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viernes, 22 de septiembre de 2017

1.TALLER DE GUION «La escalera de papel». Primer peldaño: LA IDEA (1)

Bienvenidos a este taller de guion online que pretendo desarrollar durante las próximas semanas subiendo una entrada cada viernes. Antes de empezar a escribir, vamos a hablar un poco de la procrastinación y del mundo de las ideas y su inspiración.

Preámbulo: ¿Cómo evitar la procrastinación?

Muy sencillo: trabajando por etapas. Existe una explicación científica para que resulte más fácil emprender un gran viaje dividiéndolo por etapas y no del tirón. Muy resumida y burdamente hablando, el córtex prefrontal de nuestro cerebro, alojado más o menos detrás de la frente, es el lugar donde se organizan nuestras ideas y proyectos —exactamente igual que, por cierto, nos contaba la película de animación “Del revés” (Inside Out, Peter Docter, 2015)—. Pero es el sistema límbico, escondido en lo más profundo del centro de nuestro cerebro, quien libera, entre otros neurotransmisores, la dopamina u “hormona de la felicidad”, una gratificación o premio que se produce con cada pequeña tarea concluida a corto plazo y que es la culpable de todas nuestras distracciones en las tareas a medio y largo plazo. La dopamina, que es adictiva, es la responsable de que continuamente nos distraigamos con los likes de Facebook, los tuits de Twitter, el mail de nuestra pareja, la llamada del amigo para ir a tomar unas cañas, aquel vermú, este café, esa mala costumbre del pitillo, la victoria de nuestro equipo el domingo, el reintegro de la Bonoloto el jueves, un poquitín de sexo el sábado, etc. Como veis, casi todas faenas u ocupaciones a corto plazo. Pero tener que esperar semanas, meses o incluso años, para ver finalizado nuestro guion, estrenada nuestra película, escrita nuestra novela, pintado nuestro cuadro, compuesta nuestra ópera, tallada nuestra escultura o construida nuestra catedral o puente colgante, y recibir con ello nuestra buena dosis de dopamina, es un ejercicio muy poco gratificante a corto. A no ser, claro, que dividamos nuestra tarea en breves etapas, en jornadas de trabajo o medias jornadas, tal vez un par de horas u ocho, o dos páginas de escritura, o diez, o mil caracteres, o diez mil, da igual. Lo importante es trabajar dando pequeños pasos que podamos alcanzar y concluir con cierta inmediatez para que, al final de cada etapa, recibamos nuestro chute de gratificante dopamina y nos podamos sentir recompensados y ello nos anime a continuar el viaje al día siguiente, con otra tirada que nos haga avanzar otra casilla en este particular juego de la oca.

De esta forma, por etapas, además de ir completando ordenadamente nuestro cometido, conseguiremos divertirnos porque, creedme, el verdadero placer del guionista no es terminar el guion, sino disfrutar de su escritura, jugando un poco cada día. Personalmente, el día que por otras ocupaciones no puedo escribir, aunque haya realizado un montón de tareas, tengo la sensación de que ha sido un día perdido. Por eso, es importante ir adquiriendo el hábito de escribir a diario, aunque solo sea una línea. Parafraseando a Plinio, el Viejo:

NULLA DIES SINE LINEA

Escribir debe convertirse en nuestro "juego favorito".

Me viene al pelo el título de aquella comedia romántica y algo cursi, interpretada por Rock Hudson y Paula Prentiss, "Man's Favorite Sport?" (Su juego favorito, Howard Hawks, 1964) para explicar que el secreto está en convertir nuestro oficio en nuestro deporte o juego favorito.

Desde que descubrí de forma autodidacta este secreto nunca he dejado de jugar. Sí, para mí, escribir ha de plantearse siempre como un juego, teniendo en cuenta el siguiente parangón:

ESCRIBIR = FANTASEAR = JUGAR

Del verbo latino jocare (bromear) derivan otros verbos románicos que designan diversión como: ludere (jugar), sonare (tocar) y agere (representar). El castellano y catalán, así como el  gallego (xogar, soar y representar), el portugués (jogar, tocar, representar) o el italiano (giocare, suonare y recitare), distingue entre estas tres actividades lúdicas. Sin embargo, en las lenguas derivadas de sustratos germánicos no se efectúa esta disociación y así el francés jouer, el inglés to play y el alemán spielen, presentan la misma polisemia (cuyo origen se desconoce) y significan indistintamente jugar, tocar un instrumento o representar una obra.

Esta raíz semántica común tiene su explicación racional ya que imaginar, crear, inventar, descubrir, idear y, en definitiva, soñar —despiertos— ¿qué es, sino un juego?

De la misma forma que los niños juegan a ser adultos, los adultos “jugamos” en la mayoría de los casos a huir de la realidad, a realizar deseos insatisfechos, es decir, fantaseamos. Según Freud, «la fantasía es la corrección de la realidad insatisfecha» o, postulado de otra forma, fantaseamos para ser felices y satisfacer nuestros anhelos. Por lo tanto:

LA FANTASÍA SERÁ LA MATERIA PRIMA DE NUESTROS GUIONES

Decía Shakespeare, por boca de Próspero en “La tempestad”, que «estamos hechos de la misma materia de los sueños», de esa misma materia de la que también estaba fabricado “El Halcón Maltés” (The Maltese Falcon, John Huston, 1941). Desde luego, de esa materia prima están hechos los mitos o sueños seculares, «vestigios distorsionados de fantasías, plenas de deseo, de naciones enteras», como dijo el guionista brasileño Doc Comparato.

