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lunes, 31 de octubre de 2016

EL HORROR...


Hoy, que se celebra la noche de Difuntos, tan proclive a los cuentos de terror que contaban nuestras abuelas al borde de la lareira mientras asaban castañas, os quiero contar un episodio de mi adolescencia en donde estuve a punto de morir del miedo, advirtiéndoos antes que todo lo que vais a leer a continuación fue absolutamente real.
Sí, podría decirse que fue la única vez en mi vida que sentí un terror verdadero, auténtico miedo de verdad. Es cierto que a lo largo de mi vida he sentido muchas veces miedo, como todo el mundo: a suspender un examen, a tener un accidente, a estar enfermo de algo, a ser rechazado, a no saber salir de una mala situación, etc. Pero todos esos miedos son, por decirlo de alguna manera, miedos racionales. También hay lo que yo llamo “falsos miedos”, como los que puedes sentir viendo una película de terror, por ejemplo. Pero, por mucho que te hagan sufrir estos, siempre sabremos que no son de reales. Lo que yo os quiero contar es el único ejemplo que he vivido (y sentido) de miedo irracional, miedo a lo inexplicable, a lo incomprensible. ¡El pavor a lo sobrenatural! ¡Al horror!
Debía tener alrededor de 13 o 14 años. Al llegar a casa por la tarde del colegio me encontré con el piso vacío y una nota de mi madre que me decía que la vecina de arriba había sufrido un accidente doméstico y ella y mi hermana, la habían acompañado a Urgencias. Decidí merendar y ponerme a leer un rato en el sofá del salón, con las luces apagadas y con tan solo una lámpara de pie alumbrando a mi lado en toda la estancia.
El libro en cuestión que estaba leyendo era «Narraciones extraordinarias» del gran Edgar Allan Poe, porque el profesor de lengua —el hermano Eugenio, “Genito” para mí y todos mis compañeros de los Maristas— nos había puesto un trabajo sobre uno de aquellos relatos titulado «La esfinge de la calavera». Leí el cuento con fervor y, enganchado con la prosa fantástica y exangüe de Poe, mientras la noche se echaba encima y en el exterior comenzaba una tormenta, continúe después con «La caída de la casa Usher», un cuento gótico, lleno de descripciones lúgubres, sobre la enfermedad y la muerte, mientras esperaba el regreso de mi madre y mi hermana.
Más o menos, el relato narra la historia de un hombre que es invitado por un viejo amigo de la infancia, Roderick Usher, a visitarle a su mansión. El señor Usher, que vive con su hermana Madeline, padece una extraña e imprecisa enfermedad que, entre otros síntomas, desarrolla sus sentidos haciéndole ver, oír o sentir cosas que cualquier otro humano normal no percibiría. Sin embargo, la que acaba falleciendo es su hermana Madeline, también delicada de salud. Ambos hombres le dan sepultura en la cripta del panteón familiar pero, al cabo de poco tiempo, el señor Usher comienza a escuchar sonidos extraños que solo él puede oír, sonidos que le hacen temer que su hermana padecía catalepsia y ha sido enterrada viva. No os cuento más para no desvelaros el final.
El caso es que Poe describe en ese momento al amigo del señor Usher leyéndole en voz alta un libro de caballería medieval sobre las aventuras de un tal Ethelred que está intentando entrar por la fuerza en la morada de un eremita. Mientras el protagonista del relato lee en su libro que el héroe rompe la puerta, Usher se atemoriza creyendo escuchar también en su casa, a lo lejos, el eco de aquel ruido. En ese preciso instante, yo también escuché en mi casa un ruido, como un golpeteo metálico muy lejano e impreciso. Levanté intranquilo la vista del libro y agucé mis oídos. Al cabo de unos segundos lo volví a escuchar. Parecía el eco de una inocente gota de agua al estrellarse contra el fregadero. Efectivamente, al poco, volvió a sonar. No le di importancia y continué con la lectura. Solo en casa, en una noche tormentosa y casi a oscuras, mi ánimo estaba predispuesto sin duda a aquel tipo de jugarretas sensitivas, pensé.
El amigo del señor Usher continuaba leyendo en su libro que el caballero andante se encontraba con un dragón al que hería haciéndole exhalar un aullido infernal. Justo en ese momento, el protagonista cree escuchar en su mansión un alarido del mismo tipo. Y, ¡oh, terrible coincidencia!, un pavoroso y lastimero ladrido en las escaleras de mi casa me hizo a mí dar un respingo en el sofá, provocándome un vuelco en el corazón. Volví a dejar la lectura pensativo y nervioso, con los latidos ya a cien. ¿De dónde —pensé— salía aquel ladrido si ninguno de los vecinos del edificio tenía perro? Aun así, decidí proseguir leyendo, imputando todas aquellas casualidades a un estado alterado de mi percepción suscitado por la lectura, la soledad y la peculiar atmósfera del oscuro entorno en el que me hallaba en ese instante.
El relato continuaba contando cómo, en el libro de aventuras, el caballero trataba de colgar luego su escudo y este se le caía al suelo produciendo un ensordecedor ruido contra el pavimento. Y, a continuación, el propio Usher escuchaba un golpe similar, como de algo que caía y rompía contra el suelo, que él enseguida intuyó que podría ser la lápida de la tumba de su hermana en la cripta que, sin duda, alguien había apartado para abrir. No pasaron ni siquiera dos segundos cuando yo mismo escuché otro golpe… ¡en el mismo salón en donde me encontraba!
