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lunes, 4 de mayo de 2015

UP IN THE AIR o CÓMO VIAJAR LIGERO DE EQUIPAJE.

A todos nos gusta viajar o, mejor dicho, a todos nos gusta conocer otros lugares, culturas y gentes. Pero viajar en sí mismo, o sea, el acto de desplazarse, suele ser un incordio. Especialmente si tienes que cargar con una gran maleta abarrotada de ropa y con media oficina a cuestas por motivos laborales, como es mi caso. Ya sabéis, los famosos “por si acaso”. Esos “por si acaso” son los que hacen más ingrata la tarea de viajar. Pero, seamos sinceros, ¿cuántas veces hemos ido de viaje y, al llegar a nuestro destino, no nos hemos puesto ni la mitad de la ropa que llevamos, ni hemos utilizado la tercera parte de los libros, utensilios y objetos que transportamos con nosotros con la desesperación del que se va a una isla desierta?

En los próximos 10 días tengo que tomar seis aviones, tres trenes, hacer cuatro transbordos y pasar tres controles de seguridad en tres países distintos. George Clooney nos enseñó en “Up in the air” (Jason Reitman, 2009) cómo recorrer el mundo ligeros de equipaje, no solo en los viajes sino también en la vida. Y la verdad es que así se viaja mucho más cómodo, menos estresado y se disfruta mucho más, no solo de la estancia, sino del trayecto en sí mismo, que también es parte de la gracia.

Una película para aprender a viajar ligeros de equipaje.

Pero para ello tenemos que saber ordenar nuestra maleta (y nuestra vida) y viajar con el kit de supervivencia, es decir, únicamente con lo imprescindible y realmente necesario, solo lo que vamos a utilizar.

En diez días y con tantos transbordos, algunos de ellos casi sin tiempo, resulta obvio que facturar una maleta más grande no va a ser práctico pues, casi seguro que nos la van a extraviar en algún aeropuerto. Por no hablar de la incomodidad de tener que arrastrar por media Europa dos maletones, lo que nos obligaría casi siempre a tener que utilizar taxis, cuando bien podríamos arreglarnos en metro o autobús, sobre todo, en estos tiempos de crisis.

Lo primero, como todo, es visualizar y anotar lo que verdaderamente nos vamos a poner. Para eso hay que tener clara nuestra agenda. En este caso, diez días son demasiados para meter ropa en una maleta con las dimensiones reglamentarias para que la admitan en la cabina de un avión sin facturar, con lo que llevar ropa para mudarse a diario va a resultar imposible. Pero para eso están las lavanderías autoservicio de lavado y secado automático de ropa, ambas operaciones llevan menos de una hora. Me decido, por tanto, a llevar ropa para 5 días y sé que a la mitad de mi viaje tendré que hacer tiempo para una colada. Importante localizar por internet una de esas lavanderías en la ciudad donde vayamos a dormir la sexta noche. En mi caso Roma.

Las lavanderías automáticas ahorran mucho tiempo, dinero y espacio en la maleta.

Es importante disponer de una buena maleta con las medidas reglamentarias —55 x 40 x 29 cm y 10 Kg de peso máximo—. Os recomiendo una trolley de cuatro ruedas, porque así no tenéis que arrastrarla (cargando su peso) sobre dos ruedas, sino simplemente empujarla para que se deslice sola.

Trolley de cuatro ruedas y medidas reglamentarias para viajar en cabina.

Yo siempre comienzo por meter la ropa interior: camisetas, calzoncillos y calcetines (los ejecutivos ocupan menos). Todo bien encartado, por supuesto. Ése es el verdadero secreto de una maleta bien ordenada: encartar bien las prendas.

El secreto es encartar bien la ropa.

Después las camisas. Aquí no queda otra que pasar por la plancha. Ya sé que es una tarea ingrata, pero las camisas bien planchadas y encartadas, ocupan menos espacio.


No queda otra que hacer de tripas corazón y planchar.