Escribir, en tanto que fantasear, será siempre un juego divertido —como montar un rompecabezas o jugar a la oca, al parchís o al ajedrez, por ejemplo— con unas reglas y pautas que debemos dominar para poder consumar con acierto la charada o farsa.

Con este taller, basado únicamente en mi propia experiencia, pretendo tan sólo mostrar alguna de las rutas que nos faciliten la llegada a la meta —escribir un guion— salvando distintas etapas que he dividido en tres grandes bloques:

1. Aprender técnicas para crear y generar ideas.
2.     Desarrollar y estructurar nuestras ideas en un guion.
3.  Presentar, vender y comercializar nuestros guiones.

De modo que ¡a jugar tocan! Y el primer juego consistirá en subir la escalera de papel de diez peldaños que da título al taller. Y, por favor, sin saltarse ninguno (porque, de hacerlo, podríamos dar un traspiés, caer y tener que volver a empezar):

                                                                                                                       10. La venta del guion.
9. El guion final
8. El diálogo
7. Los personajes
6. El tratamiento
5. La escaleta
4. La estructura
3. La sinopsis
2. La síntesis
1. La idea

Y, sobre todo, recreaos en el ascenso porque lo importante de subir una escalera no es llegar al piso de arriba, sino disfrutar de cada peldaño, regocijarnos en cada escalón como si fuera el último. Cada vez que iniciéis una nueva historia, lo que menos desearéis es que se termine. Porque la verdadera meta no es el final, sino hacer el camino. Subamos al primer escalón.

Primer peldaño: LA IDEA.



CORDELIA: Nothing, my lord.

KING LEAR: Nothing!

CORDELIA: Nothing.

KING LEAR: Nothing will come of nothing.

(William Shakespeare, King Lear)











La primera máxima que debéis tener clara:

DE LA NADA, NADA SE OBTIENE

Existe una llamada Ley de la Compensación cuyo primer postulado podría ser la sentencia con la que Lear regaña a su hija: «Nada saldrá de nada». Muy cierto. Esto es una verdad indiscutible porque, aunque la primera acepción de la palabra “crear”, según el diccionario de la Real Academia, es “producir algo de la nada”, esta supuesta facultad milagrosa se emplea solo en sentido figurado ya que únicamente a un hipotético Dios Creador le está reservada dicha capacidad. Nosotros, pobres “creadores” mortales, estamos obligados a producir nuestras obras e ideas partiendo siempre de una primigenia materia prima que hará saltar la chispa de nuestra imaginación.

En realidad, para ser estrictos, debiéramos denominarnos RECREADORES, porque eso es exactamente lo que hacemos: recreamos historias de ficción a partir de pequeñas realidades conocidas.

El ejemplo más gráfico que he leído al respecto —con permiso de Platón y su Teoría de las Ideas, de la que hablaré en otra ocasión— era el expuesto por Enrique Vila-Matas como la paradoja del biombo en el que trataba de explicar la vida real y la ficción como dos espacios de la misma habitación separados por un bastidor. Ciertamente, esos espacios son ficticios porque la habitación es solo una, la misma para ambos. Somos los recreadores los que colocamos en el medio de la estancia el biombo y jugamos a disfrazarnos detrás del mismo para salir a interpretar a continuación un personaje. Escribir, aunque sea sobre personajes y hechos ficticios, producto de nuestra imaginación, supone siempre inventar alterando una realidad que hemos vivido o conocemos. Y lo contrario también sirve: escribir basándose en vidas y protagonistas reales, supone igualmente inventar en alguna medida.

En principio y mientras nadie me demuestre lo contrario:

CUALQUIER IDEA ES VÁLIDA PARA CONSTRUIR UNA HISTORIA

Tan solo (y nada menos) hay que trabajarla adecuadamente. Estudios neurológicos aseguran que cada ser humano tiene alrededor de entre 50 y 60.000 pensamientos al cabo del día. ¿Pero cuántos de esos son susceptibles de convertirse en ideas? El filósofo y físico inglés Robert-Hooke (1635-1703) estimó que la mente era capaz a lo largo de una vida media de pensar 3.155.760.000 ideas distintas. Pero ¡se quedó corto! Según ha publicado recientemente la revista New Scientist, una sola mente podría llegar a pensar la friolera de 10 elevado a 80 billones de ideas. Una cifra que, por lo visto, supera el número de átomos que hay en el universo. El cálculo se basa en la cantidad de neuronas que caben en el cerebro y las conexiones y combinaciones de todas ellas entre sí. ¡Apasionante e inabarcable!

De modo que, sí, ideas las tiene todo el mundo, pero muy pocos son los que conseguirán materializarlas. Porque, no nos engañemos, lo difícil es tener la perseverancia y voluntad para trabajar en ellas día tras día hasta darles la forma adecuada. Recordad que, como decía Beethoven, «el genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación». De hecho, estoy convencido de que el talento no es más que la suma de los conocimientos y experiencias adquiridos a lo largo de los años. Nadie, por lo tanto, puede dotarnos de talento, excepto nosotros mismos. Para conseguirlo tendremos que aprender a vivir cada día. Pero sí podemos aprender ciertas técnicas —como las que yo utilizo— para facilitar nuestro trabajo.

