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jueves, 23 de octubre de 2014

25 ANOS DE CINE GALEGO


Un momento deste histórico debate.

Como moitos de vós recordaredes, este ano celébrase o 25 aniversario da estrea en salas das tres primeiras longametraxes galegas exhibidas comercialmente. Xusto dentro dun mes conmemórase a estrea en Vigo das películas Continental (Xavier Villaverde), Urxa (Alfredo G. Pinal e Carlos L. Piñeiro) e Sempre Xonxa (Chano Piñeiro) que naceron para o público o 23, 24 e 25 de novembro de 1989, respectivamente. Con tal motivo a Academia Galega do Audiovisual, en colaboración coa AGADIC, está a realizar un documental, paralelo á exposición que sobre este acontecemento se prepara na Cidade da Cultura, para conmemorar esta efeméride, xunto con outros numerosos actos.

A parte central deste documental a constituirá un interesantísimo debate no que participaron tres testemuñas de excepción daquel acontecemento: Uxía Branco, Xavier Villaverde e Carlos López Piñeiro, moderados aquí pola actriz Lucía Regueiro. A Facultade de Xornalismo de Santiago serve de improvisado plató para o evento no que participan como público de luxo os propios alumnos da Facultade, os profesionais que no futuro tomarán o relevo. O documental está dirixido polo inconmensurable Manolo Abad e producido por Antonio Mourelos e María Liaño, e a xente da Academia Galega, e en cuxo guión participamos Diana López Varela e eu mesmo.

Eu, que non asistín a ningunha daquelas estreas porque entón aínda non me dedicaba ao cine, tiven agora a oportunidade de retrotraerme a aquel momento ao escoitar de primeira man este interesantísimo debate cheo de anécdotas e leccións de vida, grazas a que Manolo e María insistiron en que estivese presente no mesmo. É unha honra, sobre todo porque ao ler no xornal da época a epopeya daqueles pioneros, ao escoitar como Chano dicía aquilo de que “Facer cine en Galicia é posible”, crino e decidín deixalo todo para dedicarme a este apaixonante e nobre oficio. Grazas por pedirme que participara nesta histórica grabación. Recordo aqueles tempos nos que se dicía que os guionistas, nas rodaxes, só podían ir para dar tabaco. Como agora xa non se fuma —afortunadamente—, este modesto guionista pode participa activamente, botando unha man, como na época dourada de Hollywood na que os guionistas debían estar no plató por se había que reescribir secuencias a última hora.

Pronto, nun mes, poderédelo ver, non ten desperdicio. É historia, é a nosa historia que agora, tamén eu, humildemente, co meu gran de area —ou talvez cunha pinga de tinta—, axudo a escribir. Grazas a todos os que fixestes posible tantas páxinas marabillosas, grazas sobre todo a todos os que as ledes. E grazas Chano, polo teu exemplo, sempre. Efectivamente, era posible.

Sede felices!

viernes, 17 de octubre de 2014

¿DÓNDE COLOCAR MI LÍNEA DEL HORIZONTE?


Con mi anfitriona, Amaia, que me presentó ante el auditorio.

Escribo esta entrada en algún punto entre Burgos y León, casi a mitad de camino del trayecto que, en tren, me lleva hasta A Coruña desde San Sebastián, ciudad en la que ayer he impartido una charla sobre creación y generación de ideas —“Sin miedo a la página en blanco”— invitado por la empresa Move Branding, a iniciativa de mi amiga Amaia, que además ha sido mi genial anfitriona estos dos últimos días.

Como en el tren todavía no hay wifi, subiré el post por la noche, cuando llegue a casa después de casi doce horas de viaje en el que aprovecharé para escribir todo lo que pueda.

¡Muchas gracias, Amaia y David! Y muchas gracias a Marisol y a toda la gente de Move por darme esta oportunidad de viajar una vez más a Donostia y sobre todo por haber podido compartir un par de horas de vuestro tiempo relatándoos mi humilde experiencia.

