me va indicando de viva voz "próxima salida a la derecha", necesariamente tengo que mirar la pantalla -que marca claramente esa dirección- para no invadir el carril de la izquierda y liarla parda.

Tal problema me sirvió de perfecto conflicto para provocar el arranque de mi película "Los muertos van deprisa" cuando Irene, camionera interpretada por una excelente Neus Asensi en busca de Fariño do Mar -un imaginario pueblo costero gallego al que se dirigía a cargar marisco-, preguntaba al pescador disléxico Ramón -magníficamente interpretado por el fallecido Xosé Manuel Olveira "Pico", por el que consiguió el premio Mestre Mateo de 2009 al Mejor Actor de Reparto- por dónde se llegaba al puerto, éste le indicaba que tomando en el siguiente cruce el desvío de la izquierda (cuando quería decir "derecha"), provocando que el camión quedase atascado en un estrecho puente en el centro de Fariño -en la realidad, Rinlo (ayuntamiento de Ribadeo)- justo el día que por ahí tenía que pasar la comitiva fúnebre del padre del patrón mayor de la cofradía de mariscadores, patrón al que daba vida el gran Chete Lera. Lío montado, claro, que era de lo que se trataba en la comedia.
El pescador disléxico Ramón -interpretado por el entrañable Pico- después de liarla.

Tengo la sospecha de que la mayor parte de los políticos también confunden los términos y por eso en Cataluña, verbigracia, Artur Mas y Oriol Junqueras han terminado siendo extraños compañeros de cama. Pero ése es ya otro asunto y tal vez otro tipo de disfunción.

Pero no terminan aquí mis problemas cognitivos. Desde siempre también confundo dos guarismos: el "6" y el "9". Me di cuenta cuando de niño, en el colegio, las soluciones a cualquier problema de matemáticas siempre arrojaban una diferencia errónea de "3", por exceso o defecto. Cuando repasaba las operaciones para ver dónde me había equivocado siempre descubría un seis o un nueve bailados. Es decir, digo -y pienso- seis pero escribo nueve. Y viceversa. Del mismo modo, si le pido su teléfono a alguien y me dice que su número es 696 869 963 o similar, acabo dándole el mío y pidiéndole que me mande su contacto por whastapp porque soy incapaz de escribir correctamente semejante cifra.

En fin, si hubiese terminado siendo arquitecto, como era mi destino inicial, seguramente hubiese causado algún estropicio grave, pero teniendo en cuenta que me dedico a un oficio de escribidor, mi mayor problema con esta confusión suele ser erótico-sexual. ¿Era 69 ó 96?

Y ya en el mundo de las letras reconozco que tengo problemas con las "q", "p", "b" y "g" y las alterno aleatoriamente a la buena de Dios. Por ejemplo, casi siempre escribo "pue" cuando quiero poner "que" hasta el punto de configurar mi procesador con varias macros para que cuando tecleo "pue" el corrector lo detecte automáticamente y lo cambie por la conjunción o pronombre adecuados, o sea, "que". Así que no os extrañéis si alguna vez descubrís que he tenido un lapsus "queril" en vez de "pueril".

Mejor o peor, me he ido acostumbrando a estos "despistes" y actualmente los llevo bien y no son un gran problema. Pero a lo que ya sé que nunca me voy a acostumbrar es al cambio de hora. Esta madrugada, como sabéis, hubo que atrasar los relojes sesenta minutos y a las tres eran las dos. Bien, esta mañana al despertar (como todas las mañanas en las que se ha atrasado o adelantado la hora) tenía dos horas distintas: la de mi móvil y ordenador que, teóricamente, son tan inteligentes que ya ha hecho el cambio, y la de mi reloj de pulsera o del coche que, obviamente no son tan listos y siguen con la hora anterior. Pero cuando consulto ambos, lo hago con la inseguridad de si había que atrasar o adelantar y no me fío de ninguno hasta que salgo a la calle desconcertado y compruebo que el quiosco donde compro el periódico está cerrado cuando ya son las ocho -¿o son las siete?- y tengo que pasear un buen rato hasta que abre.


"Si hoy en nochebuena en Casablanca, ¿qué hora es ahora en Nueva York?"
(Richard Blaine "Rick", Casablanca) 


El mayor infierno que he vivido con el cambio horario lo sufrí hace unos años cuando me pilló en Río de Janeiro a donde me había trasladado para impartir un taller de guión. Viajé a Brasil a finales de octubre y justo regresaba el domingo en cuya madrugada se había producido el cambio horario. Mi tarjeta de embarque señalaba la hora de salida del vuelo, pero la tarjeta de embarque la había sacado en la página española de Iberia. ¿Marcaría el horario local o tendría que restarle cuatro horas? ¿O solo tres por el cambio horario? ¿O, por el contrario, tenía que sumarle una? ¿Cambiarían en Brasil también la hora? ¿O no? ¿Habría entonces cinco horas de diferencia o solo tres? Para colmo, el billete decía claramente que, en vuelos intercontinentales, debía personarme dos horas antes en el aeropuerto. Pero yo me seguía preguntando la noche anterior si solo sería una hora, porque la otra ya la ganaba con el cambio, o más bien debería ir tres horas antes porque la perdía.

Cuando me acosté el sábado -antes del cambio- quise poner el despertador de mi móvil pero no sabía a qué hora ponerlo, porque ¿reconoce el tan inteligente móvil el cambio y si yo le digo que me despierte a las siete, lo va a hacer a las "nuevas" o a las "antiguas" 7:00? Y, si lo hace a la hora adecuada ¿eso será una hora antes o después? Porque, si es más tarde, ¡igual no llego al vuelo!

Total, que en previsión de perder el avión, no pegué ojo en toda la noche y me personé en el aeropuerto de Río cinco horas antes de lo previsto -o tal vez solo cuatro- y volé hacia España sin saber exactamente a qué hora iba a llegar: súmale cuatro de diferencia, réstale una -¿o le sumo otra?- y me llevo dos... En el trayecto, sirvieron varios refrigerios pero en ningún momento supe si estaba desayunando, comiendo o cenando. Cuando por fin llegué a España, con un jet lag de ave migratoria, para aliviar un poco la ansiedad horaria del viaje, me dirigí al primer bar que vi en la terminal de Barajas y, mientras esperaba mi enlace con A Coruña, pedí una copa de vino blanco. El camarero me la sirvió con cara rara. Me senté y disfruté del vino al lado de una familia que desayunaba cruasanes y cafés con leche. Eran las seis de la mañana. O quizá las siete, no sé. Pero el vino me supo a gloria después de tanta caipiriña.

Que tengáis un buen cambio de hora. Sed felices! ;)