Empecemos, pues, por las ideas, dejando claro que todas estas metodologías sirven no solo como punto de partida para la generación de argumentos que den lugar a obras enteras (guiones en nuestro caso), sino también —cuando ya tenemos nuestro guion en marcha— con la función de concebir buenas ideas para salir de atolladeros o bloqueos, para incentivar la falta de inspiración o para escribir una secuencia original, un diálogo único, un punto de vista distinto, etc.

¿Dónde buscar esa materia prima generadora de ideas? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Dónde extraerla del lugar en donde se oculta? En definitiva, ¿de dónde surgen las ideas? ¿Cómo evitar el pánico a la página en blanco?

Respondiendo primero a la última pregunta —por cierto, una de las cuestiones que siempre me plantean los alumnos en mis clases o talleres— siempre contesto que,

PARA VENCER EL MIEDO A LA PÁGINA EN BLANCO,
EMPEZAD A ESCRIBIR EN UNA QUE YA TENGA ALGO REDACTADO.

De Perogrullo, ¿verdad? Veréis, cuando comenzaba en este oficio, yo utilizaba esa argucia: si quería escribir una secuencia de enredo, pongo por caso, buscaba un referente en alguna película clásica del mismo género —ya lo dice la R.A.E.: clásico, «que se tiene por modelo digno de imitación»—, algo tipo Howard Hawks, Ernst Lubitsch, o tal vez Blake Edwards o Peter Bogdanovich, por ejemplo, y copiaba directamente el comienzo. A partir de ahí, trataba de continuar con mi relato hilando el principio “prestado” con mi propia historia. Aquello hacía que mi inventiva se activase porque el truco funcionaba como un canal de riego para la sequía narrativa. Una vez que ya alcanzaba la plena efervescencia imaginativa, volvía hacia atrás y reescribía totalmente el principio. No os olvidéis de hacerlo, claro, porque el plagio no está tan bien visto en la actualidad como en la Inglaterra isabelina (o, si no, al menos dadle una vuelta para que la cosa se quede en un homenaje).

El truco funciona porque la creatividad actúa en el cerebro como si se tratase de un pequeño músculo. Si se le entrena y se le provocan estímulos, reacciona. Me gusta visualizar que las ideas están almacenadas en algún oscuro ángulo de nuestro cerebro, en donde se van apilando de forma inconsciente a medida que surgen, y tan solo hay que conseguir hallarlas y desplazarlas hasta la luz. O sea, al córtex prefrontal.

Por lo demás, las ideas están en todas partes o, dicho de forma más sabia; «el objeto más trivial produce inspiraciones sublimes» (Gustave Flaubert). Pero sin duda ayuda mucho a encontrar la inspiración el tener un método de trabajo ordenado. Al principio cuesta un poco, pero con algo de fuerza de voluntad y disciplina se puede ir adquiriendo el hábito de escribir todos los días, las mismas horas y, si es posible, el mismo número de horas y en el mismo sitio, nuestro rincón. Crear este ambiente nos ayudará a encontrar la inspiración para nuestro trabajo.

Los autores de la Grecia clásica creían que las ideas se las inspiraban las musas. Perfecto. Pero a las musas también hay que buscarlas porque no nacen por generación espontánea o, como muy inteligentemente señaló Picasso, «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando».

Por cierto, como los pintores, el cuaderno de ideas o bocetos, es un instrumento de trabajo esencial para el guionista y escritor. Las ideas nos sorprenderán en cualquier momento o lugar pero son tan etéreas que, si no las registramos, acabaremos por olvidarlas y al cabo de cinco minutos tan solo recordaremos que tuvimos una idea. Cualquier método vale, desde la clásica libretita de alambre a la sofisticada Moleskine, o incluso alguna aplicación de notas para móvil o tableta electrónica. Si sois conductores, os recomiendo también llevar una grabadora a mano en el coche porque al volante, especialmente en los trayectos cotidianos que solemos hacer a menudo, se nos ocurrirán muchas buenas ideas y no es plan que nos juguemos la vida tratando de escribirlas en una libreta o móvil mientras conducimos.

En los años cincuenta, el guionista Lewis Herman confeccionó un Cuadro de Ideas —o musas— que me inspiró para encontrar las mías. A equivalencia de las canónicas, mis musas también son nueve, a saber:

Calíope, la elocuencia del encargo.
Clío, la historia retrospectiva.
Erató, la poesía de los mitos.
Euterpe, la música del costumbrismo.
Melpómene, la tragedia de los sucesos.
Polimnia, el sagrado canto de la adaptación.
Talía, la comedia de los sentidos.
Terpsícore, la danza de las modas.
Urania, la ciencia de la inducción.

Os las iré presentado una a una en las siguientes entradas semanales. Hasta entonces, os dejo abajo una primera propuesta de ejercicios. ¡Sed felices!

Propuesta de ejercicios:

En vuestro cuaderno de ideas —que si no tenéis aún ya estáis yendo a comprar— escribid las respuestas a las siguientes preguntas: ¿Por qué quiero escribir? ¿Para qué? ¿Sobre qué? Es importante que verbalicéis por escrito las respuestas, no solo las penséis, porque vuestro trabajo a partir de ahora va a consistir precisamente en eso: en poner por escrito vuestras ideas. Id entrenando.

domingo, 6 de agosto de 2017

¡GRACIAS, XOCIVIGA!