Digo humilde y digo bien, porque en realidad perder el miedo a la página en blanco es bien sencillo: basta con ponerse a redactar en una que ya esté escrita. Esta perogrullada, que suena a chiste fácil, es sin embargo una argucia ideal para hacer que el cerebro se reactive y comience a funcionar. Y ello es así, porque cualquier excusa es buena para iniciar ese proceso creador o, como yo siempre digo, el proceso recreador. No somos creadores porque crear es sacar de la nada y ésa es una capacidad irrealizable para los humanos. Somos solo (y nada menos que) recreadores que con trozos de realidad vividos tratamos de forjar soñadas ficciones.

El público buscando historias en el periódico del día.

Entre los trucos para vencer la pereza inicial, buscar la inspiración y atraer a las musas hay varias propuestas posibles que nos ayudarán en nuestra tarea: rebuscar en nuestra memoria (rememorar) y en nuestro corazón (recordar), leer a los clásicos (y todo lo demás que caiga en nuestras manos), tener inquietud artística y cultural, estar informados, escuchar y observar todo aquello que pase a nuestro alrededor e incluso elegir palabras al azar para, componiendo con ellas una frase casual cualquiera, arrancar la narración. Algo parecido a aquel juego del “cadáver exquisito” con el que se divertían los surrealistas franceses en los felices veinte del siglo pasado. Todo vale si es para incentivar la creatividad. Ya lo dijo Picasso: "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando". En definitiva, se trata de vivir, sobre todo vivir, pero almacenando experiencias y conocimientos que luego utilizaremos como materia prima de nuestra fantasía.

En realidad soy de la opinión de que todas las historias están ya escritas. Ya, en el siglo primero, Ovidio recopiló en “Las metamorfosis” casi todos los argumentos de los que es posible hablar y escribir. Lope, Cervantes, Calderón y Shakespeare bebieron de él, y nosotros nos emborrachamos de Shakespeare continuamente. Una y otra vez, nos vamos fusilando unos a otros desde entonces.

En un momento de la charla, con el ejemplo de "Arrugas".

La diferencia y originalidad consiste en imprimir nuestra particular visión sobre ellos. Es decir, escribir desde nuestro punto de vista, con nuestra mirada única y exclusiva. Eso es lo que hará también exclusivas y únicas nuestras historias. Por eso Shakespeare es único e inimitable, no por sus argumentos, sino por su mirada, por su forma de contarlos.

Cuenta Steven Spielberg que, cuando era solo un chico de los recados en una major americana, en cierta ocasión tuvo que llevar un paquete a John Ford. Aprovechando la visita, le confesó nervioso su admiración y su deseo de ser director y le pidió que le diera algún consejo. Ford le señaló una foto enmarcada que tenía en la pared y le preguntó: “¿Qué ves ahí?” El joven Spielberg respondió: “Una imagen del Monument Valley”. “¿Y dónde está la línea del horizonte?”, continuó Ford. “Un poco más baja de lo que sería normal”, respondió el ilustre meritorio. “Pues cuando sepas dónde colocar tu línea del horizonte” —sentenció el irlandés— “habrás dado el primer paso para ser director”.

Ése debería ser nuestro objetivo: encontrar nuestra mirada propia sobre lo que escribimos. Por eso siempre finalizo mis charlas y talleres con aquel poema de Walt Whitman  que recitaba el inolvidable profesor John Kitting —por boca de Robin Williams— a sus alumnos en “El club de los poetas muertos” de Peter Weir:

Oh, Capitán! Mi capitán!

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
levántate, izan la bandera por ti, por ti suenan las cornetas;
por ti ramos y cintas de coronas, se amontonan por ti en las riberas.

¡Levántate! ¡Levantaos todos!

Y todos se levantaron, poniéndose en pie sobre sus sillas. Y desde allí, medio metro más arriba de lo que era normal, encontraron su particular línea del horizonte, su nueva perspectiva, su mirada propia.

Recordad siempre que todas las historias están ya escritas… Todas ¡excepto la tuya!

Sed felices! ;)

Todos en pie sobre sus sillas, buscando un nuevo punto de vista del horizonte.

sábado, 11 de octubre de 2014

Paseo por el parque

Una de las mejores actividades que se pueden hacer en Moscú 
un sábado por la mañana es pasear por sus parques.