Angustiado, con el corazón saliéndoseme del pecho, cerré el libro y, mirando hacia todas partes, traté de escudriñar entre las tinieblas el lugar y la explicación de aquel sonido. Pero no lo encontré. Muy nervioso, decidí dejar la lectura y, como ya era muy tarde, tomé la decisión de irme a la cama. Durante un momento, dudé en ir encendiendo todas las luces al paso para no tener que quedarme en ningún momento a oscuras atravesando el largo pasillo que llevaba de la sala a mi dormitorio en el otro lado de la vivienda. Pero, ¡ya no era un niño! ¡Era un hombre hecho y derecho! De modo que, envalentonado, apagué la luz de la lámpara de pie del salón —único foco encendido en ese momento en todo el piso— y, totalmente a oscuras, salí de la estancia muy decidido.
Nada más poner un pie en el pasillo, un chirrido sordo sonó a mis espaldas, justo del lugar de donde acababa de salir. Un chirrido muy cercano, exactamente detrás de mí, a pocos centímetros de mi nuca cuyos cabellos se pusieron de punta como un resorte. Me quedé unos segundos paralizado y las piernas comenzaron a temblarme. Poco a poco, me fui girando para tratar de comprender qué podía haber provocado aquel crujido. Cuando, casi bajo el umbral del marco de la puerta, ya me había vuelto del todo y trataba de acostumbrar mis ojos a la oscuridad para intentar vislumbrar algo, la puerta del salón se cerró de golpe en mis narices dando un tremendo portazo. En décimas de segundo, toda mi corta vida pasó por delante de mis ojos. Acababa de salir de una habitación en la que no había nadie, de eso estaba seguro. Las ventanas estaban cerradas y no había posibilidad de que se hubiese cerrado por una corriente de aire. ¿Qué, entonces, había provocado que la puerta se cerrase de golpe a mi paso? Qué… ¿o quién?
A punto de desmayarme, pero aún con arrestos para intentar encontrar explicación racional a todo aquello, eché mi temblorosa mano al pomo de la puerta para volver a franquearla pero, cuando lo intenté, una fuerza desconocida desde el interior me lo impedía y, cuanto más empujaba yo la puerta, más empujaban del otro lado para impedirme abrirla.
Un escalofrío recorrió de abajo arriba mi columna vertebral y se me erizó todo el vello del cuerpo. Absolutamente aterrorizado, comencé a marearme. La vista se me nublaba mientras un hondo malestar se fijaba sobre mi frente y comenzaba a sentir náuseas. Como pude, me giré y, sujetándome a las paredes del pasillo para no desplomarme, caminé tambaleante hasta alcanzar mi habitación, para dejarme caer inmediatamente sobre la cama e intentar recuperar el resuello.
Jadeante y al borde del desvanecimiento, permanecí tumbado boca a bajo sobre el lecho durante varios minutos en los que mis temores y pensamientos se amalgamaban dando vueltas desordenados en mi cerebro. Cuando me hube recuperado un tanto, encendí la luz de la mesilla y vi mi mano pálida como un folio impoluto. Me incorporé de nuevo y, temblando como un flan, con la sangre helada en el interior de mis venas, desandé el camina recorrido —esta vez, sí, encendiendo todas las luces—, no sin antes haber pasado por la cocina para armarme con el cuchillo de sierra de cortar el pan. Así, espada en ristre, como el caballero del cuento dentro del relato del señor Usher, con más miedo que vergüenza, me lancé sobre la puerta del salón con la intención de resolver aquel misterio.
De nuevo, traté de abrirla pero la fuerza del otro lado seguía impidiéndomelo obstinadamente. Otra vez toda la carne de gallina. Con un valor que sé que hoy mismo no tendría, empujé con todas mis ya débiles energías la puerta con el hombro para abrirla de un golpe. Y por fin lo conseguí. Nada más hacerlo encendí la luz y, de un salto, me puse en guardia ridículamente, blandiendo mi cuchillo del pan en el aire, al tiempo que lanzaba un agudo y profundo grito para infundirme valentía a mí mismo.
La luz se encendió justo a tiempo de ver cómo la gran alfombra del salón que aquella misma tarde, por lo visto, mi madre había lavado, enrollado y ocultado en posición vertical en la esquina tras la puerta mientras se secaba, se desplomaba como un peso muerto sobre el sofá de resultas del empellón que yo le había dado.
Entonces lo comprendí todo: que el ruido que había escuchado seguramente había provenido del roce de la alfombra con la pared a punto de caer y que, al salir del salón a oscuras, debí tropezar con la puerta lo suficiente para desestabilizar ya del todo la alfombra, en difícil equilibrio cuan larga era tras la hoja, provocando su caída sobre la misma, forzando además la manilla, y causando el portazo y aquella posterior extraña resistencia e inercia que me impedían abrirla.
Aún trémulo y con el cuerpo sin sangre por el miedo que había pasado, comencé a reír sin parar, nerviosamente, histéricamente, hasta que se me saltaron las lágrimas. Y así me encontraron mi madre y mi hermana al llegar con la vecina de arriba, que traía un brazo en cabestrillo: tumbado en el sofá y riéndome a carcajadas. Muerto, pero de risa… aunque risa floja. Como había tomado la precaución de volver a colocar la alfombra en su posición inicial tras la puerta y guardar en el cajón de la cocina el cuchillo, nunca les conté nada (para que no se cachondearan de mí y del ridículo susto que había pasado) y aún hoy esta es una confesión inédita del miedo más real que pasé en toda mi vida. El miedo a lo desconocido.
Feliz noche de Difuntos, Samaín, Halloween o lo que sea que celebréis. Recordad siempre que, a veces, las cosas no son lo que parecen. ¡Sed felices! ;)

