Sígueme en Facebook

viernes, 24 de junio de 2016

La escalera de papel. Los primeros pasos hacia el Goya.



«Mi primer contacto con las salas de cine se produjo a la edad de cuatro años. Mi madre me dejaba en el hoy desaparecido cine Coruña mientras ella aprovechaba para hacer compras en los almacenes Barros y Saldos Arias, en el centro de la ciudad herculina. Dado que en casa no entró un televisor hasta que cumplí los ocho, aquellas primeras películas con las que pasaba horas hipnotizado —y que después revivía al capricho de mi fantasía en la soledad de mi habitación, ya como protagonista y con unos cuantos amigos invisibles como secundarios—, fueron las únicas imágenes en movimiento que disfruté en mi más tierna niñez. No, no quería ser guionista o director (ni sabía qué era eso), a los ocho años solo quería ser John Wayne, feo, fuerte y formal. Embrujado ya por la magia del cine, recién cumplidos los 10 años cayó en mis manos una revista con un artículo sobre cine amateur en Súper-8 con el grandilocuente título de “Los primeros pasos hacia el Óscar”. Aquel pequeño manual de aprendiz de cineasta constituyó mi particular Cinema Paradiso, haciéndome soñar con plasmar en la pantalla grande las historias imaginadas en mis juegos infantiles. A los 12 años le “robé” el tomavistas Súper-8 a mi padre y me puse ya manos a la obra. Desde entonces hasta hoy he seguido jugando a contar historias. Si bien es cierto que aún no he conseguido el Oscar® que prometían aquellas páginas, las estanterías de mi casa exhiben numerosos premios internacionales entre los cuales hay tres Goya, máximo galardón del cine español, incluido el de Mejor Guion Adaptado que en el año 2012 me concedió la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas de España por la película “Arrugas” (Ignacio Ferreras, 2011). Es por ello que hoy me atrevo a publicar este libro, para contar mi experiencia, en la confianza de que servirá para facilitar el camino de otros guionistas, especialmente de aquellos que están empezando y aún no se han labrado una técnica propia (o, si no, al menos les servirá para descartar mi metodología y ahorrarles tiempo en la búsqueda de sus propias herramientas y destrezas inventivas). Pero sobre todo lo escribo con la esperanza de que provoque la misma ilusión y las mismas ganas de lanzarse a fabular historias a futuros guionistas, escritores y escribidores, como las que engendró en mí aquel promisorio artículo leído en mi ya muy lejana infancia.

He de confesar aquí que fui un niño muy fantasioso que se pasaba el día contando mentiras, pero no por necesidad, es decir, para librarme de algún castigo después de alguna trastada o fechoría infantil, sino por el simple placer de hacer la realidad cotidiana de aquella etapa pueril más interesante y extraordinaria. Sin saberlo aún, trataba ya entonces de llegar a la verdad a través de la ficción. Afortunadamente, con los años, el oficio de guionista me ha permitido canalizar aquella inocente tendencia a la farsa gracias a mantenerme ocupado diariamente en la invención de historias maravillosas.
                                                                                                                               
El esqueleto de este libro está confeccionado partiendo de los apuntes de numerosos talleres, clases magistrales, seminarios y conferencias que regularmente he venido impartiendo desde el año 2001 en másteres, escuelas y facultades, tanto de toda España, como en países tan diversos como Alemania, Argelia, Brasil, Federación Rusa, Macedonia, México, República Dominicana —este último compartido con mis colegas y amigos Diana López Varela y José Antonio Pastor— o el mismísimo Kirguistán, entre otros. Agradezco a mis alumnos de todo el mundo lo mucho que he aprendido de ellos en estos años, por lo mucho que me han hecho reflexionar e investigar acerca del tema que nos ocupa.

No es este, sin embargo, un Manual de Guion al uso en el que pretenda pontificar una técnica cerrada para intentar enseñar a escribir guiones, sino que, con toda modestia, intentaré tan solo aspirar a narrar lo más ordenadamente que pueda los métodos que yo utilizo para desarrollar mi oficio, aderezados con citas ajenas, además de ejemplos y anécdotas, experiencias y sensaciones particulares asimiladas en mi propio aprendizaje, en el afán de inculcar el deseo de escribir a quien esté interesado y que, posteriormente, cada uno pueda descubrir el sistema más adecuado para hacerlo. Y, sobre todo, intentaré entretener a mis lectores satisfaciendo la curiosidad de todos aquellos cinéfilos que sientan inquietud por conocer algunos de los variados mecanismos y métodos de trabajo del oficio.