Queda una hora para que despegue mi avión desde el aeropuerto de Domodedovo, en Moscú, para llevarme de regreso a Madrid. Mientras me tomo una Guinness en un irlandés de la terminal, me despido de Moscú no con un adiós sino con un hasta pronto. Tal vez muy pronto porque la proyección de "Arrugas" fue un éxito y me han propuesto volver ya el mes que viene para un festival de cine que se celebrará en la ciudad. Y, tal vez el año próximo, a otro festival en la República de Kyrgyzstan (no me preguntéis porque aún no he mirado en el mapa y no sé dónde está).

El Vorobyevy Gory a la orilla del Moskva.

Pero no podía marcharme de Moscú sin conocer sus parques porque tengo en mente ambientar un capítulo de mi novela en un parque mosvocita (como en las viejas películas de espías). Había pensado que tal vez en el Gorky Park -muy famoso por el cine- pero Valentina, mi anfitriona hoy, al explicarle que buscaba un sitio tranquilo, donde nadie te vigile, romántico pero al mismo tiempo misterioso, me llevó a visitar el Park Vorobyevy Gory, en un monte al cual se puede acceder por funicular o en coche. Así lo hicimos aunque después lo bajamos caminando entre sus frondosas avenidas de árboles que ahora lucen sus mejores colores otoñales. No hay nada mejor para un sábado por la mañana (especialmente si el viernes has tomado vodka) que un largo paseo por un parque.

El paseo continuó por la orilla del río hasta Gorky Park.

Cuando alcanzamos la orilla del río Moskva, donde la gente va a correr y a montar en bicicleta, caminamos por su ribera hasta el Gorky Park. 

Un precioso rincón de Gorky Park.

El paseo terminó frente al monumento de Pedro I, ya casi en el centro de la ciudad.

Frente al monumento de Pedro I.

No me despido de ellas porque seguro que nos volvemos a ver y además estaremos en contacto por Internet, pero sí quiero agradecerles todo el tiempo que han pasado conmigo estos días, mostrándome la ciudad y haciéndome más grata la estancia.

Thank you, Valentina! And thank you, Raina! Thank you very much for showing the beauty of the city and for your company in these days in Moscow. See you soon! :D

Valentina y Raina, mis dos guías y anfitrionas estos días por Moscú.

miércoles, 8 de octubre de 2014

De brunchs, teatros y agüita... moscovita.

El tercer edificio de la izquierda, de color verde pastel, es el teatro Chejov,
visto desde la avenida Tverskaja.

Hoy por fin dispuse de un traductor de español en Moscú: un joven abogado armenio que aprendió el idioma trabajando en Buenos Aires. ¡El mundo está lleno de gente curiosa! Él me ayudará pasado mañana a presentar "Arrugas" -y a responder a las preguntas que surjan entre el público durante el debate posterior- en el Congreso que, sobre la vejez, comienza mañana en Moscú bajo la iniciativa de la Fundación Timchemko. Aquí podéis encontrar más información.

Precisamente esta mañana he conocido la Directora de la Fundación en un gratificante, larguísimo, interesantísimo y también emotivo encuentro. María, la directora, es una gran admiradora de "Arrugas" y una incansable luchadora por dignificar y mejorar la calidad de vida en la vejez. La reunión supuso mi segundo desayuno del día en menos de dos horas, un brunch en toda regla. Pero el lugar del encuentro merecía la pena: el café Pouchkine, con siglos de de historia tras sus paredes, en el boulevard Tverskoy, al lado de la plaza de Aleksandr Pushkin (del que toma el nombre).

Uno de los salones del café Pouchkine (Pushkin) donde hoy desayuné por segunda vez.