Imprescindible llevar unas chanclas de baño (en una funda) para no tener que andar descalzo por esos hoteles europeos donde tanto les gusta enmoquetar los suelos. Unas zapatillas ocupan más, sobre todo si, como yo, calzáis un 46.

Las chanclas evitan los hongos. ¡Imprescindibles!

Guardamos camisas y camisetas en la maleta y ajustamos bien las cintas de sujeción para que ocupen lo menos posible y no se desplanche la ropa. La ropa interior y las chanclas envueltas en su funda pueden meterse en los laterales aprovechando bien los huecos. Aun cabría un jersey o cazadora finos, pero este viaje no llevaré porque parece que la previsión del tiempo es buena. Si llueve al llegar, en los aeropuertos venden paraguas plegables que también cabrían en la maleta.

Hay que aprovechar todos los huecos de la maleta.

Además de los vaqueros que llevo puestos, que bien aguantarán toda la semana, conviene llevar otros pantalones de repuesto. En mi caso, como también llevo puesta americana, meto de repuesto los pantalones del traje correspondiente a esa chaqueta —que me vendrán de perlas además para ir “trajeado” si tengo que acudir a alguna ceremonia o evento importante, como así será esta vez—. Pero, ¡ojo!, no los encartéis, porque quedarán las marcas. Lo mejor para guardar los pantalones de un traje es enrollarlos y dejarlos también en un lateral. Os prometo que al llegar al destino no tendrán ni una sola arruga.

Para evitar arrugas, los pantalones enrollados, no doblados.

En invierno viajo con la misma ropa, solo que, además de la americana puesta, llevo también un abrigo o chubasquero encima, que cuando me quite llevaré colgado del brazo porque obviamente no cabe en la maleta.

Muy importante también el neceser trasparente de aseo personal con frascos que no superen los 100 cc. Procurad recortaros las uñas de manos y pies porque no podéis viajar con tijeras ni cortaúñas. Aunque ya las tengáis cortas, conviene hacerle un repaso. Y, en mi caso, también me afeito la barba para volver a dejármela crecer en los próximos 10 días y no estar pendiente de afeitados y recortes.

El neceser transparente con los líquidos y útiles de aseo.

A continuación, el ordenador protegido en una funda, con su cableado y, si queréis, una tableb.

Y el ordenador portátil, bien protegido en una funda acolchada.

Después guardamos todo en la maleta dejando para el final el ordenador y el neceser, porque os lo van a hacer sacar en el control. Aún queda espacio para un par de libros de bolsillo. Esta vez, en vez de una novela, he preferido viajar con un par de manuales de idiomas para repasar durante los vuelos las lenguas que voy a tener que chapurrear en mis destinos.

Ya está casi todo en la maleta y aún queda espacio.

Todavía tenemos espacio en los bolsillos supletorios. Es el sitio ideal para guardar, ordenados en una funda, todas las tarjetas de embarque impresas, tiritas, tickets, reservas de hoteles, mapas, flyers, tarjetas de visita, discos duros, cables de carga, medicamentos, pañuelos, bolígrafos, etc. Caben, os lo aseguro (no hace falta meter toda la caja de aspirinas o de tarjetas de visita, por ejemplo, solo un poco de cada cosa).

Los bolsillos supletorios para el pequeño material que debe estar más a mano.

Y por fin está hecha la maleta: 9,6 Kg. En los aviones, nos permiten viajar con otro bulto de mano menor (35 x 20 x 20 cm), que normalmente suele ser una bolsa de viaje para el ordenador. Pero como yo ya lo llevo en la maleta, me reservo esa opción por si, de regreso, compro algún souvenir. Lo tendré que llevar, eso sí, en la bolsa de plástico que me den al adquirirlo.

¡Maleta lista y ligera!

Ah, muy importante. ¡El calzado! Aquí nos la jugamos porque, chanclas aparte, solo podemos llevar el puesto, en la maleta no cabe nada más. Elegid entonces unos zapatos cómodos para patear las calles, pero al mismo tiempo que os sirvan para poner con el traje en los actos importantes, una vez repasados en el hotel con una de esas esponjitas limpiadoras que suelen dejar de cortesía a los clientes para dicho menester. Nunca estrenéis calzado para salir de viaje, mejor zapatos muy usados y bien dados de sí —tipo papa Francisco—, aunque resistentes.