Digo bien, oficio y no profesión, porque considero que el de guionista, como todos los oficios, solo se puede aprender con la práctica. Como el aprendiz de alfarero, al que por mucho que le expliquen teóricamente cómo se hace un botijo, hasta que él mismo hunda sus manos en el barro, venza el miedo a hacer un churro (al fracaso) y se lance a fabricar el primero, no conseguirá aprender y fijar una técnica. Es muy posible que a nuestro particular guionista-cacharrero no le salgan bien los primeros guiones-botijo que elabore, sin embargo, con perseverancia irá adquiriendo experiencia y conseguirá poco a poco convertirse en un buen artesano. Quizá más tarde, algunos de ellos —seguramente pocos— alcanzarán la excelencia y se convertirán además en artistas capaces de parir obras maestras, porque recordemos que en el cine fabricamos prototipos, ya que todas las historias son (o deberían ser) distintas. Pero nuestro primer empeño debe ser el de hacer que nuestro botijo funcione para el uso que se pretende: enfriar el agua, en ese caso —entretener, reflexionar, emocionar, etc., en el caso del cine—, es decir, convertirnos en buenos artesanos. No en vano artesano y artista comparten la misma raíz que “arte”, y un denominador común: imprimir su sello personal en el producto que elaboran.

Fue el director de fotografía estadounidense Gordon Willis —autor de la luz, entre otras, de “Annie Hall”, “Manhattan” o la saga completa de “El Padrino”— quien sentenció que «el cine es un oficio, no un arte». Según él, y yo estoy de acuerdo, el arte sale del oficio. Puedes tener una buena idea para pintar un cuadro, pero ¿sabes pintar? Si la respuesta es no, la idea carece de valor porque no tienes forma de poder expresarla. Lo que a uno le da libertad es la capacidad de poder realizar esa idea, no la idea en sí misma.

Mi segunda aspiración es hacer que el lector que ansía escribir, domine su miedo al fracaso y se arroje de lleno al trabajo asimilando algunos trucos que hagan más fácil su tarea pero confiriendo a sus guiones una mirada personal ya que aquí, y solo aquí, residirá la verdadera originalidad de su trabajo.

Casi todos los grandes escritores utilizan técnicas personales de todo tipo y muchos de ellos dedicaron buena parte de su tiempo y de su vida a intentar explicarlas generosamente a los demás. William Goldman, Jean-Claude Carrière o Doc Comparato, entre los guionistas, o Flaubert, Cortazar o Vargas Llosa, entre otros muchos grandes literatos, son algunos de ellos. García Márquez, por ejemplo, comparaba la escritura con el oficio del carpintero: «La escritura de ficción es un acto hipnótico. Uno trata de hipnotizar al lector para que no piense sino en el cuento que tú le estás contando y eso requiere una enorme cantidad de clavos, tornillos y bisagras para que no despierte. Eso es lo que llamo la carpintería, es decir es la técnica de contar, la técnica de escribir o la técnica de hacer una película. Una cosa es la inspiración, otra cosa es el argumento, pero cómo contar ese argumento y convertirlo en una verdad literaria que realmente atrape al lector, eso sin la carpintería no se puede».

Aparentemente podría parecer que el método más sencillo, una vez que tengamos una idea, es lanzarnos a escribirla. Es lo que se llama escribir de fuera adentro, pero mi experiencia me dice que tardaremos mucho en conseguir finalizar nuestro guion, haciendo que todo case y funcione correctamente, extraviándonos seguramente muchas veces por el camino y derrochando un tiempo precioso en reescrituras.

Mi primer guion de largometraje fue la película de animación “El bosque animado, sentirás su magia” (Ángel de la Cruz, Manolo Gómez, 2001). En aquella época, no tenía metodología alguna y escribía por intuición, por esa razón necesité veintidós reescrituras para poder concluirlo, ¡veintidós, nada menos! Casi veinte años más tarde, “Arrugas”, el libreto por el que nos galardonaron con el premio Goya al Mejor Guion Adaptado, solo necesitó tres.