El pasado viernes tuve el honor de recibir el premio de Honra de XOCIVIGA, las Xornadas de Cine e Video de Galicia, que desde hace 33 años se vienen celebrando regularmente en O Carballiño. Antes de nada, quiero agradecer, una vez más, al jurado que me concedió el galardón no solo el premio en sí mismo, que también, sino el simple hecho de haber pensado en mí como merecedor de él. Gracias igualmente a todos los que hacen posible las Xociviga: el Concello do Carballiño, la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia, a través de su Secretaría de Cultura, además de la AGADIC y la Diputación de Ourense, así como a todos los patrocinadores y miembros de la organización.
Es de todos sabido que, cuando te dan un premio de honor, no lo hacen por ninguna obra en concreto, sino que tratan premian todo el conjunto de tu trayectoria profesional, que en mi caso es un totum revolutum de padre y muy señor mío. Tengo que decir que, días atrás, cuando recibí la llamada del alcalde de O Carballiño, Francisco Fumega, para comunicarme la decisión del jurado, yo todavía me consideraba a mis 54 años un “joven prometedor”. Pero he de decir que, al colgar el teléfono y sin solución de continuidad, me sentí ya como una “vieja gloria”. Quizá no tanto como Gloria Swanson en "Sunset Boulevard" (Billy Wilder, 1950), pero casi como Erich von Stroheim en su papel de servicial mayordomo de la diva. No sé. Lo que sí sé es que no hay (no hubo) término medio. Y es que un premio así te hace reflexionar acerca de lo que ha sido tu vida, al menos tu vida profesional, hasta el presente. 
Una vida con un solo deseo que surge, ¡madre mía!, hace más de medio siglo. Porque me enamoré del cine cuando, con menos de cuatro años, siendo aún hijo único y viviendo en Lariño —el pueblo de mi abuela en el ayuntamiento de Carnota—, mi madre, con Agustín y sus hermanas, me llevaban de la mano al salón-teatro de Muros o a Lira, donde los fines de semana pasaban pelis de vaqueros o romanos. Y también bélicas ambientadas en la II Guerra Mundial, donde los ejércitos aliados, en los que curiosamente todos sus soldados hablaban un perfecto castellano, luchaban contra los malísimos nazis que siempre hablaban alemán (sin subtítulos ni nada), aunque reír se reían también en castellano, cosa que de niño me parecía prodigiosa y que me hizo concluir, no sin asombro, que la risa debía ser virtud muy internacional y patrimonio común a todos los pueblos.
Ya de vuelta a mi ciudad natal y nacida mi hermana Susana, mi madre me dejaba muchas tardes en el desaparecido cine Coruña, mientras ella paseaba el carrito de la recién alumbrada por el centro de la ciudad. ¡Muchas películas disfruté gracias a esos paseos materno filiales!, entre ellas, la primera cuyo título recuerdo: "El justiciero de Kansas", un western europeo (coproducción germano-yugoslava), popurrí de todos los tópicos del cine del oeste habidos y por haber, que protagonizaba Stewart Granger. También pude por aquella época disfrutar de los programas dobles de los cines de barrio —como el Alfonso Molina, el Finisterre, el Rex, etc.— que incluían desde comedias de los hermanos Marx o de ese francés hijo de gallega llamado Louis de Funès, a más vaqueradas y péplums rodados en España e Italia. Daba igual lo que echaran, la cuestión era «ir al cine», entrar en su interior, sentarse en una butaca, esperar a que se apagaran las luces y maravillarse con el milagro de aquellas imágenes en movimiento transportadas a una inmensa pantalla a través de un haz de luz proyectado desde el fondo del local. Tanto más cuanto que, por aquel entonces, en casa no teníamos televisor.
Pocos años después, cuando ya fui consciente de la existencia de una cartelera en donde se podía elegir previamente la película que querías ver, di el salto a los clásicos —aunque yo aún no sabía que lo eran—, siempre que fuesen «toleradas», que así se denominaban entonces las películas clasificadas para todos los públicos. Especialmente revelador para mí fue descubrir el cine de mi admirado John Ford, pero antes que a él, a su alter ego en la pantalla: John Wayne. Sí, lo tuve claro: de mayor quería ser John Wayne, feo, fuerte y formal. Y, por extensión, quería ser actor, cualquier actor, porque lo que me apetecía era contar historias y no fue hasta la adolescencia cuando descubrí que las historias no las contaban los actores y actrices (o no solo), sino sobre todo unos tipos que estaba detrás de las cámaras (cuando aprendí que había también cámaras) que narraban las ideas que con anterioridad otros tipos ponían negro sobre blanco en el papel.
Me enamoré del cine, en definitiva, como Salvatore “Toto” se enamoró en el Nuevo Cinema Paradiso viendo las películas en celuloide que proyectaba en aquella sala el viejo Alfredo. O, más cerca de aquí, concretamente en Forcarei, de la misma forma que se enamoró el aún niño Chano Piñeiro en el viejo cine Colón, donde oficiaba de proyeccionista el señor Barreiro. ¿Me pregunto ahora cuántas personas se habrán enamorado del cine en las proyecciones que desde hace más de tres décadas se vienen haciendo anualmente en las Xociviga? Seguramente muchas. Por eso es tan importante este premio para mí. No solo porque me siento muy unido a O Carballiño, por los muchos amigos que allí he hecho —especialmente Miguel Anxo Fernández, que generosamente me ha regalado su más sincera y sólida amistad, aprecio, confianza y complicidad a lo largo de casi treinta años—, sino porque mantener vivas jornadas como estas es de vital importancia para educar a las nuevas generaciones. Sobre todo en esta época en la que han desaparecido prácticamente todas las salas de cine de las villas y pueblos de pocos habitantes y tan solo se mantienen las salas de las ciudades, casi todas en multicines de grandes superficies comerciales.