Zapatos cómodos y "usados", modelo papa Francisco, buenos para trotar,
ir a un cóctel o dar la bendición Urbi et Orbi.

En este caso me he decidido por unos zapatos negros pero con suela de goma y, por supuesto, sin cordones, porque casi seguro que también os los harán quitar en el control del aeropuerto y es un engorro andar atando y desatando cordones cada dos por tres.

Pues nada. Me esperan esta semana el Festival de Stuttgart en Alemania y, la próxima, el Festival de Roma en Italia. Y, lo que es mejor, invitado. Dentro de diez días estaré de vuelta.

Hasta entonces, sed felices! ;)

viernes, 10 de abril de 2015

INESPERADA (E INOLVIDABLE) CENA EN KIRGUIZSTÁN

Al terminar la primera jornada del Congreso sobre "Envejecimiento con dignidad en el mundo moderno", convocada por HelpAge International en Bishkek, capital de la República de Kirguizstán, los organizadores nos tenían reservada una sorpresa: una cena en un centro etnográfico kirguí, la etnia del país.

Un autobús nos esperaba en la puerta del hotel para llevarnos a las afueras, en concreto al centro etnográfico Suparo donde tratan de recrear cómo era la vida de los nómadas kirguís no hace muchos años.

Mientras nos dirigíamos a las afueras, el sol del atardecer tintaba de rosa
las montañas de nieves perpétuas.

El centro etnográfico y recreativo semeja un campamento nómada kirguí donde cada yurta o tienda nómada es una sala dispuesta para varios comensales que varía de tamaño según el número de invitados.

Una de las tiendas dispuestas como comedor.

También tienen tiendas y cabañas de madera a modo de museo en los que exhiben piezas, herramientas, artesanía, armas, tapices y demás objetos populares kirguís.

Exposición de utensilios kirguís en otra de las yurtas.

Nada más llegar, nos recibió un actor vestido a la usanza de guerrero kirguí. Al verme se acercó y me preguntó de que país era. Le dije que español y él, muy animado, pidió sacarse una foto conmigo porque nunca se había fotografiado con un matador de toros. Yo, entre risas, le dije que no, que no era era torero, que era gallego y que en Galicia, como mucho, lidiábamos con centollas. Pero me contestó que él, sin embargo, sí mataba toros pero no con estoque sino a puñetazos. Me pareció mucho más justo, qué queréis que os diga. Así, en igualdad de condiciones, el toro y el hombre.

Aquí, con el "torero" kirguí.

Nos sacamos la foto y, a continuación, siguiendo la hospitalaria tradición kirguí, los anfitriones de la casa nos ofrecieron una jofaina donde lavarnos las manos antes de entrar en un amplio comedor que era una de las yurtas más grandes.

En el lavamanos ofrecido por los anfitriones.

En el interior nos esperaban varias mesas en donde nos fuimos sentando los invitados. Siguiendo otra tradición kirguí, todas ellas tenían ya todos los alimentos expuestos sobre el mantel, incluido el postre, por lo que, ante mi desconocimiento, acabé mezclando un rico plato de embutido de caballo -sí, probé el caballo- con dulces de miel, para gran consternación de los presentes. Afortunadamente, mi traductora Sofía me iba aleccionando y poco a poco me fui haciendo a las costumbres gastronómicas y culinarias del país.

Interior de la gigantesca yurta, dispuestos para la cena.

Otra de las curiosidades es que no comen con vino, sino con té. Así que, con gran aflicción por mi parte, pedí un té verde para acompañar la cena. Pero mi decepción fue temporal porque, al final de la misma, comenzaron a servir vino, como quien sirve el café (infusión que nadie toma aquí), para poder brindar. También acabaron sirviendo beshbarmak -que significa literalmente "cinco dedos" porque se come con las manos- y que es un plato que solo se sirve a los huéspedes más honorables. Un cocido de trozos de cordero hervido con fideos y espolvoreado con perejil y cilantro que estaba, efectivamente, muy bueno.