Mi propuesta es escribir de dentro afuera, con un método preestablecido, paso a paso, etapa a etapa (sin saltarse ninguna) y, en este libro, trataré de mostrar las rutas que utilizo para facilitar la llegada a la meta (escribir un guion) disfrutando además del camino. No existen atajos, yo no creo en ellos porque los atajos son más cortos pero más lentos, ya que suelen ser veredas de tierra, trochas angostas y sin señalización, sendas mal trazadas por mitad de una selva oscura que, como a Dante, nos hacen perder la visión del recto sendero y, a la postre, emplear más tiempo en arribar a buen puerto, perdidos entre cantos de sirenas, e, incluso, malogrando nuestra singladura y haciéndonos naufragar en el intento. El camino que yo propongo, puede que sea más largo pero es más rápido porque está bien asfaltado, iluminado y señalizado. Y, es de todos sabido que, aunque la autovía tenga más kilómetros que la carretera comarcal, nos ahorrará tiempo y nos proporcionará mayor seguridad.

Pero además, y esto es quizá lo más importante, al utilizar esta técnica de escritura por etapas, aprenderemos a evitar la procrastinación, es decir, esa propensión tan común a diferir y aplazar nuestro trabajo en el tiempo sin que seamos capaces de llegar a finalizarlo nunca, provocándonos la consiguiente depresión o ansiedad. Lo que mi madre llamaba la vagancia de toda la vida. ¿Cuántos de vosotros habéis oído multitud de veces la frase “tengo una idea genial para una película”? O una novela, cuento, obra de teatro, etc. Y ¿cuántas de esas obras se han, no digo ya realizado, sino tan solo escrito? Seguro que muy pocas, porque escribir requiere un esfuerzo enorme para el que muy pocos están preparados pero que, si conseguimos hacerlo divertido y gratificante, muchos querrán probar y disfrutar. En el fondo, es solo cuestión de entrenamiento, de disciplina, orden y método.

Me explico. Si os planteáis recorrer algún día el Camino de Santiago —en concreto por su ruta más conocida del Camino Francés— y, ya en el punto de salida en Saint Jean de Pied de Port, en la frontera francesa, pensáis que os quedan por delante 775 km y un mes entero para hacerlo, seguramente desistáis del intento. Sin embargo, si en ese mismo momento calculáis que solo tenéis que llegar a Roncesvalles (final de la primera de las treinta y una etapas en las que se divide la Ruta Jacobea) y tan solo debéis superar 25 km ese día, sin preocuparos del mañana, tal vez decidáis echaros a andar alegremente. Todos los caminos comienzan con un paso. Este también.»

jueves, 24 de diciembre de 2015

Noche de paz


Leo la Biblia y encuentro:
«Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Romanos 13:8-9).

Leo el Corán y dice:
«¡Humanos! Ciertamente os creamos iguales a partir de hombres y mujeres e hicimos grandes multitudes y numerosas naciones para que os conozcáis y colaboréis entre vosotros». (Sura l-Hujurat, 49:13).

Leo la Torá y dice:
«Convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará nación contra nación su espada, ni se adiestrarán más para la guerra» (Yishayahu, 2:4). «Aléjate del mal y haz el bien, pide la paz y persíguela» (Tehilím, 34:15).

Leo la Declaración Universal de los Derechos Humanos y dice:
«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». (Artículo 1)

Y después de leer pienso: No somos tan distintos, aunque nos empeñemos tercamente, día tras día, en parecerlo. Y también creo que la grandeza de algunos libros consiste en que cada uno encuentra en ellos lo que quiere encontrar. Quien siente odio, solo hallará más rencor.
Feliz noche de paz a todas las personas de buena voluntad, crean en lo que crean y piensen como piensen. Que todas las noches de vuestra vida, sean noches de paz. Salam, Shalom, Paz y Salud!
Sed felices! ;)

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Quién puede matar a un ruiseñor?