Hoy, en un mundo donde parece que ya no hay lugar para Cinemas Paradiso, ni cines como el Coruña, el Colón o cualquiera de los anteriormente mencionados, es más importante que nunca mantener activas iniciativas como las Xociviga. Lo ideal sería además extenderlas a todas las ciudades, pueblos, villas y aldeas del país para poner la experiencia de ver cine, exhibido en su templo sagrado, al alcance de todo el mundo, aunque solo sea durante una semana al año. Porque películas (y series) se pueden ver en el televisor de casa, ya lo sé, o incluso en el ordenador o en el móvil. Pero enamorarse hasta las cachas del CINE, con mayúsculas, solo se puede experimentar en una sala acondicionada para ello: la sala del cinematógrafo donde, como en cualquier otra religión, puedas adorar a tus dioses rindiéndoles la pleitesía que se merecen. Estoy seguro que de ahí, no solo saldrán los y las mejores profesionales del futuro, sino, lo que es más importante, también los buenos espectadores del mañana. Porque, de la misma manera que para gozar de la buena literatura antes alguien tiene que enseñarte a leer, para disfrutar de una buena película, antes tienes que aprender la forma más adecuada de verla.
Solo cuando te enamoras del cine con esa pasión, eres capaz de todo por conseguir «hacer cine». Y esa fue mi meta desde niño. No se trataba solo de dirigir —fijaos bien que no digo ser director, que una cosa es querer ser director y otra bien distinta querer dirigir— sino «hacer cine», que creo que es lo que he hecho o intentado desde que he tenido uso de razón, convirtiéndome, ya de adulto y por este orden, en dibujante de story-boards, ayudante de decoración, director artístico, guionista, director, montador, productor, productor ejecutivo y hasta ocasional “actor” —lo digo con la boca pequeña, ¡ay!—, feo, fuerte y formal, con frase en alguna producción.
Insisto, no puedo estar más ilusionado y agradecido por este premio. Pero el mérito no es mío. Porque ¿qué mérito puede tener alguien que solo hace lo que le gusta? ¿Qué mérito posee la persona cuyo oficio le permite conocer tanta gente y tan variopinta o desarrollar tantas y tan variadas disciplinas? ¿Cuál es el valor de aquel cuya profesión le posibilita viajar a tantos festivales y mercados, conociendo distintas culturas, lenguas, personas e idiosincrasias, enriqueciendo de esa manera su vida? Y, sobre todo, ¿en dónde reside el merecimiento de quien ha sido obsequiado con el privilegio de vivir en una sola existencia tantas vidas distintas como historias sea capaz de imaginar? Ha sido un honor recibir este premio en el marco y contexto de estas jornadas tan llenas de amor al cine. Nunca las dejéis morir. Nunca dejéis morir el cine, el cine en sala, el de verdad, el “theatrical”, como lo llaman los americanos.
Esto trae a mi memoria el día que constaté que había cruzado el punto de no retorno de mi vida profesional. Sucedió un par de años después del estreno de mi primer largometraje, “El bosque animado”. Era el año 2003 y se celebraba el primer Fisahara, Festival Internacional de Cine del Sahara, en los campos de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia. Me invitaron a participar con “El bosque animado” y allí me fui, al campamento de Smara, para convivir con una familia saharaui que me acogió en su humilde haima como si fuese un miembro más de la prole. En el desierto tampoco había salas de cine, ni televisores, ni radios, ni internet, ni cobertura para telefonía móvil. La organización llevó hasta allí un proyector de 35 mm y una gran pantalla que se instaló al aire libre. Las proyecciones comenzaban al anochecer, sobre las seis de la tarde, cuando el sol se ponía y las únicas luces eran las provenientes del centelleo de miles de estrellas sobre el desierto. Para el pase de “El bosque animado” aparecieron tres mil niños procedentes de los campamentos cercanos que, sentado sobre la arena del desierto, provocaban un impresionante barullo con su griterío y bullicio. Pero, nada más comenzar la película, se hizo un silencio sobrecogedor. Todos aquellos niños fueron abducidos por las imágenes de la pantalla en una singular catarsis milagrosa que me recordó a la que yo mismo había experimentado en mi infancia. Muchos de ellos, los más pequeños que habían nacido allí y todavía no habían tenido nunca la oportunidad de salir de aquel arenal y, por lo tanto, jamás habían visto imágenes en movimiento, se quedaron fascinados, con sus grandes ojos negros absortos en la pantalla.
Al final, por votación mayoritaria del jurado formado íntegramente por saharauis del lugar, nos dieron el primer premio del festival, la «Rosa del Desierto». Pero el auténtico premio fue haber llevado el cine al desierto, la sala más grande en donde jamás he visto una película. Creedme, no hay premio como ese. Excepto, quizás, que tus amigos te den un premio de honor en tu casa.
¡Larga vida a las Xociviga! ¡Larga vida al cine! Sed felices ;)
O Carballiño, 4 de agosto de 2017. [Fotos de Aldara Pagán]