viernes, 24 de junio de 2016

La escalera de papel. Los primeros pasos hacia el Goya.



«Mi primer contacto con las salas de cine se produjo a la edad de cuatro años. Mi madre me dejaba en el hoy desaparecido cine Coruña mientras ella aprovechaba para hacer compras en los almacenes Barros y Saldos Arias, en el centro de la ciudad herculina. Dado que en casa no entró un televisor hasta que cumplí los ocho, aquellas primeras películas con las que pasaba horas hipnotizado —y que después revivía al capricho de mi fantasía en la soledad de mi habitación, ya como protagonista y con unos cuantos amigos invisibles como secundarios—, fueron las únicas imágenes en movimiento que disfruté en mi más tierna niñez. No, no quería ser guionista o director (ni sabía qué era eso), a los ocho años solo quería ser John Wayne, feo, fuerte y formal. Embrujado ya por la magia del cine, recién cumplidos los 10 años cayó en mis manos una revista con un artículo sobre cine amateur en Súper-8 con el grandilocuente título de “Los primeros pasos hacia el Óscar”. Aquel pequeño manual de aprendiz de cineasta constituyó mi particular Cinema Paradiso, haciéndome soñar con plasmar en la pantalla grande las historias imaginadas en mis juegos infantiles. A los 12 años le “robé” el tomavistas Súper-8 a mi padre y me puse ya manos a la obra. Desde entonces hasta hoy he seguido jugando a contar historias. Si bien es cierto que aún no he conseguido el Oscar® que prometían aquellas páginas, las estanterías de mi casa exhiben numerosos premios internacionales entre los cuales hay tres Goya, máximo galardón del cine español, incluido el de Mejor Guion Adaptado que en el año 2012 me concedió la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas de España por la película “Arrugas” (Ignacio Ferreras, 2011). Es por ello que hoy me atrevo a publicar este libro, para contar mi experiencia, en la confianza de que servirá para facilitar el camino de otros guionistas, especialmente de aquellos que están empezando y aún no se han labrado una técnica propia (o, si no, al menos les servirá para descartar mi metodología y ahorrarles tiempo en la búsqueda de sus propias herramientas y destrezas inventivas). Pero sobre todo lo escribo con la esperanza de que provoque la misma ilusión y las mismas ganas de lanzarse a fabular historias a futuros guionistas, escritores y escribidores, como las que engendró en mí aquel promisorio artículo leído en mi ya muy lejana infancia.