Scout y Atticus, los protagonistas de la película "Matar a un ruiseñor"

Mañana voy a votar, claro, como hará la inmensa mayoría de electores del país. Voy a votar por el partido que, después de haber reflexionado mucho, creo que es el que lo hará “menos mal” (lógicamente, según mi particular y subjetivo criterio personal). Pero admito que, tal y como están las cosas, sinceramente me gustaría que todos perdiesen. Es decir, puestos a soñar, desearía que no ganase nadie o, lo que es lo mismo, que hubiese un empate técnico entre cuatro o cinco o seis, y que ninguno alcanzase la mayoría absoluta sin la suma de, al menos, otros tres, para que ello les obligara a gobernar por amplio consenso de ideologías durante toda la legislatura. Especialmente en temas como la sanidad, la educación y la cultura que, por su importancia, no deberían ser privilegio del Ejecutivo sino del Parlamento, a fin de que sus acuerdos puedan perduran muchos años. Que gobernasen en materia laboral, social y económica con el menos malo de los pactos o, lo que es lo mismo, con la mejor de las propuestas de cada partido en cada área. Y me gustaría que hiciesen también extensivo ese consenso a la revisión, reforma y modernización de la Constitución, actualizándola a los nuevos tiempos e inquietudes que corren, para que pueda funcionar sin demasiados sobresaltos otros cuarenta años más. Tal vez ese empate técnico por arriba posibilitase que nuestros políticos aprendieran a dialogar de verdad entre ellos.

Pero para eso hace falta tolerancia, es decir, respetar las ideas y opiniones del contrario aunque no se compartan. Me gustaría que no ganase ninguno porque anhelo que España sea un estado plural, con gente de derechas y de izquierdas, nacionalistas y unionistas, trabajadores, empresarios y autónomos, nacidos aquí e inmigrantes, creyentes y agnósticos, hombres y mujeres libres e iguales, con los mismos derechos y obligaciones, que puedan convivir en pacífica armonía. Porque sé que, de lo contrario, lo que tendríamos sería aquel “pensamiento único” que siempre intentan imponer por la fuerza los tiranos y fanáticos de ambos extremos que en el mundo han sido (y siguen siendo en muchos lugares del planeta).

"Matar a un ruiseñor", una preciosa novela de más actualidad que nunca.

Quisiera recomendarles a los líderes de los partidos políticos (y, humildemente, a todos sus votantes) que, aprovechado la jornada de reflexión, salgan a comprar la novela “Matar un ruiseñor”, de Harper Lee —en la que se basó la excelente película del mismo título de Robert Mulligan—, para usarla como libro de cabecera estas navidades.

Este relato, mucho más que la película, es un canto a la tolerancia expresado a través de la inocente mirada de una niña, Scout, con un padre de profundas convicciones y principios absolutamente sólidos, llamado Atticus Finch, que, a o largo de la narración, trata de enseñar a sus hijos, Scout y Jem, que todas las personas son iguales y merecen idéntico respeto, sea cual fuere su raza, sexo, confesión, filiación política e ideológica y posición social o económica. Y, para hacérselo comprender, les aconseja que, antes de rebatir o desechar las ideas del contrario, por muy absurdas que les parezcan, intenten siempre conocer la realidad del otro y ponerse en su lugar para comprender sus razones —algo que a mí se me olvida muy a menudo—, aunque ese otro sea el adversario que está intentando aniquilarte: «Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos», dice Atticus.

Tal vez tengamos que volver a ser niños para poder comprender qué significa tolerancia.

Es cierto, ya lo sé, que también cabe la posibilidad de que nuestros dirigentes sean incapaces de estar a la altura y ponerse de acuerdo en nada, provocando más crisis, más crispación y más rencor. Entonces habrán matado al ruiseñor. Nuestra obligación es acudir mañana en riada a los colegios electorales, llenar las urnas hasta que desborden las papeletas, intentar superar aquel récord del 80 % de participación de las primeras elecciones libres del 77. Demostrarles en definitiva a los políticos que nosotros sí hemos estado a la altura y que nadie puede acabar con la democracia, que nadie puede matar a un ruiseñor. Solo así, aunque no gane nadie, habremos ganado todos. Sed felices! ;)

viernes, 30 de octubre de 2015

Las mil y una noches (de Luar)

Junto a Manolo Abad, en la sombra, el alma máter de "Luar" es sin duda Gayoso.

Hace un par de semanas, pude leer el artículo publicado por Manolo Abad en La Voz de Galicia titulado «Cómo acabar con “Luar” de una vez por todas». Un artículo de lo más acertado y necesario. Me hubiera gustado comentarlo entonces y dar mi opinión, pero al hallarme de viaje me fue imposible.