domingo, 30 de julio de 2017

¡Es la guerra! ¡Más madera!


La semana pasada recibí un mensaje desde un número desconocido cuya cabecera decía: «Posiciones vencidas». Al principio me alarmé mucho porque estos días estoy leyendo el libro de Lorenzo Silva titulado “Recordarán tu nombre”, biografía del general Aranguren, militar gallego de la Guardia Civil leal a la República, y me hallaba en aquel momento saboreando los capítulos correspondientes a los años anteriores a la contienda española, inmerso en plena guerra de África, concretamente en el desembarco franco-español de Alhucemas —franco porque participó la armada francesa, no por el otro de Ferrol (aunque también andaba por allí en sus años mozos de coronel, cuando no tenía quien le escribiese)—. ¡Alhucemas! ¡Ríete tú de Normandía o Dunkerque! Qué buen material para una superproducción si hubiera buen cineasta y aun mejor industria. El caso es que aquel brevísimo aviso me pareció un extracto más propio de un parte de guerra que anuncio comercial. «¿Posiciones vencidas? ¿Habrá estallado la guerra y yo no me he enterado?», fueron las primeras preguntas que me hice (sin haber reflexionado mucho, lo reconozco). Como disculpa he de decir que, a mi juicio, la situación actual de la política española no difiere mucho de la de entonces y tiene evidentes puntos en común con aquellos convulsos años que van desde la dictadura de Primo de Rivera hasta el final de la Guerra Civil, pasando por la República. «¡Que Dios nos pille confesados!», pensé. Lo primero que hice fue abrir mi Twitter. Si hubiera estallado un conflicto bélico, especulé sagazmente, habría ya miles de chistes y memes, interpuestos por centenares de preclaras mentes tuiteras, circulando por las redes para solaz del vulgo, con un Mariano “Lerroux” Rajoy, ataviado de mariscal de campo, intentando meter en cintura a Carles “Companys” Puigdemont, mientras este declara por enésima vez la República Catalana, ante las protestas de Pedro “Largo Caballero” Sánchez, las bravatas de Pablo “Buenaventura Durruti” Iglesias y el aplauso de Albert “Gil Robles” Rivera. Pero no, nadie hacía mención a tal acontecimiento. Pena, hubieran conseguido ser trending topic.

De modo que, temblando por vergüenza más que por miedo, abrí el mensaje para leer el resto de su contenido, temiéndome que la frase continuase con una arenga parecida a: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo…» O el ejército azul. O morado, o naranja, o verde, o rosa fucsia, que para gustos se pintan colores, vaya que sí. Nada más alejado. La frase continuaba con una enigmática proposición: «Le agradecemos que pase por su oficina a la mayor brevedad posible». Aquello en vez de tranquilizarme me perturbó mucho más. ¿Qué podría ser lo que ha sucedido en mi oficina, sin que yo me haya enterado, para que se me conmine con esa urgencia a pasar por ella? ¿La habrían bombardeado con misiles de crucero? ¿Gaseado con gas mostaza? Llamé a María, mi socia, porque ella pasa mucho más tiempo en la oficina que yo, que suelo trabajar en el despacho que tengo habilitado en casa. Pero no la localicé en ese momento, de modo que, obediente como soy, me subí al coche y puse rumbo a la oficina, ojo avizor por si me seguía algún dron militar. Al llegar, comprobé que seguía en pie, que todo estaba en orden y nada anormal había sucedido.

En ese preciso instante, sonó mi teléfono móvil. En la pantalla podía leerse “Desconocido”. De nuevo me eché a temblar pensando cuánto daño nos habían hecho el gran Dani de la Torre y Vaca Films con su película. Desde que Spielberg filmó “Tiburón” y todos los niños que en los setenta éramos dejamos de bañarnos en la playa más allá del límite del meyba, a mitad del muslamen, no hay nada que me dé más pavor que contestar a un desconocido en el teléfono móvil. Empero, atendí la llamada. Fue, sin embargo, una desconocida la que, con voz recia de sargento interino (o mejor, de brigada, que le sería más propio por ser también sustantivo femenino), después de saludarme, me preguntó muy briosamente si había recibido un mensaje informándome de mis posiciones vencidas. ¡Otra vez aquel enigma bélico! La situación comenzaba a tener tintes de espionaje, o tal vez contraespionaje, ¡vete tú a saber!, que yo nunca me aclaro en las pelis de espías y las más sencillas me parecen escritas por Ingmar Bergman. Le iba a responder que sí, pero en vez de eso me salió del alma, en tono muy marcial, un «¡Afirmativo!». No sé, suena tonto, pero me pareció que esta expresión era más castrense. No sea el demonio que, aunque hace tiempo que no estoy en edad de reclutamiento, aquella conversación fuera el inicio de una movilización general de reservistas. Por si acaso, intenté recordar en dónde habría guardado mi cartilla militar. Hice la mili en la 42ª Compañía de Policía Militar de Barcelona, en el Cuartel del Bruch de Pedralbes, pero realmente yo estaba adscrito al Regimiento de Infantería “Jaén 25” y, cuando me dieron la blanca al licenciarme —con la consabida calificación, diplomática y sutil donde las haya, de: «valor, se le supone»—, quedé en la reserva destinado al Regimiento de Infantería “Zamora 8” con base en Ourense. Aunque, que yo sepa, hace más de 25 años que lo han desmantelado. Al mismo tiempo, y a falta del Credo, comencé a repasar mentalmente el himno de infantería, porque nunca se sabe dónde habrá que arrancarse por bulerías: «Ardor guerrero vibra en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón…». Conseguí recitar interiormente la primera estrofa completa, aprendida a sangre y fuego en mi Servicio Militar, aunque creo que cambié algo la melodía y me quedó un poco a ritmo de guajira.