He de confesar aquí que fui un niño muy fantasioso que se pasaba el día contando mentiras, pero no por necesidad, es decir, para librarme de algún castigo después de alguna trastada o fechoría infantil, sino por el simple placer de hacer la realidad cotidiana de aquella etapa pueril más interesante y extraordinaria. Sin saberlo aún, trataba ya entonces de llegar a la verdad a través de la ficción. Afortunadamente, con los años, el oficio de guionista me ha permitido canalizar aquella inocente tendencia a la farsa gracias a mantenerme ocupado diariamente en la invención de historias maravillosas.
                                                                                                                               
El esqueleto de este libro está confeccionado partiendo de los apuntes de numerosos talleres, clases magistrales, seminarios y conferencias que regularmente he venido impartiendo desde el año 2001 en másteres, escuelas y facultades, tanto de toda España, como en países tan diversos como Alemania, Argelia, Brasil, Federación Rusa, Macedonia, México, República Dominicana —este último compartido con mis colegas y amigos Diana López Varela y José Antonio Pastor— o el mismísimo Kirguistán, entre otros. Agradezco a mis alumnos de todo el mundo lo mucho que he aprendido de ellos en estos años, por lo mucho que me han hecho reflexionar e investigar acerca del tema que nos ocupa.

No es este, sin embargo, un Manual de Guion al uso en el que pretenda pontificar una técnica cerrada para intentar enseñar a escribir guiones, sino que, con toda modestia, intentaré tan solo aspirar a narrar lo más ordenadamente que pueda los métodos que yo utilizo para desarrollar mi oficio, aderezados con citas ajenas, además de ejemplos y anécdotas, experiencias y sensaciones particulares asimiladas en mi propio aprendizaje, en el afán de inculcar el deseo de escribir a quien esté interesado y que, posteriormente, cada uno pueda descubrir el sistema más adecuado para hacerlo. Y, sobre todo, intentaré entretener a mis lectores satisfaciendo la curiosidad de todos aquellos cinéfilos que sientan inquietud por conocer algunos de los variados mecanismos y métodos de trabajo del oficio.

Digo bien, oficio y no profesión, porque considero que el de guionista, como todos los oficios, solo se puede aprender con la práctica. Como el aprendiz de alfarero, al que por mucho que le expliquen teóricamente cómo se hace un botijo, hasta que él mismo hunda sus manos en el barro, venza el miedo a hacer un churro (al fracaso) y se lance a fabricar el primero, no conseguirá aprender y fijar una técnica. Es muy posible que a nuestro particular guionista-cacharrero no le salgan bien los primeros guiones-botijo que elabore, sin embargo, con perseverancia irá adquiriendo experiencia y conseguirá poco a poco convertirse en un buen artesano. Quizá más tarde, algunos de ellos —seguramente pocos— alcanzarán la excelencia y se convertirán además en artistas capaces de parir obras maestras, porque recordemos que en el cine fabricamos prototipos, ya que todas las historias son (o deberían ser) distintas. Pero nuestro primer empeño debe ser el de hacer que nuestro botijo funcione para el uso que se pretende: enfriar el agua, en ese caso —entretener, reflexionar, emocionar, etc., en el caso del cine—, es decir, convertirnos en buenos artesanos. No en vano artesano y artista comparten la misma raíz que “arte”, y un denominador común: imprimir su sello personal en el producto que elaboran.

Fue el director de fotografía estadounidense Gordon Willis —autor de la luz, entre otras, de “Annie Hall”, “Manhattan” o la saga completa de “El Padrino”— quien sentenció que «el cine es un oficio, no un arte». Según él, y yo estoy de acuerdo, el arte sale del oficio. Puedes tener una buena idea para pintar un cuadro, pero ¿sabes pintar? Si la respuesta es no, la idea carece de valor porque no tienes forma de poder expresarla. Lo que a uno le da libertad es la capacidad de poder realizar esa idea, no la idea en sí misma.

Mi segunda aspiración es hacer que el lector que ansía escribir, domine su miedo al fracaso y se arroje de lleno al trabajo asimilando algunos trucos que hagan más fácil su tarea pero confiriendo a sus guiones una mirada personal ya que aquí, y solo aquí, residirá la verdadera originalidad de su trabajo.