Fue una conversación apasionante de más de dos horas terminada la cual, rehusé un taxi para poder dar un paseo de vuelta al hotel -y bajar alguna de las calorías ingeridas- perdiéndome por aquel barrio que debe ser el que más teatros por metro cuadrado tiene de toda Europa. Allí están el teatro Pushkin, por supuesto, el teatro Gorky, el teatro Stanislavsky & Nemirovich-Danchenko, el teatro Chejov, el teatro de la Comedia Musical... Y, mezclada con la satisfacción del paseo, la pena de no tener tiempo para poder ver en vivo alguna obra.

Me hizo gracia encontrarme en Moscú con trolebuses como los de mi infancia en A Coruña.
También los hay de dos pisos.

Por el camino, en el escaparate de una tienda de souvenirs, encontré esta especie de precioso cacharro para quemar aguardiente. ¿A qué todavía les hago una queimada con vodka antes de irme?


Hasta los cacharros para quemar orujo -en realidad son para servir ponche- son bonitos...

Comida ligera -con tanto desayuno, se terciaba una ensaladita light- y el resto de la tarde escribiendo en el hotel hasta la hora de la cena. ¿Qué más se puede pedir? Bueno, ¿tal vez un vodka después? Por cierto, la palabra vodka sirve aquí para mencionar cualquier licor destilado y deriva de vodá (agua). En concreto, es su diminutivo, o sea, "agüita". ¡Estos rusos son unos cachondos...! :D

Sed felices! ;)

martes, 7 de octubre de 2014

From Russia with love

Frente a la torre del reloj del Kremlin donde, como en Madrid en la Puerta del Sol, 
celebran los moscovitas las campanadas de Fin de Año.


"Desde Rusia con amor" es el título de una película de James Bond estrenada precisamente el año en que nací yo, ¡ahí es nada! Pero Rusia —y Moscú en concreto— es más que un puñado de películas de espías que surgieron del frío. La verdad es que una sola mañana en la capital de la Madre Rusia y la ciudad ya me ha hipnotizado.

Mi avión aterrizó en el aeropuerto Domodedovo a las 6 a.m., hora de Moscú (4 de la mañana en España). A esa hora el termómetro marcaba exactamente 0º C y no iba a subir durante la jornada a mucho más de 8º (por fin iba a poder hacer uso del abrigo que me acompañó todo el día de ayer colgado del brazo por A Coruña y Madrid a más de 22º C). Sin embargo, para mi sorpresa, Moscú no es una ciudad fría ni mucho menos.

Un corredor del metro de Moscú... Para perderse y disfrutar.

Un taxista me esperaba en la salida del aeropuerto con un cartel en el que se intuía mi nombre escrito con una caligrafía infantil. Supongo que si yo me viese obligado a escribir con caracteres cirílicos, también mi grafía aparentaría la de un niño que garrapatea tímido e inseguro sus primeras letras. Después de aproximadamente una hora de coche, en la que ninguno de los dos nos dirigimos la palabra, más por inseguridad y timidez que por frialdad, el buen hombre me dejó en la puerta del hotel Arbat con una amplia sonrisa. El hotel, aunque totalmente remodelado, conserva la elegancia y encanto de los años sesenta —esos de la Guerra Fría— en los que fue construido. Cuando entramos en la city todavía era de noche, pero la mayor parte de los edificios estaban irisados con haces de luz dorados, blanco, rojos y violetas que proyectaban sobre sus fachadas falsas columnas luminiscentes. Me impresionó y todavía no había amanecido.

El hotel está situado en el centro de la metrópoli, en una calle perpendicular a la vieja Arbat, vía peatonal y turística por excelencia y uno de los centros neurálgicos de la vida nocturna de la ciudad, con tiendas, puestos ambulantes, teatros, cafés, discotecas, etc.

La Vieja Arbat, a estas horas todavía vacía de actividad.

Hoy tenía el día libre. Después de instalarme en el hotel y darme una ducha, cansado por el viaje, me quedé dormido de 9 a 10, hora a la que había quedado con Valentina —perteneciente a la organización del Congreso en donde dentro de dos días se proyectará “Arrugas”, con un debate posterior sobre el arte y la vejez en el que participaré—que me llevó a pasear tanto por la vieja como por la Nueva Arbat, avenida principal llena de bancos (donde cambié unos pocos euros por rublos), tiendas y actividad comercial. Precisamente aquí, en una enorme librería, encontré el ejemplar ruso de “El principito” para mi colección :)

Ejemplar en ruso de "El Principito"

La ciudad es gigantesca, con largas avenidas y anchísimas plazas que desafían incluso la magnitud y esplendor de las rúes y monumentos de París.