Beshbarmak, para chuparse los (cinco) dedos.

Pero lo inesperado vino a los postres. Los organizadores nos habían colocado por equipos en cada mesa. Y comenzaron los juegos. El primero consistió en que cada mesa debía elegir un nombre y un representante para su equipo, cada uno de nosotros tenía que elegir su mejor cualidad -la mía fue, claro, "el hombre tranquilo"-, después teníamos que decidir qué era lo que más nos había gustado de la jornada vivida y por último qué esperábamos del día de mañana. Pasado un tiempo para dilucidar todas estas cuestiones, cada mesa tenía que exponer sus conclusiones públicamente en la voz del jefe de equipo. En mi mesa, formada por siete magníficas mujeres, cada una de una de una etnia distinta, por cierto, yo estaba solo ante el peligro, pero conseguí salir airoso del lance. Tengo que decir que, para mi honra, en varias mesas lo que más había gustado del día era la proyección "Arrugas".

Mi mesa con las integrantes de mi equipo.

Acabado el primer juego, un grupo folclórico del país comenzó a interpretar un precioso canto popular kirguí. Os dejo aquí un extracto del mismo:


Tan bonito fue el número que, al poco, se pasó al segundo juego consistente en que alguien te pasaba una taza de té y entonces tenías que salir al medio de la sala a cantar alguna canción originaria de tu país. Cuando terminabas, pasabas la taza de té a otro que tenía que hacer lo mismo. Si no sabías cantar se te permitía declamar unos versos. Mientras la gente se pasaba la taza y empezaban a oírse canciones armenias, georgianas, rusas, kirguís, azerbajanas, serbias, italianas y hasta irlandesas (una "Molly Mallone" que casi me hizo saltar las lágrimas), yo rezaba sudando para que nadie me pasara la taza mientras mentalmente repasaba "A Rianxeira", "Apaga o candil" y hasta el himno gallego. Finalmente se apiadaron de mí y no tuve que cantar, aunque hube de prometer a mis amigos italianos Raffaele y Chiara que iría a un karaoke (diversión muy popular en este país) y cantar con ellos el "Azzurro".

La cena no tuvo desperdicio, y además literalmente, porque otra de las sanas costumbres del país es repartir bolsas de plástico donde los invitados pueden (y deben) llevarse a su casa los restos de la comida. Una norma que debería expandirse en todo el mundo para no desperdiciar tantos alimentos.

Después de muchas canciones y versos -¡y eso que solo beben té!-, la fiesta llegó a su fin y, acompañado por mi traductora, aún pude visitar el resto del centro etnográfico mientras los árboles plantados al margen de un camino empedrado iluminaban el sendero con unas luces que me recordaban a las que utilizamos nosotros en navidad.

Un toque de distinción.

Y, así, a grandes rasgos, transcurrió la inesperada e inolvidable cena kirguí a la que tuve el honor de ser invitado ayer. Mañana sábado, con el congreso ya terminado, antes de subirme al avión que me llevará de vuelta a casa el domingo, me espera una excursión por las montañas y la visita a un bazar. Ya os contaré.


Ah, y no os olvidéis de ser felices! ;)

miércoles, 8 de abril de 2015

Primeras horas en Kirguizstán.

Pues os decía antes de salir de viaje hacia Kirguizstán que me iba en busca del lugar donde nace el sol. Y se puede decir que casi lo encuentro porque este es el país más oriental que he visitado, es decir, el que está más cerca del huso horario donde nace el día.

Amanecer desde el cielo en el fantástico avión de Turkish Airlines.