Esta noche “Luar” alcanzará el programa número 1.002, es decir, ya ha superado incluso a las mil y una noches que Scheherezade tuvo que pasarse en vela contando al sultán los mil y un cuentos que le salvaron la cabeza.

Mil y un programas y 24 años en antena, siendo muchas veces líderes de audiencia, deben querer decir algo. “Luar” es un programa que casi nadie confiesa (o confesaba) ver y, sin embargo, muchos critican (o criticaban). Recuerdo aquí unas palabras de Fernando Fernán-Gómez referidas a los que menospreciaban el cine español con afirmaciones como: «Yo no veo cine español porque es malo». Pero, si no lo ves, alma cándida, ¿cómo sabes que es malo? Es la paradoja de un cierto sector de la población, supuestos intelectualóides —izquierdosos en su mayor parte, que no izquierdistas—, atrincherados detrás de sus prejuicios, que no ven más allá de esos sesudos libros que supuestamente leen (pero que claramente no los hacen más sabios), rechazando la cultura popular mayoritaria.

Pero ser de izquierdas e intelectual es para mí, sobre todo, comprender a los demás, ponerse en su lugar para tratar de entender sus razones, aunque no se compartan, aceptar el pensamiento de los otros con sus circunstancias, ser tolerante, especialmente con los gustos del pueblo. Saber, como decía don Juan Tenorio, subir a los palacios y bajar a las cabañas, y en todas partes dejar memoria de uno (de ser posible, no amarga, como don Juan). Tiempo hay para ver pelis de Bergman o Fellini, asistir a una ópera de Puccini, leer a Shakespeare y bailar en una verbena de pueblo al ritmo de la orquesta "Panorama", como dice Manolo en su artículo, o "París de Noia", o también ver "Luar". Si no, nuestra visión del mundo será siempre parcial.

Quiero contaros mi experiencia en “Luar”. Mi primer "Luar" fue hace muchos años, allá por el 2000, más o menos. Por aquel entonces yo era de esos que también criticaban el programa sin haber visto ninguno completo, lo confieso (arrepentido). Pero un buen día, el destino hizo que coincidiera con su realizador, Manolo Abad, en el montaje de una entrega de premios del Audiovisual Gallego en Pontevedra. Quedamos en que, a la semana siguiente, nos veríamos todos los de la organización para tomarnos una copa en Santiago. Pero como quiera que el día que nos venía mejor a todos era el viernes, Manolo, para no perdérselo, nos invitó a “Luar”, cuando todavía se grababa en la discoteca “Dona Dana” en Touro —hoy me parece un desmadre porque se podía fumar durante la grabación, tomar cubatas y bocadillos de chorizo—. Allá nos fuimos. He de confesar que yo iba un tanto abochornado esperando sentarme en una mesa lejos del escenario para que nadie me viera por televisión. Pero resultó que teníamos una mesa reservada en la misma boca del escenario. No contento con esto, durante la actuación de un mago portugués que pedía voluntarios para su numerito, el artista me sacó a mí al escenario (estoy convencido que llevaba un pinganillo y el cabrito de Manolo le sopló a quién subir). El caso es que, durante las cuatro horas de programa, se fue produciendo en mí una metamorfosis.

Cuando vives el "Luar" comprendes por qué lleva 24 años en antena.

Y esa metamorfosis fue provocada tal vez al ver la cantidad de gente que trabajaba allí, la profesionalidad de todo el mundo, comenzando por José Ramón Gayoso que se tiraba con el micrófono pegado a la barbilla todo el rato, incluso en las desconexiones para publicidad, animando al público, haciéndole vibrar. El ver reír en vivo y en directo a aquella gente —gente de verdad, no fingidos intelectuales de gafitas, sino gente humilde, del pueblo, con costumbres humildes, como mis padres, mis abuelos, mi familia—, verlos bailar cada vez que empezaba una actuación y aplaudir a rabiar al terminar, produjo en mí una catarsis tal que, venciendo toda timidez me hicieron erguirme de mi silla en el último número (Peret, lo recuerdo perfectamente) y ponerme a bailar la rumba catalana con María Liaño (productora de los premios, la semana anterior).