Casi todos los grandes escritores utilizan técnicas personales de todo tipo y muchos de ellos dedicaron buena parte de su tiempo y de su vida a intentar explicarlas generosamente a los demás. William Goldman, Jean-Claude Carrière o Doc Comparato, entre los guionistas, o Flaubert, Cortazar o Vargas Llosa, entre otros muchos grandes literatos, son algunos de ellos. García Márquez, por ejemplo, comparaba la escritura con el oficio del carpintero: «La escritura de ficción es un acto hipnótico. Uno trata de hipnotizar al lector para que no piense sino en el cuento que tú le estás contando y eso requiere una enorme cantidad de clavos, tornillos y bisagras para que no despierte. Eso es lo que llamo la carpintería, es decir es la técnica de contar, la técnica de escribir o la técnica de hacer una película. Una cosa es la inspiración, otra cosa es el argumento, pero cómo contar ese argumento y convertirlo en una verdad literaria que realmente atrape al lector, eso sin la carpintería no se puede».

Aparentemente podría parecer que el método más sencillo, una vez que tengamos una idea, es lanzarnos a escribirla. Es lo que se llama escribir de fuera adentro, pero mi experiencia me dice que tardaremos mucho en conseguir finalizar nuestro guion, haciendo que todo case y funcione correctamente, extraviándonos seguramente muchas veces por el camino y derrochando un tiempo precioso en reescrituras.

Mi primer guion de largometraje fue la película de animación “El bosque animado, sentirás su magia” (Ángel de la Cruz, Manolo Gómez, 2001). En aquella época, no tenía metodología alguna y escribía por intuición, por esa razón necesité veintidós reescrituras para poder concluirlo, ¡veintidós, nada menos! Casi veinte años más tarde, “Arrugas”, el libreto por el que nos galardonaron con el premio Goya al Mejor Guion Adaptado, solo necesitó tres.

Mi propuesta es escribir de dentro afuera, con un método preestablecido, paso a paso, etapa a etapa (sin saltarse ninguna) y, en este libro, trataré de mostrar las rutas que utilizo para facilitar la llegada a la meta (escribir un guion) disfrutando además del camino. No existen atajos, yo no creo en ellos porque los atajos son más cortos pero más lentos, ya que suelen ser veredas de tierra, trochas angostas y sin señalización, sendas mal trazadas por mitad de una selva oscura que, como a Dante, nos hacen perder la visión del recto sendero y, a la postre, emplear más tiempo en arribar a buen puerto, perdidos entre cantos de sirenas, e, incluso, malogrando nuestra singladura y haciéndonos naufragar en el intento. El camino que yo propongo, puede que sea más largo pero es más rápido porque está bien asfaltado, iluminado y señalizado. Y, es de todos sabido que, aunque la autovía tenga más kilómetros que la carretera comarcal, nos ahorrará tiempo y nos proporcionará mayor seguridad.

Pero además, y esto es quizá lo más importante, al utilizar esta técnica de escritura por etapas, aprenderemos a evitar la procrastinación, es decir, esa propensión tan común a diferir y aplazar nuestro trabajo en el tiempo sin que seamos capaces de llegar a finalizarlo nunca, provocándonos la consiguiente depresión o ansiedad. Lo que mi madre llamaba la vagancia de toda la vida. ¿Cuántos de vosotros habéis oído multitud de veces la frase “tengo una idea genial para una película”? O una novela, cuento, obra de teatro, etc. Y ¿cuántas de esas obras se han, no digo ya realizado, sino tan solo escrito? Seguro que muy pocas, porque escribir requiere un esfuerzo enorme para el que muy pocos están preparados pero que, si conseguimos hacerlo divertido y gratificante, muchos querrán probar y disfrutar. En el fondo, es solo cuestión de entrenamiento, de disciplina, orden y método.

Me explico. Si os planteáis recorrer algún día el Camino de Santiago —en concreto por su ruta más conocida del Camino Francés— y, ya en el punto de salida en Saint Jean de Pied de Port, en la frontera francesa, pensáis que os quedan por delante 775 km y un mes entero para hacerlo, seguramente desistáis del intento. Sin embargo, si en ese mismo momento calculáis que solo tenéis que llegar a Roncesvalles (final de la primera de las treinta y una etapas en las que se divide la Ruta Jacobea) y tan solo debéis superar 25 km ese día, sin preocuparos del mañana, tal vez decidáis echaros a andar alegremente. Todos los caminos comienzan con un paso. Este también.»

jueves, 24 de diciembre de 2015

Noche de paz


Leo la Biblia y encuentro:
«Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Romanos 13:8-9).

Leo el Corán y dice:
«¡Humanos! Ciertamente os creamos iguales a partir de hombres y mujeres e hicimos grandes multitudes y numerosas naciones para que os conozcáis y colaboréis entre vosotros». (Sura l-Hujurat, 49:13).