Os puedo decir también que, volando con Turkish Airlines en dos aviones que me llevaron de Santiago de Compostela a Estambul (con parada técnica en Bilbao) y otro de Estambul a Bishkek (capital de Kirguizstán), se me han quitado mucho prejuicios. Los aviones turcos -por lo menos los que tomé yo- son de una calidad que ya les gustaría a Iberia, tanto en el trato, como en las comidas, comodidades, espacio -¡espacio, Señor, espacio!- y servicios a bordo. Un lujo. Y os puedo asegurar que, aunque invitado por Help Age International para dar una conferencia y presentar Arrugas, viajaba en turista como cualquier hijo de vecino.

Eso sí, 5 horas a Estambul, 3 horas de espera en tránsito y otras 6 a Bishkek que casi suman un vuelo a California. De momento aún he visto poco del lugar pero puedo describir a Bishkek como una ciudad pequeña (900.000 habitantes), heredera de la fea arquitectura soviética y algo kitsch, pero tal vez su decadencia la hace de alguna manera entrañable y atractiva al visitante. Además, la gente, una rara mezcla de raza asiática, con cultura rusa, costumbres y tradiciones turcas y religión musulmana, es de lo más agradable, amable y hospitalaria. 

Mientras escribo estas líneas a la puesta del sol, escucho el adhan o llamada a la oración del Islam 
desde el minarete de la mezquita que tengo frente a la ventana de mi habitación.
Lo que inspira es una gran paz.

Gracias a dos jóvenes universitarios que el año pasado estuvieron 10 meses en México, he podido disponer de unos excepcionales guías que hablaban castellano (con un divertido acento mexicano) y que esta tarde me han enseñado una pequeña parte de la ciudad.

Selfie con mis jóvenes y amables guías kirguís.

Delante del monumento a Manas, el héroe fundador de la patria de los kirguís, encontré una gran librería donde, por supuesto, pregunté si disponían de una edición de El Principito en lengua kirguí para mi colección. Pero desgraciadamente la habían agotado y solo les quedaba en ruso (que ya tengo). Aún así, no desisto de seguir buscando. También me interesé por el Manas, canto versificado y poema nacional del país. Pero su volumen es tan grueso (como la Ilíada y la Odisea juntos) que me resulta imposible meterlo en la maleta. ¡Ya ni os cuento si la versión es bilingüe kirguí-inglés!

Rindiendo pleitesía a Manas, legendario padre de la patria.

A continuación, mis guías me llevaron a visitar el Museo de la Historia, donde aprendí bastante sobre la cultura y tradiciones de este país formado por tribus nómadas ancestrales.

En el Museo de la Historia, al lado de una yurta o tienda nómada kirguí.

Por ejemplo, kirguí suena en su lengua como "cuarenta" y su nombre deriva de que es un estado formado por cuarenta tribus de etnias asiáticas y túrquicas que se unificaron bajo la misma bandera. Por cierto, bandera totalmente roja -herencia de los Soviets-, con un gran sol dorado en el medio que tiene la forma de una yurta (tienda nómada) vista en planta con cuarenta rayos de sol que representan a esas cuarenta tribus que rodean la casa común del Kirguizstán.

Bandera nacional de la República de Kirguizstán.

También he comprobado que, aunque cada día más alejados de la Madre Rusia, es el lugar con más estatuas de Lenin por metro cuadrado.

El camarada Lenin, hasta en la sopa.

Y no solo el camarada Lenin está presente en todas partes, sino los camaradas Marx y Engels que, por cierto, siempre aparecen juntos en todos los monumentos y pinturas.

Aquí, departiendo con Marx y Engels: "La religión es el opio del pueblo, Fredie". 
"Que ya no, Charlie, que el opio del pueblo es ahora el dinero, que lo sepas".

Aunque la República del Kirguizstán se separó de Rusia en 1991, con la caída de la Unión Soviética, para convertirse en una república independiente, fue en la revolución del 7 de abril de 2010 (justamente ayer se conmemoró el 5º aniversario) cuando llegó al país la democracia parlamentaria en donde quien tiene el poder es precisamente el Parlamento por encima del presidente.

Monumento que conmemora la revolución del 7 de abril de 2010 que dejó 86 muertos 
pero trajo la democracia a Kirguizstán.