A eso de las 11:00, Valentina, que tenía cosas que hacer, me dejó en un Startbuck (pero ruso) con Raina una estudiante de comunicación tártara (de Kazán, como los cosacos de la zarzuela “Katiuska”) que ejerció de excelente cicerone el resto de la mañana.

"Café" se entiende bien -fue la primera palabra que identifiqué-,  pero "Startbuck" ya cuesta más.

Raina me descubrió un par de paradas del metro de Moscú —señoras y señores, eso no es un metro, ¡es un auténtico museo!— y, a continuación, me llevó a la famosa Plaza Roja, donde se ubican más museos, al lado del Kremlin, el mausoleo de Lenin o la hermosísima Catedral de San Basilio. La anfitriona me iba poniendo al día en perfecto inglés de fechas de construcción, nombres de zares promotores, constructores, estilos arquitectónicos, caídas, tradiciones, revoluciones, reconstrucciones, además de la lista completa de Secretarios Generales del antiguo Politburó de la era comunista. Con tal profusión de datos, me sentí como aquél compatriota del chiste de Eugenio que, ante la vasta cultura de su interlocutor ruso, solo acertaba a decir que a él le gustaba la ensaladilla rusa, la montaña rusa, los bistecs rusos y, ya que estamos, la salsa tártara. Me entraron ganas de cantarle “Rusita, rusa divina” (también de "Katiuska"), pero me corté para no asustarla.

Un ángulo de la Plaza Roja, con el Kremlin a la derecha y la catedral de San Basilio al fondo.

La mañana y el magnífico primer paseo por Moscú terminó admirando el río Moskva que da nombre a la ciudad y que la circunvala serpenteando a través de sus entrañas.

Un recoveco del río Moskva, en la popa del Kremlin (a la derecha).

Más tarde, después de hacer mis pinitos en ruso con palabras como Privyet! Kak dyela? Priyatnogo appyetita! Spasibo o Poká! —hola, qué tal, buen provecho, gracias y adiós, respectivamente— dimos buena cuenta de sendos platos de pasta en un restaurante italiano —tal vez mañana me atreva con algún plato típico ruso (si consigo traducir la carta)— mientras hablábamos de cine, de escritura, de viajes, de deportes, de Galicia, de Kazán y de política (incluidos los hijos de Putin y las primas de Rajoy). Y, ya en la vieja amistad que nos unía desde hacía un par de horas, nos hicimos unos selfies para subir a Facebook.

El otro lado de la Plaza Roja, a la izquierda el Kremlin con el mausoleo de Lenin delante.

Finalmente, despedí a mi joven interlocutora rusa en la plaza Arbatskie Vorota, donde se cruzan la vieja y la nueva Arbat, y me fui dando un paseo hasta el hotel admirando (y envidiando) las limpísimas y enormes calles del centro de la ciudad, donde no se ve ni un mísero papel, ni una colilla, tirados en el suelo (la buena educación es lo que tiene).

La plaza Arbatskie Vorota, con una pantalla de video de ¡vete a saber cuántas pulgadas!
Aquí todo es a lo grande.

Después de una siesta —ésta muy española, no rusa— pasé el resto de la tarde escribiendo en el hotel, porque me he traído hasta aquí bastante trabajo atrasado. Me cundió.

Mañana por la mañana conoceré a los organizadores del Congreso y, puede que por la tarde me acerque hasta el Gorky Park, otro referente de las películas de la época de la Guerra Fría. Pero, insisto, a pesar de la temperatura, Rusia… de fría nada.

Con el busto del camarada Vladimir Ilich Lenin.

Me faltaba una ciudad para ambientar la trama de mi novela de siete ciudades. Tenía seis: París, Londres, Roma, Jerusalén, Barcelona y Santiago. Creo que la séptima va a ser Moscú. Aunque para eso tal vez tenga que volver más veces.