Ésa fue la primera vez que fui a “Luar”, pero ni mucho menos la última. A partir de ese momento, siempre que pude, me plantaba allí con cualquier excusa: la presentación de varias de mis películas, la actuación de amigos como Luz Casal, la presentación de una asociación benéfica o simplemente tomarme una copa después con Manolo. Siempre fui bienvenido por todo su equipo, siempre tenían un hueco para mí cuando les pedía acudir para presentar lo que fuera. Recuerdo que alguien me dijo por aquella época: “No te avergüenza ir a un programa-basura” ¿Programa-basura? Un programa-basura es aquel que, sin contenido alguno, reúne a un montón de indocumentados para despellejar a otro indocumentado. Pero un programa que contrata a tanta gente —¡cuántos de nuestros más grandes actores y actrices comenzaron ahí haciendo sus primeros pinitos!—, que promociona la cultura folclórica y popular de un pueblo —¿o acaso nuestra bandas de música, orquestas populares y grupos folclóricos no son parte de nuestra cultura?—, un programa que llega de esa manera al público, que se renueva año tras año, que ha alcanzado las mil y una noches, no puede ser un programa-basura. No, "Luar" es un clásico que, según la Real Academia, no es otra cosa que un "modelo digno de imitación".

En una de mis muchas visitas a "Luar" (2013), en este caso para promocionar
la Asociación contra las Enfermedades Neuromusculares.

Seis años más tarde, ya en el 2006, la semana anterior a la entrega de los Goya en la que nos concedieron el galardón por “El sueño de una noche de san Juan”, se produjo una cosa muy curiosa. Me invitaron a dos programas. A mitad de semana, fui a uno de esos desayunos televisivos después de los informativos de la mañana. “El ruedo ibérico” se llamaba, presentado por Monserrat Domínguez en Antena 3. Compartí cartel con la exministra de Asuntos Exteriores Ana Palacio. Nos dedicaron media hora larga a cada uno. Pensé que ese día me vería mucha gente y, cuando encendiese el móvil después de terminar la entrevista, lo tendría lleno de mensajes y llamadas perdidas… ¡Ni una! Pero al llegar el viernes, me entrevistó Gayoso en el “Luar”. No cesaron los sms ni las llamadas durante todo el fin de semana. Curiosamente, casi todos decían que me habían visto de casualidad haciendo zapping. ¡Qué casualidad! Una entrevista de 10 minutos en un programa de cuatro horas y todo dios estaba haciendo zapping en ese momento. ¿Qué sucedía en las otras cadenas? ¿Hubo una desconexión generalizada?

En fin, con estas anécdotas, simplemente os quiero contar que nadie debe avergonzarse de divertirse. Y “Luar” es sobre todo un programa que entretiene y divierte, ése es su secreto. Pero además salvaguarda parte de nuestra cultura. Y porque “Luar” es también una fábrica de profesionales tanto técnicos como artistas.

Por eso hoy quiero felicitar a Manolo, a José Ramón y todos los que han trabajado y trabajan en “Luar”, que esta noche habrá batido el récord de las mil y una noches, deseándoles otros 1000 programas más de entretenimiento, diversión, imaginación y cultura popular. Sed felices! ;)

miércoles, 22 de julio de 2015

OBRADOIRO DE GUIÓN EN BIBLOS CLUBE (BETANZOS)

Gracias a esa gente que confía en lo que pueden aprender de mí, por todo lo que yo siempre acabo aprendiendo de ellos :)


Lujazo de taller que imparto esta semana en la librería Biblos Clube de Betanzos. Como dice Tucho Calvo en su Facebook: "O obradoiro de guión de cine con Ángel de la Cruz, un luxazo para xente coas máis variadas motivacións, das máis diversas idades e procedencias... veñen de Pontevedra, de Salamanca, de Foz..."


Gracias. Sed felices! ;)

sábado, 11 de julio de 2015

HOMO TRIBALIS.