Leo la Torá y dice:
«Convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará nación contra nación su espada, ni se adiestrarán más para la guerra» (Yishayahu, 2:4). «Aléjate del mal y haz el bien, pide la paz y persíguela» (Tehilím, 34:15).

Leo la Declaración Universal de los Derechos Humanos y dice:
«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». (Artículo 1)

Y después de leer pienso: No somos tan distintos, aunque nos empeñemos tercamente, día tras día, en parecerlo. Y también creo que la grandeza de algunos libros consiste en que cada uno encuentra en ellos lo que quiere encontrar. Quien siente odio, solo hallará más rencor.
Feliz noche de paz a todas las personas de buena voluntad, crean en lo que crean y piensen como piensen. Que todas las noches de vuestra vida, sean noches de paz. Salam, Shalom, Paz y Salud!
Sed felices! ;)

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Quién puede matar a un ruiseñor?


Scout y Atticus, los protagonistas de la película "Matar a un ruiseñor"

Mañana voy a votar, claro, como hará la inmensa mayoría de electores del país. Voy a votar por el partido que, después de haber reflexionado mucho, creo que es el que lo hará “menos mal” (lógicamente, según mi particular y subjetivo criterio personal). Pero admito que, tal y como están las cosas, sinceramente me gustaría que todos perdiesen. Es decir, puestos a soñar, desearía que no ganase nadie o, lo que es lo mismo, que hubiese un empate técnico entre cuatro o cinco o seis, y que ninguno alcanzase la mayoría absoluta sin la suma de, al menos, otros tres, para que ello les obligara a gobernar por amplio consenso de ideologías durante toda la legislatura. Especialmente en temas como la sanidad, la educación y la cultura que, por su importancia, no deberían ser privilegio del Ejecutivo sino del Parlamento, a fin de que sus acuerdos puedan perduran muchos años. Que gobernasen en materia laboral, social y económica con el menos malo de los pactos o, lo que es lo mismo, con la mejor de las propuestas de cada partido en cada área. Y me gustaría que hiciesen también extensivo ese consenso a la revisión, reforma y modernización de la Constitución, actualizándola a los nuevos tiempos e inquietudes que corren, para que pueda funcionar sin demasiados sobresaltos otros cuarenta años más. Tal vez ese empate técnico por arriba posibilitase que nuestros políticos aprendieran a dialogar de verdad entre ellos.

Pero para eso hace falta tolerancia, es decir, respetar las ideas y opiniones del contrario aunque no se compartan. Me gustaría que no ganase ninguno porque anhelo que España sea un estado plural, con gente de derechas y de izquierdas, nacionalistas y unionistas, trabajadores, empresarios y autónomos, nacidos aquí e inmigrantes, creyentes y agnósticos, hombres y mujeres libres e iguales, con los mismos derechos y obligaciones, que puedan convivir en pacífica armonía. Porque sé que, de lo contrario, lo que tendríamos sería aquel “pensamiento único” que siempre intentan imponer por la fuerza los tiranos y fanáticos de ambos extremos que en el mundo han sido (y siguen siendo en muchos lugares del planeta).

"Matar a un ruiseñor", una preciosa novela de más actualidad que nunca.

Quisiera recomendarles a los líderes de los partidos políticos (y, humildemente, a todos sus votantes) que, aprovechado la jornada de reflexión, salgan a comprar la novela “Matar un ruiseñor”, de Harper Lee —en la que se basó la excelente película del mismo título de Robert Mulligan—, para usarla como libro de cabecera estas navidades.

Este relato, mucho más que la película, es un canto a la tolerancia expresado a través de la inocente mirada de una niña, Scout, con un padre de profundas convicciones y principios absolutamente sólidos, llamado Atticus Finch, que, a o largo de la narración, trata de enseñar a sus hijos, Scout y Jem, que todas las personas son iguales y merecen idéntico respeto, sea cual fuere su raza, sexo, confesión, filiación política e ideológica y posición social o económica. Y, para hacérselo comprender, les aconseja que, antes de rebatir o desechar las ideas del contrario, por muy absurdas que les parezcan, intenten siempre conocer la realidad del otro y ponerse en su lugar para comprender sus razones —algo que a mí se me olvida muy a menudo—, aunque ese otro sea el adversario que está intentando aniquilarte: «Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos», dice Atticus.

Tal vez tengamos que volver a ser niños para poder comprender qué significa tolerancia.