En un rato me vienen a buscar de la organización para llevarme a cenar -cordero o caballo son sus platos típicos- y de paso explicarme cómo serán mis intervenciones en el Congreso de mañana y pasado. 

White House, o palacio presidencial.
De un presidente que tiene menos poderes que el Parlamento. ¡Envidia me da!

El sábado, mi día libre, espero disponer de más tiempo para visitar los alrededores, incluso para salir de la ciudad a las montañas cercanas y perderme en este remanso de paz del Asía Central.

Ya os contaré. Hasta entonces, sed felices! ;)


miércoles, 7 de enero de 2015

NO ES LO MISMO ISLAM QUE TERRORISMO.


Con mi familia de acogida saharaui (abril 2003), musulmana y generosa.

Como cualquier persona con dos dedos de frente, deploro los crímenes que se han cometido en París contra la revista Charlie Hebdo, como en su día los execrables atentados del 11-S, el 11-M o tantos otros que se perpetran cada cierto tiempo en nombre de un presunto Dios, supuestamente grande y misericordioso. Desgraciadamente, y por este motivo, hay mucha gente en Europa y en todo el mundo que confunde y asocia Islam y religión musulmana con fundamentalismo, extremismo religioso o yihad (guerra santa), cuando las primeras víctimas de ese fanatismo son los propios musulmanes sojuzgados por algunos (bastantes) líderes talibanes religiosos que, interpretando erróneamente sus Escrituras y apoyados por líderes políticos igual de fanáticos, imponen y predican el terror sobre todo aquel que no profese sus creencias.

Eso no es Islam. Eso es pura y llanamente terrorismo criminal, venga de donde venga, practicado por una banda de crueles asesinos sin escrúpulos que buscan imponer por la fuerza de la violencia sus propias, intransigentes y equívocas creencias.

Contra ellos, desde luego, en virtud de nuestra irrenunciable libertad de expresión, apuntaban precisamente los chistes y viñetas de la revista satírica francesa. Y el horror más sectario y fanático se ha ensañado trágicamente contra sus autores.

Sin embargo, me asusta tanto la intolerancia radical religiosa como la incipiente intolerancia islamofóbica occidental.

Las creencias religiosas —sean cuales fueran— o su ausencia, son siempre un acto individual, privativo e intransferible. Y, como tal, dichas creencias son absolutamente respetables en su totalidad. Creer en algo o no creer en nada es una elección personal que en aras de las libertades (entre otras, de expresión, opinión, conciencia, culto o pensamiento) estamos obligados a respetar, lo compartamos o no. Ser cristiano, judío, budista, musulmán o ateo no convierte a nadie en asesino. Pero quien mata incumple un mandamiento sagrado en cualquier religión y quebranta el principio ético más inviolable de la humanidad: el derecho a la vida. Porque, cuando quitas la vida a otro ser humano le despojas de todo lo que es y le arrebatas todo lo que podría haber llegado a ser.

El "pater familias" después de la cena, leyéndonos un extracto del Corán (abril, 2003).

Las razias, la yihad, las salvajes ejecuciones, las ablaciones, el burka, etc., no son en modo alguno una manifestación de la cultura islámica. Son simplemente las cadenas con las que los creyentes musulmanes son avasallados por sus líderes más retrógrados que imponen, a día de hoy, el miedo y el horror a su antojo en algunos países, como en nombre de un Dios cristiano se impuso el terror en la  Europa en la Edad Media a golpe de sangre, torturas y fuego.

En mi primer viaje al Sáhara, con otros tres gallegos, entre ellos 
(primero por la izquiereda) Moncho Lemos de TVG (abril, 2003).