Al hilo del tema de moda estos días —Europa, o cómo la entendemos cada uno—, vino a mi memoria una serie de RTVE que vi con tan solo catorce años (allá por el lejano 1977) titulada “Las reglas del juego”. En ella, el eminente antropólogo y pensador José Antonio Jáuregui exponía su teoría del “Homo Tribalis” que no es otra cosa que un sentimiento atávico que todos llevamos dentro desde el paleolítico y que no podemos evitar sentir. Este sentimiento nos obliga a defender, ensalzar, proteger y luchar por nuestra tribu —dicho sin ninguna connotación peyorativa—, incluso hasta sacrificar la propia vida por ella, entendiendo como “tribu” al grupo o grupos humanos a los que pertenecemos, pudiendo ser estos familiares (hijos, padres, hermanos, pareja), sociales (clase alta, media, baja), políticos (derechas, izquierdas, centro), económicos (obreros, capitalistas, burgueses), religiosos (cristianos, judíos, musulmanes, budistas, ateos, etc.), sexuales o de género (mujeres y hombres, heterosexuales u homosexuales), étnicos (blancos, negros, asiáticos, gitanos, indios, etc.), laborales (oficio, profesión, sector), educativos (estudios, carrera, etc), deportivos (Barça o Madrid, Depor o Celta, etc) pero, sobre todo, territoriales (los nacionalismos de todo tipo, con todos sus símbolos e idiosincrasias: lengua, banderas, himnos, escudos, etc.).

Todos seguimos perteneciendo a una (o varias) tribus.

El sentimiento tribal no es racional sino simplemente emocional, como todos los sentimientos (en algunos casos, incluso casual como nacer en un país, en el seno de una familia, de una raza determinada o con un sexo u otro). Por poner un ejemplo gráfico, uno de Vigo y otro de A Coruña ("turcos" y "portugueses") se pueden llevar a matar, pero si viene un madrileño a tocarles las narices, ejercerán ambos de gallegos para combatir al agente externo. Sin embargo, si a continuación viene un gabacho a buscarles las cosquillas, habrá muchas posibilidades de que los tres se posicionen como españoles para echar al franchute con cajas destempladas. Ah, hasta que llegue un chino o un gringo, por ejemplo, y los cuatro hagan valer su europeidad aliándose para someter al asiático o al yanqui. Y, cuando no es así, es porque prevalece la pertenencia a otra tribu por encima de la territorial. Si el de Vigo y el de Coruña son, por ejemplo, nacionalistas de izquierda, preferirán a un francés de izquierdas que al madrileño centralista de derechas. Pero siempre habrá una tribu que domine nuestro individualismo racional mediante un tribalismo emocional. Lo contrario, aunque debiera ser evolución, lo llamamos desarraigo. Las emociones, en fin, siempre están por encima del pensamiento.

Vistas así las cosas, mientras no desaparezca el sentimiento tribal, la humanidad no podrá estar unida a no ser que sea invadida por una raza alienígena, por la rebelión de las máquinas o por otra especie animal evolucionada, tipo los simios del planeta de los ídem.

Bromas a parte, os dejo aquí (Las reglas del juego) el enlace del primer capítulo de la serie que, aunque de estética setentera y con las entrevistas muy trucadas y ficcionadas con actores, tiene la misma validez que entonces y que hace 2 millones de años, cuando el Clan del Oso Cavernario.

En asuntos tribales, poco ha cambiado la Humanidad desde el Paleolítico.

Sirvan de muestra, al hilo de la cuestión europea, las sabias palabras del profesor Jáuregui, fallecido hace ahora diez años, que, en busca de una cultura común europea, abogaba por un europeísmo sin sentimientos tribales: “No deberíamos los europeos caer en ninguna estúpida arrogancia tribal al maravillarnos del 'patrimonio cultural común' que hemos heredado. Al fin y al cabo nacer en Europa es un accidente (y nacer otro accidente, por cierto). Pero es nuestro deber conocer, mantener y preservar nuestra cultura y hacer cuanto esté en nuestras manos para que siga dialogando Platón, componiendo Mozart, escribiendo Cervantes, pintando Miguel Ángel y fabricando los 'stradivarius' Antonio Stradivari, no para imponer nuestra cultura a nadie, sino para ofrecer en un espíritu de servicio, de solidaridad y de agradecimiento nuestros productos culturales a toda la familia humana, teniendo en cuenta la deuda inmensa y desconocida que hemos contraído con otras sociedades que nos han regalado sus maravillosos inventos culturales y recordando siempre el consejo de Montesquieu: 'Jamás haré nada que beneficie a Francia si perjudica a Europa; jamás haré nada que beneficie a Europa si perjudica a la Humanidad'”.


Sed felices! ;)