Es cierto, ya lo sé, que también cabe la posibilidad de que nuestros dirigentes sean incapaces de estar a la altura y ponerse de acuerdo en nada, provocando más crisis, más crispación y más rencor. Entonces habrán matado al ruiseñor. Nuestra obligación es acudir mañana en riada a los colegios electorales, llenar las urnas hasta que desborden las papeletas, intentar superar aquel récord del 80 % de participación de las primeras elecciones libres del 77. Demostrarles en definitiva a los políticos que nosotros sí hemos estado a la altura y que nadie puede acabar con la democracia, que nadie puede matar a un ruiseñor. Solo así, aunque no gane nadie, habremos ganado todos. Sed felices! ;)

viernes, 30 de octubre de 2015

Las mil y una noches (de Luar)

Junto a Manolo Abad, en la sombra, el alma máter de "Luar" es sin duda Gayoso.

Hace un par de semanas, pude leer el artículo publicado por Manolo Abad en La Voz de Galicia titulado «Cómo acabar con “Luar” de una vez por todas». Un artículo de lo más acertado y necesario. Me hubiera gustado comentarlo entonces y dar mi opinión, pero al hallarme de viaje me fue imposible.

Esta noche “Luar” alcanzará el programa número 1.002, es decir, ya ha superado incluso a las mil y una noches que Scheherezade tuvo que pasarse en vela contando al sultán los mil y un cuentos que le salvaron la cabeza.

Mil y un programas y 24 años en antena, siendo muchas veces líderes de audiencia, deben querer decir algo. “Luar” es un programa que casi nadie confiesa (o confesaba) ver y, sin embargo, muchos critican (o criticaban). Recuerdo aquí unas palabras de Fernando Fernán-Gómez referidas a los que menospreciaban el cine español con afirmaciones como: «Yo no veo cine español porque es malo». Pero, si no lo ves, alma cándida, ¿cómo sabes que es malo? Es la paradoja de un cierto sector de la población, supuestos intelectualóides —izquierdosos en su mayor parte, que no izquierdistas—, atrincherados detrás de sus prejuicios, que no ven más allá de esos sesudos libros que supuestamente leen (pero que claramente no los hacen más sabios), rechazando la cultura popular mayoritaria.

Pero ser de izquierdas e intelectual es para mí, sobre todo, comprender a los demás, ponerse en su lugar para tratar de entender sus razones, aunque no se compartan, aceptar el pensamiento de los otros con sus circunstancias, ser tolerante, especialmente con los gustos del pueblo. Saber, como decía don Juan Tenorio, subir a los palacios y bajar a las cabañas, y en todas partes dejar memoria de uno (de ser posible, no amarga, como don Juan). Tiempo hay para ver pelis de Bergman o Fellini, asistir a una ópera de Puccini, leer a Shakespeare y bailar en una verbena de pueblo al ritmo de la orquesta "Panorama", como dice Manolo en su artículo, o "París de Noia", o también ver "Luar". Si no, nuestra visión del mundo será siempre parcial.

Quiero contaros mi experiencia en “Luar”. Mi primer "Luar" fue hace muchos años, allá por el 2000, más o menos. Por aquel entonces yo era de esos que también criticaban el programa sin haber visto ninguno completo, lo confieso (arrepentido). Pero un buen día, el destino hizo que coincidiera con su realizador, Manolo Abad, en el montaje de una entrega de premios del Audiovisual Gallego en Pontevedra. Quedamos en que, a la semana siguiente, nos veríamos todos los de la organización para tomarnos una copa en Santiago. Pero como quiera que el día que nos venía mejor a todos era el viernes, Manolo, para no perdérselo, nos invitó a “Luar”, cuando todavía se grababa en la discoteca “Dona Dana” en Touro —hoy me parece un desmadre porque se podía fumar durante la grabación, tomar cubatas y bocadillos de chorizo—. Allá nos fuimos. He de confesar que yo iba un tanto abochornado esperando sentarme en una mesa lejos del escenario para que nadie me viera por televisión. Pero resultó que teníamos una mesa reservada en la misma boca del escenario. No contento con esto, durante la actuación de un mago portugués que pedía voluntarios para su numerito, el artista me sacó a mí al escenario (estoy convencido que llevaba un pinganillo y el cabrito de Manolo le sopló a quién subir). El caso es que, durante las cuatro horas de programa, se fue produciendo en mí una metamorfosis.

Cuando vives el "Luar" comprendes por qué lleva 24 años en antena.