Viéndome ya vestido de caqui, el casco calado en la cabeza hasta las cejas, con el barboquejo ajustado al mentón y el cetme echado a la chepa, la mujer me explicó que llamaba del banco con el que tenía formalizada mi hipoteca y que, habiendo cargado la cuota mensual de la misma, el saldo acreedor de mi cuenta no había podido satisfacer completamente el monto deudor del recibo. Tardé unos larguísimos segundos en destrincar el mensaje encriptado —tengo una disfunción lateral y con acreedor y deudor me pasa lo mismo que con babor y estribor, siempre me hago un lío y dudo—, pero al final lo descifré. A continuación, me informó también que debía pasarme por mi oficina —en realidad, “su oficina”, no sé a qué ese empeño de adjudicarme su propiedad— para regularizar los importes vencidos no satisfechos. «A la orden de vuecencia», pensé disciplinado, ascendiéndola directamente de simple brigada a general de ídem, todavía embutido en mi ensoñación bélica. No quise mentar en ese momento que a ver cuándo me devolvía el banco a mí los importes vencidos cobrados ilegalmente por la dichosa cláusula suelo que me endiñaron en su día por la retaguardia sin vaselina ni nada, más los gastos de formalización irregulares y sus correspondientes intereses, no fuera que la liásemos. Para qué echar más leña al fuego, ya se encargarán los abogados.

Todo había quedado claro: no había estallado la guerra. Nada de eso, ¡qué va! Se trataba tan solo de la batalla diaria en la que combatimos la mayoría de los mortales, especialmente los mortales autónomos. O sea, buscarnos la vida en una guerra de guerrillas para poder liquidar nuestros compromisos, nuestros impuestos, nuestras deudas adquiridas, el agua, la luz, el gas, el teléfono, comportándonos como buenos soldados, dispuestos a batirse en las trincheras dando lo mejor de su vida por la patria —o por las muchas patrias y matrias nutricias a las que ahora estamos sojuzgados—, con ese supuesto valor que se nos presume, derramando sangre, sudor y lágrimas, como dijo el otro, para que el país funcione medianamente, mientras nuestros generales dirigen cómodamente la contienda desde sus despachos, sus palacios y sus gabinetes de mando, cuando no están divirtiéndose con sus tontadas encaminadas a dilucidar, mientras «cantan aguerridos como urogallos en marzo» (enciclopedia Álvarez  dixit), si esto es una nación de naciones, una federación plurinacional, un estado de nacionalidades, un estado de la mente o una diarrea mental. En el fondo, lo de siempre. Una guerra como cualquier otra, donde también hay bajas, sobre todo entre los peones: muertos y lisiados de todo tipo. Pero sin que los gerifaltes de turno bajen al campo de batalla ni para declarar las hostilidades previas. Una guerra sin posible firma de armisticio, sin tratado de paz en perspectiva, ni treguas en festivos o fiestas de guardar.

A veces dan ganas de alistarse en la Legión. Por lo menos te dejan tener mascota, aunque sea una cabra. Siempre será mejor seguir a una cabra que a una panda de cabritos. ¡Sed felices! ;)

domingo, 23 de julio de 2017

¿Cómo lo haría Atticus?