Будьте счастливы, o sea, sed felices! ;)

sábado, 4 de octubre de 2014

DE NUBES Y CLAROS


Cualquier lugar es bueno para escribir. Yo prefiero hacerlo en mi despacho, delante de mi ordenador y en zapatillas. Pero, en realidad, para escribir solo hay que tener ganas. Sin apetito la comida no entra. Sin hambre de letras las palabras no salen. No obstante, existen críticos gastronómicos, por ejemplo, que se verán obligados a comer incluso sin deseo alguno. Pero, ya lo dice el refrán: "El comer y el rascar, todo es empezar". De la misma forma, cuando escribir se convierte en un oficio, también hay que hacerlo todos los días y en eso consiste precisamente el trabajo. En escribir aunque cueste porque, pronto, con el primer paso, estarás caminando. O, como ironizó el excelso Cervantes en El Quijote: "El comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas."

Hoy, por ejemplo, escribo en una terraza, mientras me tomo el primer café de la mañana -¡bendito estimulante!-, a las teclas virtuales de una tableta. Pero podría hacerlo a bolígrafo sobre una servilleta de papel, a pluma en una libreta de notas o con mis dedos bailando claqué sobre el teclado de un portátil.

Durante más de dos años he estado colgando fotos de amaneceres en mi muro de Facebook. Lo he hecho por varias razones. La primera, obvio, porque mi habitación tiene vistas a la salida del sol. La segunda porque, teniendo la oportunidad, el espectáculo va creando la necesidad. La tercera porque suponía una forma fácil de dar los buenos días a todos mis seguidores y lectores, deseándoles felicidad. Y, por último, porque la contemplación de cada amanecer me daba la oportunidad de comenzar a escribir, siempre con una reflexión distinta cada vez. El primer paso para echar a andar o, por decirlo de otra manera, mi forma de rascar para empezar. De rascar el cerebro para empezar a activarlo.

La foto es del alba de hoy. De ver tantos amaneceres he llegado a la conclusión de que los de días grises y plomizos, totalmente encapotados, son los más aburridos y tediosos. Pero los de días despejados, sin una sola nube, son también todos iguales y sin mayor interés. Solamente aquellos salpicados de nubes, como pinceladas de colores en los óleos de Van Gogh, son siempre originales y distintos, únicos e irrepetibles. Creo que la vida también es así, siempre tiene más interés cuando hay que luchar por resolver los problemas, grandes y pequeños, cotidianos o extraordinarios, del día a día. No sé. Pero lo que sí sé -y esto es una verdad absoluta- es que, para escribir, siempre luchas con oscuros nubarrones buscando los claros y la luz. De hecho, cualquier tema que trates vendrá acompañado de un conflicto, una mancha, un obstáculo, un punto de giro, un pero, objeción, dificultad, defecto, grano o lunar. O muchos. Algunas veces son sutiles, otras intrincados y complejos, pero nuestra tarea al escribir será resolverlos de alguna forma.

Decidme, y sed sinceros, ¿a quién le interesaría la historia de Romeo y Julieta si no fuera porque sus familias estaban enemistadas? Nuestra tarea será intentar resolver el problema al final de la obra. Ya, pero Romeo y Julieta se mueren, me diréis. Sí, es cierto, pero su amor -más poderoso que la ejemplarizante muerte- conseguirá reconciliar a Montescos y Capuletos antes de que caiga el telón.

Sed optimistas y dad el primer paso, porque, ya lo dijo don Antonio Machado, "no hay camino, se hace camino al andar".