Conozco como turista muchos países musulmanes. He visitado por distintos motivos Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Arabia Saudí y Yemen. Pero, insisto, en calidad de turista. Sin embargo, tuve la inmensa suerte de poder convivir en dos ocasiones con familias musulmanas. Fue en abril de 2003 y en octubre de 2005, en el Sáhara. Concretamente en Tindouf (Argelia), en dos campamentos de refugiados saharauis a los cuales habíamos acudido un grupo de cineastas españoles para llevar nuestras películas y un poco de alegría y distracción al más árido de los desiertos, además de toda la ayuda económica que podíamos. Recuerdo que, por mi parte, conseguí una ayuda de 6.000 euros en material escolar para entregar a las escuelas de los campamentos, donados por la Xunta de Galicia —en concreto, por el desaparecido Consorcio Audiovisual de Galicia— con la excusa de impartir un taller de animación a los niños saharauis.

En mi segundo viaje, para impartir un taller de animación infantil, 
con Amaia, Beatriz y Esther (octubre, 2005),

En ambas ocasiones me alojé en sus humildes jaimas (tiendas del desierto) y en ambas ocasiones pude comprobar su enorme hospitalidad. Iba con mucho miedo, por si allí nos encontrábamos con esa intransigencia radical de la que tanto había oído hablar. Pero lo que encontré fue una gente generosa, hospitalaria, piadosa, tolerante, devota en sus creencias pero respetuosa con las de los demás y con nuestros símbolos y nuestras costumbres, donde no maltrataban a las mujeres —antes bien, parecía un matriarcado o, al menos, en casa mandaban ellas—, donde las chicas, que llevaban su velo islámico cubriéndoles la cabeza, como es su costumbre, o se pintaban con henna sus símbolos (no muy distintos a los tatuajes que puede lucir también cualquier hombre o mujer occidentales), respetaban a las mujeres europeas con sus piernas y hombros al descubierto, y hasta nos sacaban a bailar por la noche después de una sobria y frugal cena al son de su pegadiza música árabe (si me apuráis, hasta diría que alguna me tiró los trastos).

Después de la cena, llegaba el baile. ¡Y había que bailar! Ya lo creo...

Reconozco que a nosotros nos resultaba gracioso ver a los hombres con sus chilabas y turbantes, también un símbolo idiosincrásico de su cultura. A ellos, por el contrario, les resultaba chocante ver a algunos jóvenes occidentales con sus pantalones de potra baja que dejaban sus gayumbos de colores a la vista. Pero no les molestaba, antes bien, se reían a mandíbula batiente mostrando sus más enormes y desdentadas sonrisas (a decir verdad, yo también me reía con ellos). Cuando por el día te fustigaba el sol abrasador del lugar, o por la noche te paralizaba el gélido frío del desierto, o, a todas horas, el viento te llenaba de arena los ojos, la boca y el pelo, comprendías la razón cultural de su vestimenta y pedías por favor que te regalasen un turbante y un manto —y las chicas un velo— para protegerte del calor, del frío y del polvo.

El desierto, maravilloso y terrible, es la causa real de gran parte de los símbolos culturales islámicos.

No, no es lo mismo cultura islámica que fundamentalismo, extremismo o intolerancia religiosa, en modo alguno.

Como una imagen vale más que mil palabras, os dejo a continuación una colección de fotos de ambos viajes para que valoréis por vosotros mismos todo lo que os estoy contando.

La hospitalidad del pueblo musulmán:

Amaia disfrutando del té de bienvenida (octubre, 2005)

La comida a base de cuscús, arroces o pastas y, los días de fiesta, pollo o camello (abril, 2003)

 
De lo poco que tienen, todo lo ponen en la mesa para ti (octubre, 2005)

 La amabilidad y alegrías innatas:

La risa contagiosa de Calina (abril, 2003)

O la amabilidad de Fatimeta (octubre, 2005)
La generosidad:

 Con el donativo en efectivo que dejamos, se gastaron una parte en comprarme 
un traje de los de "las fiestas" (abril, 2003)

Al poco de llegar, todas mis compañeras tenía su velo de gala (octubre, 2005)

Su tolerancia:

Poco les importaban nuestros símbolos o si vestíamos o no 
como su cultura considera adecuado (octubre, 2005)

Sus duras condiciones de vida:









Su futuro:











¿Hay alguien que todavía piense que musulmán y terrorista es lo mismo? Gracias por distinguir.