Un día cualquiera de la semana pasada. Madrid, 8:00 de la mañana. Todavía poco tráfico rodado por las calles del barrio de Chamberí. Un cruce. Alcanzo el borde de la acera. Miro el semáforo que tengo enfrente: el muñequito verde de los peatones comienza a parpadear. Bueno, no sé si es muñequito, muñequita o pareja de muñequitos o muñequitas cogidos/as de la mano. O en bicicleta, porque ahora en Madrid hay señalética para todos los gustos, no sea que alguien se sienta humillado u ofendido por no reconocerse en el macaco indicativo del semáforo. No me fijo porque estoy atento a ver si viene algún coche. No hay ninguno en lontananza y estoy completamente seguro de que me da tiempo a cruzar antes de que se ponga en rojo. Me lanzo a la calzada, no muy ancha, que con mi buena zancada puedo rebasar en seis o siete pasos. Pero, no bien he puesto un pie en ella, de una de las bocacalles perpendiculares aparece a toda velocidad un minúsculo Smart que gira casi derrapando hacia donde yo estoy cruzando. Calculo que va a unos 70 u 80 km/h. Desde luego no a menos de 50, como manda la normativa. Incluso acelera antes de dar el giro —señal inequívoca de que se está saltando su semáforo en ámbar (el suyo se pondrá en rojo para él y en verde para los peatones cuando el mío se ponga en verde para los coches y en rojo para mí)—. Me pilla a medio cruzar y el tipo tiene que frenar en seco dejando el dibujo de sus neumáticos tatuado en el asfalto. Yo, que casi lo veo encima, también detengo mi paso en seco y me quedo paralizado y lívido en mitad de la calle con un susto que hace que la camisa no me llegue al cuerpo y la adrenalina me salga por las orejas. En esos segundos de indecisión en los que ambos nos hallamos parados, el muñequito de mi semáforo se ponen definitivamente en rojo. No digo nada, solo le lanzo al Fittipaldi una mirada como diciendo: «Por poco me pagas por bueno; o yo a ti, porque tu coche estampado contra mis noventa y pico kilos en canal tampoco resultaría muy bien parado». Pero el tipo del coche observa ceñudo que en ese momento el semáforo de los peatones está ya en rojo y me dispensa una sonora y larga pitada de claxon. Ya a punto de llegar a la acera, le vuelvo a mirar, de nuevo en silencio pero, como él, también con el semblante huraño, como preguntando: «¿Qué (coño) pasa?». Y el tipo asoma la cabeza por la ventanilla y me dice de viva voz: «¡Lo tienes en rojo, imbécil!». Entonces, con las vasopresinas bailando la muiñeira por mi lóbulo frontal, trato de guardar la compostura lo mejor que puedo y le explico: «Estaba en verde, se puso en rojo ahora». Pero el tipo no me escucha y, persistiendo en su zaherimiento, me espeta arrebatado: «¡Hijo de puta!». En ese preciso instante, más rojo yo que el muñequito, pero de ira, siento cómo una oleada de sangre me sube a la cabeza y hace naufragar mi raciocinio contra un iceberg de sinrazón. Mi córtex prefrontal, alojado en mi cerebro tras la frente, responsable de la lógica y el razonamiento, se pone en modo “off”, mientas mi sistema límbico, ubicado en lo más profundo del hipotálamo comienza a segregar chorros y chorros de dopamina perturbando mi capacidad de pensar fríamente. Sin que yo pueda evitarlo, me giro hacia él y, en un tono de voz tan elevado como el suyo, le suelto: «¿Tienes prisa por conocer a tu padre?» No me reconozco en la frase de mal gusto que acabo de vomitar, como si la hubiese dicho otro. Pero no, tristemente la he pronunciado yo, segurísimo. Los peatones que en ese momento están cerca nos miran sorprendidos como si estuvieran en el circo de los horrores viendo a la mujer barbuda o al hombre elefante. Dos machitos alfa, con exceso de testosterona, rugiéndose en mitad de la selva para marcar su territorio. El tipo sigue despotricando e insultándome. Obnubilado ya del todo, desando el camino y voy derecho hacia él con la clara intención de meterle mi pie del 46 en su bocaza del 15. Afortunadamente para él (y para mí), el tipo se acojona ante mi metro noventa y sale quemando rueda como si acabase de ver al mismísimo diablo mientras grita sus últimos improperios, mentando a todos mis muertos entre exabrupto y exabrupto. Sigo mi camino con la tensión por las nubes y mis pulsaciones por encima de cien. Poco a poco, el córtex prefrontal vuelve al modo “on” y pienso: «He estado a punto de perder el juicio y soltarle un sopapo a un tipo que no había visto en mi vida, con las consiguientes consecuencias desagradables para ambos» Sí, era un gilipollas de tomo y lomo. No tenía razón, y aunque la hubiese tenido y el semáforo estuviese en rojo (que no lo estaba cuando yo inicié el cruce), tampoco eso le da ningún derecho a insultarme. Pero, del mismo modo, el hecho de que sea un gilipollas integral y me haya insultado no me autoriza a mí a utilizar en modo alguno la violencia y vapulearlo. La violencia física solo puede tener justificación para defenderse de la violencia física, pero nunca de la verbal. Porque la violencia solo engendra más violencia. Aunque tampoco se trata de poner la otra mejilla, para eso hay que ser muy cristiano de Dios. Y en ese momento me sentía con más ganas de iniciar la décima Cruzada o una Guerra Santa que de perdonar a mis enemigos, esos, Señor, que no saben lo que hacen. Ya más sereno, me arrepiento de mi actitud, hago acto de contrición y propósito de la enmienda al tiempo que dicto para mis adentros: «Cuando me vuelva a pasar algo parecido, tengo que pensar cómo lo haría Atticus». Atticus Finch, por supuesto, el inolvidable abogado de “Matar un ruiseñor”, ejemplo de tolerancia, paciencia y anuencia donde los haya. Seguramente Atticus hubiese pensado que el tipo realmente llevaba auténtica prisa por algún tema urgente de su incumbencia, por lo que fuera: llegaba tarde al trabajo, su madre estaba enferma y le necesitaba, su mujer o su hijo habían tenido un accidente, no sé, qué más da. Atticus no especularía ni mucho menos prejuzgaría. Quizá ese apremio y nerviosismo le impidió ver su semáforo en ámbar. Tal vez tampoco vio el mío parpadeando en verde y solo miró cuando ya estaba en rojo, creyendo efectivamente que yo estaba cruzando de forma indebida. Es posible que Atticus siguiese su camino sin decir ni pío, como un ruiseñor, o puede que simplemente, con un trino de voz diáfana y apacible, dijese: «Disculpe, caballero, mi semáforo parpadeaba y pensé que me iba a dar tiempo a cruzar. Que tenga usted un buen día». Y santas pascuas, todos tan contentos, sin necesidad de dar un bochornoso espectáculo en mitad de la vía pública de buena mañana. Sin duda, ese sería el comportamiento de Atticus Finch. A partir de ahora, cuando note que las hormonas animales del homínido me nublen los sentidos de civilizado sapiens, procuraré acordarme de Atticus y, antes de responder, me preguntaré a mí mismo: «¿Cómo lo haría Atticus?». Todo esto lo pensé después mientras continuaba mi camino. Eso sí, todavía con unas irresistibles ganas de haberle metido una patada en los dientes al soplagaitas del Smart. Porque es muy fácil comportarse como un gilipollas, pero verdaderamente difícil ser un señor (o señora) del talante de Atticus Finch. Sed felices.