Sed felices! ;)

lunes, 29 de septiembre de 2014

LA ESCALERA DE PAPEL


Quitarse de Facebook o de Twitter es como quitarse de fumar: tienes más ansiedad mientras fumas y piensas en dejarlo que cuando lo has dejado definitivamente. Además, para los que les cueste, siempre hay sustitutivos como los parches de nicotina para el tabaco o un buen blog, donde puedes escribir cuando te apetece sin la inmediatez y la presión de los likes que la gente deja tan amablemente. Tenía tanta necesidad de dejarlo como el fumador hastiado en abandonar su vicio. Hace ya meses que me di cuenta de que perdía muchas horas al día en las redes sociales. Casi tres mil "amigos" en FB y mil y pico followers en Twitter suponen muchos me gusta, muchos comentarios, muchos retuits o favoritos que, por educación, siempre he tratado de contestar. Para colmo, debido a mis viajes, parte de esos seguidores lo son en otros continentes, con otros husos horarios, y muchas de las notificaciones (aunque en silencio) llegaban a horas intempestivas. Ni que decir tiene que, aunque no voy a cerrar mi perfil ni mis cuentas, las he desactivado definitivamente del móvil. Minuto a minuto, al cabo del día eran muchas horas robadas al trabajo o al sueño. Alguna vez me pregunté cómo era posible que autores como Lope de Vega, por ejemplo, hubiesen dejado tan vasto legado -a Lope se le atribuyen 3.000 sonetos, 7 novelas, 1.800 obras de teatro y 15 hijos de hasta 7 mujeres (que se le conozcan)-. La respuesta es muy sencilla, además de ser el Fénix de los Ingenios, era un auténtico genio de pluma prolífica y promiscua -o sea, un autor fecundo en toda la extensión de la palabra- y no tenía televisión ni redes sociales en Internet.

Tengo empezadas dos novelas, una obra de teatro, un manual de escritura de guión y media docena de guiones en marcha, además de varios análisis encargados. Para colmo, mis clases y mis películas me proporcionan el placer de viajar invitado a numerosos festivales, congresos o seminarios por todo el mundo. El tiempo va pasando y el trabajo se iba acumulando y atascando.

Lo que más me gusta en el mundo es escribir y el tiempo pasa inexorablemente. Vulnerant omnes, ultima necat, reza en las esferas de los relojes. "Todas hieren -las horas-, la última mata". Y no quisiera que, cuando llegue esa última hora que me envíe a la sepultura, alguien inscriba en mi lápida: "¡Dios, qué buen tipo era, pero todo lo que ha dejado por hacer!" No, no se puede recuperar el tiempo perdido, por eso yo nunca me arrepiento de hacer cosas (aunque me equivoque y las haga mal, perdón por ello), solo me arrepiento de las que dejo de hacer. Pudiendo pecar de pensamiento, palabra y obra, pecar por omisión es el peor pecado.

Estaba atascado y no sabía cómo salir del atolladero, de modo que recurrí a mis apuntes de guión para ver qué consejos les doy a mis alumnos cuando se hallan en ese caso. ¡Y han funcionado! Por lo tanto ya no puedo decir lo de aquel cura que en la homilía aconsejaba "haced lo que digo, pero no hagáis lo que hago". No, estad tranquilos, queridos alumnos/as, podéis utilizar mis métodos, porque los he probado y funcionan. Son profilácticos contra la impotencia creativa.

Pero sobre todo no perdáis el tiempo. Escribir, escribid, ¡escribid! Solo así os convertiréis en escritores.

Y, por si os interesa, a todos aquellos/as que queráis ser guionistas, estas próximas navidades saldrá editado mi libro "Escalera de papel", una recopilación de apuntes de talleres, seminarios, másters y clases en la facultad que he recopilado desde que en el 2001, hace ya trece años, dicté mi primera lección como docente y que he ido repitiendo, ampliando, enseñando (y aprendiendo) en A Coruña, Santiago de Compostela, Pontevedra, Pamplona, Madrid, Tinduf, Río de Janeiro, Caracas, Monterrey (México) y recientemente en Santiago de los Caballeros (República Dominicana), en donde conté con la valiosísima colaboración de José Antonio Pastor y Diana López Varela, cuyas aportaciones tendrán capítulos especiales en el libro. Además de en papel, para los que estéis lejos, el libro se publicará también en Amazon e iBookStore para descargar en sus versiones de Kindle e iPad.

Así que, sin más preámbulos, me pongo a escribir. Haced lo propio. Y sed felices ;)