Y esa metamorfosis fue provocada tal vez al ver la cantidad de gente que trabajaba allí, la profesionalidad de todo el mundo, comenzando por José Ramón Gayoso que se tiraba con el micrófono pegado a la barbilla todo el rato, incluso en las desconexiones para publicidad, animando al público, haciéndole vibrar. El ver reír en vivo y en directo a aquella gente —gente de verdad, no fingidos intelectuales de gafitas, sino gente humilde, del pueblo, con costumbres humildes, como mis padres, mis abuelos, mi familia—, verlos bailar cada vez que empezaba una actuación y aplaudir a rabiar al terminar, produjo en mí una catarsis tal que, venciendo toda timidez me hicieron erguirme de mi silla en el último número (Peret, lo recuerdo perfectamente) y ponerme a bailar la rumba catalana con María Liaño (productora de los premios, la semana anterior).

Ésa fue la primera vez que fui a “Luar”, pero ni mucho menos la última. A partir de ese momento, siempre que pude, me plantaba allí con cualquier excusa: la presentación de varias de mis películas, la actuación de amigos como Luz Casal, la presentación de una asociación benéfica o simplemente tomarme una copa después con Manolo. Siempre fui bienvenido por todo su equipo, siempre tenían un hueco para mí cuando les pedía acudir para presentar lo que fuera. Recuerdo que alguien me dijo por aquella época: “No te avergüenza ir a un programa-basura” ¿Programa-basura? Un programa-basura es aquel que, sin contenido alguno, reúne a un montón de indocumentados para despellejar a otro indocumentado. Pero un programa que contrata a tanta gente —¡cuántos de nuestros más grandes actores y actrices comenzaron ahí haciendo sus primeros pinitos!—, que promociona la cultura folclórica y popular de un pueblo —¿o acaso nuestra bandas de música, orquestas populares y grupos folclóricos no son parte de nuestra cultura?—, un programa que llega de esa manera al público, que se renueva año tras año, que ha alcanzado las mil y una noches, no puede ser un programa-basura. No, "Luar" es un clásico que, según la Real Academia, no es otra cosa que un "modelo digno de imitación".

En una de mis muchas visitas a "Luar" (2013), en este caso para promocionar
la Asociación contra las Enfermedades Neuromusculares.

Seis años más tarde, ya en el 2006, la semana anterior a la entrega de los Goya en la que nos concedieron el galardón por “El sueño de una noche de san Juan”, se produjo una cosa muy curiosa. Me invitaron a dos programas. A mitad de semana, fui a uno de esos desayunos televisivos después de los informativos de la mañana. “El ruedo ibérico” se llamaba, presentado por Monserrat Domínguez en Antena 3. Compartí cartel con la exministra de Asuntos Exteriores Ana Palacio. Nos dedicaron media hora larga a cada uno. Pensé que ese día me vería mucha gente y, cuando encendiese el móvil después de terminar la entrevista, lo tendría lleno de mensajes y llamadas perdidas… ¡Ni una! Pero al llegar el viernes, me entrevistó Gayoso en el “Luar”. No cesaron los sms ni las llamadas durante todo el fin de semana. Curiosamente, casi todos decían que me habían visto de casualidad haciendo zapping. ¡Qué casualidad! Una entrevista de 10 minutos en un programa de cuatro horas y todo dios estaba haciendo zapping en ese momento. ¿Qué sucedía en las otras cadenas? ¿Hubo una desconexión generalizada?

En fin, con estas anécdotas, simplemente os quiero contar que nadie debe avergonzarse de divertirse. Y “Luar” es sobre todo un programa que entretiene y divierte, ése es su secreto. Pero además salvaguarda parte de nuestra cultura. Y porque “Luar” es también una fábrica de profesionales tanto técnicos como artistas.

Por eso hoy quiero felicitar a Manolo, a José Ramón y todos los que han trabajado y trabajan en “Luar”, que esta noche habrá batido el récord de las mil y una noches, deseándoles otros 1000 programas más de entretenimiento, diversión, imaginación y cultura popular. Sed felices! ;)

miércoles, 22 de julio de 2015

OBRADOIRO DE GUIÓN EN BIBLOS CLUBE (BETANZOS)

Gracias a esa gente que confía en lo que pueden aprender de mí, por todo lo que yo siempre acabo aprendiendo de ellos :)


Lujazo de taller que imparto esta semana en la librería Biblos Clube de Betanzos. Como dice Tucho Calvo en su Facebook: "O obradoiro de guión de cine con Ángel de la Cruz, un luxazo para xente coas máis variadas motivacións, das máis diversas idades e procedencias... veñen de Pontevedra, de Salamanca, de Foz..."


Gracias. Sed felices! ;)